Homilía del cardenal Stella en el Santuario dedicado a San José en Cienfuegos

Por: Cardenal Beniamino Stella

Cardenal Stella en Cienfuegos
Cardenal Stella en Cienfuegos

Queridos hermanos y hermanas:

Agradezco al Señor de todo corazón, que me permite compartir con ustedes en esta mañana la santa eucaristía, en este santuario dedicado a San José, en el marco de las celebraciones que la Iglesia en Cuba ha preparado para conmemorar la histórica visita del Santo Padre san Juan Pablo II, hace veinticinco años.

Cuando el Papa Santo vino a Cuba, tengo la impresión de que este santuario no existía tal y como está ahora, pero se proyectaba o estaba por concluirse su construcción. Era un signo de tiempos nuevos para la Iglesia en esta amada isla, porque eso quería indicar que se abrían posibilidades de tener nuevos lugares de culto en zonas o barrios donde no los hubo nunca, o donde se habían cerrado o su estado constructivo estaba deteriorado. Recordamos con alegría, al final de la misa del Papa en Santa Clara, la bendición que hizo de la imagen de san José que hoy preside este hermoso templo.

Yo servía como nuncio apostólico aquí durante los días en los que el Papa estuvo en esta tierra. En la nunciatura le preparamos una capilla cercana a su habitación, para que pudiera orar y meditar, sin necesidad de trasladarse a la capilla habitual que quedaba en la planta de abajo. Aquel oratorio ocasional que pudiéramos llamar “la pequeña capilla del Papa en Cuba”, tenía su centro en el sagrario, presencia de Cristo resucitado en medio de su pueblo. Me complace profundamente saber que ese sagrario se trasladó después a este santuario de San José. Y, por tanto, todos los que hemos orado en este lugar santo ante la presencia de Jesús sacramentado, lo hemos hecho ante el mismo sagrario donde san Juan Pablo II encomendó las personas, los frutos y las gracias que el Señor nos regaló con aquella visita apostólica y pastoral.

Una lección importante del pontificado de san Juan Pablo II fue, sin duda, la primacía que tuvo en su vida la oración. Era notorio que aquel hombre con una capacidad impresionante para los encuentros, los viajes; aquel pontífice que promulgó tantos documentos y cartas, extraía la fuerza, la serenidad y la alegría del contacto íntimo con el Señor. Su amor a la celebración diaria de la Santa Misa, sus ratos largos ante el Santísimo Sacramento, el rezo devoto y cotidiano de la Liturgia de las Horas y del Rosario, del vía crucis y otros actos de piedad, que había incorporado desde niño, testimoniaba al mundo entero, tantas veces descreído y escéptico, que el tiempo mejor empleado de nuestra vida es el tiempo que dedicamos a la oración. Las personas que tuvieron el privilegio de acercarse al Papa polaco, personas creyentes o no, comentaban luego haber sido impactados por eso indescriptible que nos ha sacudido a todos, cuando nos hemos topado en la vida con un hombre o mujer de Dios.

Hoy se habla poco de la oración. Y quizás debiéramos reconocer que tampoco se encuentran fácilmente maestros de oración. Un santuario debe ser, ante todo, un lugar de oración, un ámbito donde los hombres y mujeres puedan encontrar al Señor, escuchar su Palabra, interiorizarla, preguntarle a Dios qué nos está pidiendo ahora, y pedirle ayuda para cumplir su voluntad y poder seguir fielmente a Cristo.

San José, patrono de este santuario, aparece en los textos de la Biblia sin decir una palabra. Es el hombre del silencio y de la oración; lo que no debe entenderse como un hombre retraído o poco activo. Sabemos que es todo lo contrario. En la intimidad de la oración, san José descubrió los planes misteriosos y grandes que Dios tenía para él: acoger a María y al niño que ella traía en su vientre, sabiendo que aquel niño era Dios entre los hombres. San José sería así el protector de María y de Cristo, el esposo fiel y el padre amante del Hijo eterno de Dios. Por eso es también el patrono de la Iglesia, pues continúa cuidando y protegiendo al Cuerpo de Cristo presente en la historia.

Es bonita la santidad de José que nos muestran los evangelios. Sí, porque el fruto más acabado de una vida de oración es la santidad.

La santidad de José es cercana para los esposos y padres de familia, que necesitan sabiduría de lo alto, fortaleza y paciencia para cuidar el matrimonio y educar y hacer crecer a los hijos.

La santidad de José es cercana para los pobres y desamparados, porque tuvo que convertir un establo en una sala de parto, y un pesebre en una cuna.

La santidad de José es cercana para los perseguidos injustamente, porque tuvo que huir de la arrogancia y la prepotencia de Herodes.

La santidad de José es cercana para los inmigrantes, los que abandonan la patria, porque él llegó a Egipto con su familia y tuvo que instalarse en otra cultura, en otro ambiente, con otra lengua y otras costumbres.

La santidad de José es cercana para los obreros y los trabajadores, porque él era el artesano humilde y bueno de Nazaret. Y el Hijo eterno del Dios vivo fue conocido en su pueblo como “el hijo del carpintero”.

La santidad de José es cercana para los moribundos, porque a José le cerró los ojos a esta vida terrenal, quien era la Vida que no perece jamás.

Queridos amigos: al darles las gracias a todos ustedes, a monseñor Domingo Oropesa, al rector del Santuario monseñor Juan Francisco Vega, cuya fidelidad al sacerdocio y a Cuba nos estimulan tanto, a los sacerdotes, diáconos permanentes, religiosas, agentes de pastoral y fieles laicos de esta bella región de Cienfuegos y Trinidad, por la cordial acogida que me han dispensado, pido para todos los habitantes de esta Iglesia diocesana, el don de la oración, de tal modo que en las pruebas y vicisitudes cotidianas, puedan como san José y san Juan Pablo II, hacer siempre y tan solo lo que Dios quiere. Y así, dar testimonio de una vida santa, que significa hacer presente en el mundo, con las palabras y obras, la única y eterna santidad de Dios. Amén.

DIÓCESIS DE CIENFUEGOSMisa: San José
Santuario de San JoséPrefacio:Propio de la Solemnidad
30 de enero de 20231ª. lectura:2 Samuel 7, 4…16
Salmo:88 Su linaje será perpetuo
Evangelio: Mateo 1, 16… 24a

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