Los ancianos y el pozo

Por: José Antonio Michelena (michelena@cubarte.cult.cu)

Epígrafe: Hombre sentado mirando al suelo

I

Lo había visto varias veces desde que volví al barrio. Generalmente en la panadería, pero también en otros sitios cercanos. Se hurgaba en los bolsillos y consultaba, una y otra vez, papelitos arrugados. Así podía estar mucho tiempo. No sé qué habría en ellos. La primera vez que lo vi me alegré y le mencioné con júbilo su nombre y el lugar donde fuimos compañeros de trabajo. Apenas reaccionó.

Hoy lo vi de nuevo, sentado en el suelo, mirando hacia abajo, en el área de la panadería. Como no había gente esperando el pan (no había pan) todo estaba en calma. Entonces lo abordé. Y sostuvimos algo parecido a un diálogo. Le pregunté si se acordaba de mí, pregunta ociosa, mas necesaria para comenzar, para escarbar en su memoria que es un pozo profundo donde todo está oscuro, en sombras.

Miguel, a quien todo el mundo llamaba por su apellido, había sido técnico agrónomo en un plan cañero de la actual provincia Mayabeque en el que laboré como oficinista todoterreno en los setenta. Mientras él viajaba en guagua desde La Habana hacia los campos cada día, yo lo hacía en bicicleta desde mi pueblo natal.

A partir de la década siguiente me encontraba frecuentemente con Miguel en este barrio de Arroyo Naranjo donde he echado raíces. Él ha vivido en la zona toda la vida. Seguía laborando en su profesión, pero en la capital. No sé cuántos técnicos agrónomos continuaban vinculados a los centrales azucareros aún. Mucho menos cuántos técnicos del sector tuvieron que reorientar su perfil profesional después que cerraron la mayoría de los centrales en Cuba. Desconozco los avatares laborales de Miguel desde que dejé el plan cañero hace cuarenta y seis años. Tampoco él lo sabe. Lo olvidó. Pero hoy lo hice asomarse un poco a ese pozo donde está oculta la información.

Miguel no ha olvidado su nombre ni su apellido y tampoco el año en que nació. Cuando le pregunté la edad, me dijo que sobre los ochenta porque había nacido en 1940. Se ve físicamente bien para su edad y está correctamente vestido. Me dijo que no tiene hijos y que su esposa vive aún. Qué bueno, le dije, tu esposa debe ser muy buena persona. Me contestó que sí, que lo era. No le pregunté nada más. No sé por qué laberintos viajará su mente mientras mira al suelo, ajeno a todo. Ni sé cuál será el conflicto cotidiano de su esposa, el sufrimiento que entraña para ella verlo así.

Uno de los mayores dramas que hay en la isla —entre tantos— es la cantidad de personas ancianas que viven con el mal de Alzheimer o con demencia senil. Atenderlos es un calvario para esposos/as, hijos/as, hermanos/as. Alimentación, medicamentos, ropa de cama, materiales de aseo, todo es bien difícil. Y no hay instituciones adecuadas para ellos. Pero aunque las hubiera, no es propio de los cubanos poner a sus seres queridos en un asilo.

 

II

Las calles de La Habana —de toda Cuba— están pobladas de ancianos. Los ves a toda hora en las colas o vagando por ahí. Las estadísticas que hemos consultado refieren que alrededor de la quinta parte de los cubanos son adultos mayores, una cifra que crece aceleradamente porque cada vez hay menos nacimientos y menos jóvenes. Las causas son conocidas: una emigración galopante y muy pocos deseos de traer una criatura al mundo en medio de una crisis que no parece tener fin.

Una gran parte de los más de dos millones de cubanos con sesenta y cinco años o más tienen jubilaciones que no llegan a los dos mil pesos en moneda nacional (CUP). (Dos mil pesos son dieciséis dólares en las Casas de Cambio del Estado y alrededor de diez dólares en el mercado informal). Para esa población, cada día es un desafío que comienza por la alimentación y continúa con la factura de la electricidad, del teléfono, del combustible…, y la zozobra de adquirir los medicamentos. No les da la cuenta. La gigantesca subida de los precios de todos los productos y todos los servicios les ha puesto el listón de la vida demasiado alto.

Cómo sobrevive, en Cuba, un adulto mayor con una jubilación que no le cubre, ni de lejos, sus necesidades básicas, es una pregunta que tiene múltiples (posibles) respuestas. Los más afortunados, con la ayuda de la familia, sobre todo si han emigrado; otros, si la salud y la energía aún les acompaña, trabajando en lo que puedan, según su profesión, su oficio, sus habilidades. Y un porciento nada despreciable, en la pobreza, incluso en la miseria, tratando de respirar, pero cada vez con menos oxígeno.

Los de este último grupo no pueden comprarle a cuentapropistas, mipymes, o a vendedores callejeros, una flauta de pan, una libra de cebolla, un refresco, un paquete de galletas, o un pedazo de carne de cerdo. Muchos no pueden, siquiera, comprar todos los productos que se distribuyen por las tiendas: pollo, picadillo, aceite, salchichas, detergente. ¿Tiendas en MLC?, ¿Qué es eso? ¿Sustituir una puerta, una ventana, pintar la vivienda? Ni hablar.

En períodos de crisis, las familias, las amistades, la sociedad, muestran sus entrañas, sus esencias: las mejores y las peores. El espíritu de solidaridad y empatía de los cubanos nos confronta en cada jornada, nos compulsa a compartir lo que tenemos (sobrante, poco, escaso, mínimo) con los que casi nada tienen. Hemos visto personas donando hasta cien pesos a un anciano en una tienda, como también conocemos de otras conductas completamente opuestas.

De la misma manera que no sé adónde mira mi amigo cuando está sentado en el suelo, tampoco sabemos con total certeza cómo pueden vivir (sobrevivir) los ancianos mencionados. Mi amigo busca recuerdos en el pozo; los otros cayeron en él.

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