Santa María del Rosario: el punto fijo en un paisaje que cambia

Por: María Fernanda Paredes Molina - Fotos de Maricela Baños

Cada 7 de octubre, la Iglesia católica celebra a la Virgen del Rosario, proclamada protectora de La Habana desde 1746. En el municipio habanero del Cotorro hay un pueblo que lleva su nombre y una parroquia que, desde hace más de dos siglos, guarda una historia que merece contarse.

A unos veinte kilómetros del centro de la capital, Santa María del Rosario conserva el aire de los pueblos de campo. Fue fundada en 1732 por el primer Conde de Casa Bayona, José Bayona Chacón, como una Ciudad Condal que buscaba resarcir las pérdidas sufridas tras la sublevación de esclavos en su ingenio Quiebra Hacha. Alrededor de su Plaza de Armas se levantaron el Ayuntamiento, el Cuartel y la Casa de los Condes. Sin embargo, fue la iglesia parroquial la que se convertiría, con el paso del tiempo, en el corazón del lugar.

La actual edificación, de estilo barroco, se construyó entre 1760 y 1766, en sustitución de una capilla de madera. Años más tarde, en 1812, el obispo Juan José Díaz de Espada la bautizó como la «Catedral de los Campos de Cuba», un título que aún hoy la distingue. Su fachada austera, de piedra de cantera, no deja entrever la riqueza que atesora en su interior: un altar mayor recubierto de oro, de diez metros de ancho por quince de alto, considerado un monumento único del arte colonial en la Isla.

Fue, precisamente, ante ese altar donde Alejo Carpentier eligió casarse con Lilia Esteban Hierro, portadora de un marquesado que nunca reivindicó, el 26 de mayo de 1941. El autor de El siglo de las luces no solo dejó constancia de la belleza del lugar en sus crónicas, sino que lo eligió para unir su vida a la de su esposa.

Ahora bien, si hay algo que hace de esta iglesia un tesoro irrepetible para la historia del arte cubano, son los cuatro cuadros que reposan en el alfarje del crucero. Obras atribuidas a José Nicolás de la Escalera, el primer pintor cubano del que se tiene referencia cierta, estas pinturas al óleo, de forma triangular, fueron restauradas durante seis años en el Centro Nacional de Conservación, Restauración y Museología (CENCREM) y devueltas a su lugar original.

Entre ellas destaca Santo Domingo y la Noble Familia de Casa Bayona. En esta obra, por primera vez en la pintura cubana, aparece la representación de un hombre negro. Su figura irrumpe junto a la familia condal, en un primer plano, y no a la diestra del santo, donde están las mujeres y los hijos, sino a su siniestra, entre los señores más prominentes.

La parroquia fue declarada Monumento Nacional en 1946, y su condición fue ratificada en 1990. Sus archivos, sus catacumbas y sus pinturas son un tesoro que trasciende lo religioso para convertirse en memoria viva de una comunidad. Por sus puertas han pasado figuras como la Reina Sofía de España, en 1999, y en su pila bautismal fue bautizado José María Chacón y Calvo, destacado hispanista y sexto conde de Casa Bayona.

La parroquia de Santa María del Rosario no necesita grandes fastos. Su valor no está en lo que exhibe, sino en lo que conserva: un altar dorado, unos cuadros que hablan de un mundo antiguo y una comunidad.

A pocos kilómetros del centro de La Habana, esta iglesia sigue siendo un lugar donde el arte, la historia y la fe se dan la mano. Es un edificio que se ha vuelto imprescindible sin proponérselo. No por lo que dice, sino por lo que es: un testigo mudo de generaciones enteras.

Su historia no está escrita en libros, sino en la piedra gastada de sus escalones, en el color que el tiempo ha dejado en sus paredes, en la sombra que proyecta cada tarde sobre el mismo pedazo de calle. Es el punto fijo en un paisaje que cambia, la presencia que ha aprendido a quedarse cuando todo lo demás se va.

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