Aniversario 25 de profesión religiosa Sor. Juana Ortega, Sor. Indira González y Sor. Isabel Soto

Por: Fray Manuel Uña Fernández O.P.

SOR JUANA ORTEGA, SOR INDIRA GONZÁLEZ Y SOR ISABEL SOTO
SOR JUANA ORTEGA, SOR INDIRA GONZÁLEZ Y SOR ISABEL SOTO

– SIERVAS DE MARÍA MINISTRAS DE LOS ENFERMOS –

Jr 15, 16.20,7.9
Salmo 116, 1-2.12-19
Ef 1, 3-14
Jn 15, 4-11

Queridas Hermanas: “Dios que ha comenzado en ustedes una obra buena, él mismo la llevará a feliz término” (Fil 1, 6).

Cuando comparto con ustedes, les quiero hablar desde lo que brota en mi corazón, que lleva sobre sí el desgaste de 87 años, el gozo de 69 años de profesión religiosa, 63 de sacerdote y 29 en Cuba, donde les he conocido.

Es una suerte para mí poder llamar por su nombre a muchos de ustedes: Mons. Juan, Mons. Emilio, Mons. Marcos…; comunidad de las Siervas de María; queridos sacerdotes, P. Ariel Suárez (hijo de esta casa); religiosas, religiosos; hermanos todos.

Al ver cómo se encuentra este presbiterio, puedo decir, una vez más, que la comunión es el gran regalo de la Iglesia en Cuba…

Me siento feliz acompañando a Sor Juana, a Sor Indira y a Sor Isabel, en el aniversario 25 de su consagración religiosa, como Siervas de María Ministras de los Enfermos.

Ustedes han hecho suyas unas palabras del profeta Jeremías: “Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir…” (Jr 20, 7). Se las apropian en el presente, al igual que lo hicieron el día de su Profesión Temporal y de su Profesión Perpetua. Hoy celebramos la fiesta de la fidelidad del Dios fiel (Jr 20, 11), y de vuestra respuesta fiel.

¡Qué gratificante ver esta capilla de 23 y F rebosante de creyentes!, venidos de lejos y de cerca (de Miami, Matanzas, Camagüey, Holguín, Sancti Spíritus, La Habana…), para alabar, bendecir y dar gracias al Señor, con ustedes y por ustedes.

Todos valoramos y agradecemos el amor discreto que emana de esta casa y que, sin hacer ruido, refresca el alma de nuestro pueblo.

Mi querido Mons. Juan, nuestro Cardenal y Pastor, ha sido usted tan humano que ha tenido en cuenta la petición de las Hermanas, cuando me encontraba en el hospital hace unos meses. Le pidieron que fuese el Padre Manuel quien pronunciara estas palabras. Casi lo siento como una osadía, en medio de este presbiterio.

Permítanme haga memoria… En el año 1992 conocí a Sor Indira y a Sor Isabel (ya han pasado 30 años, su camino ha sido de subida y de bajada el mío… se dice pronto…). Venía a visitar a mis hermanos en San Juan de Letrán y ellas iban a la Eucaristía, acompañadas siempre de Sor Bonifacia. ¡Cómo no recordarlas vestidas con el uniforme de aspirantes, la falda azul y la blusa blanca! Fuisteis afortunadas por haber tenido muy buenas maestras: Sor Bonifacia y la Madre María Jesús (las dos optaron por las Siervitas de María y por Cuba. ¿Cuántos años hace?).

A partir del año 1994 hemos hecho un camino más cercano, viéndolas crecer como personas y como consagradas, ¡tan de Dios y tan humanas!, ¡tan humanas y tan de Dios! A Sor Juana la conocí años más tarde, y constato cómo su presencia es también una bendición.

En estos momentos afloran en mí las palabras que le dijo Yahvé al profeta Isaías: “A mi pueblo cuando le hables, háblale al corazón” (Is 40, 2). Y es desde el corazón de donde brotan mis palabras y resuenan los verbos: mirar, llamar, elegir, seducir, seguir, agradecer, permanecer. Será este el jardín al que nos asomaremos, para compartir la Palabra y recrearnos con lo que Él nos dice hoy.

“El amor de Dios tiene una esencia cristológica, Dios mira a través de los ojos del Hijo Amado. La mirada de Cristo supera toda comprensión humana y trasciende cualquier cálculo.

Cuando Jesús, el Amado, mira, la gracia se imprime en quien es mirado. El mirar del Amado es un acto de amor, que regala amor e imprime amor”.

Es lo que Santa Teresa de Jesús recomendaba a sus monjas: “Hijas, miren constantemente al Señor, pues este mirar quita toda pena ya en la vida presente”. Y les anima no solo a mirar a Cristo sino a acoger su mirada: “Miren al que les mira”.

La mirada de Jesús es un gesto característico suyo y hace posible la llamada al seguimiento. Es Jesús quien llama y para llamar, mira personalmente. Este detalle visual de los ojos de Jesús, ha sido recogido fielmente por el evangelista Marcos.

Así lo narra en la vocación de los cuatro primeros discípulos: “Bordeando el mar de Galilea, vio a Simón y Andrés, el hermano de Simón… Jesús les dijo: Venid conmigo y os haré pescadores de hombres” (Mc 1, 16-17).

“Un poco más adelante, vio a Santiago, el de Zebedeo y a su hermano Juan… al instante los llamó” (Mc 1, 19-20).

Y… “Al pasar vio a Leví, sentado junto a la mesa de recaudación de los impuestos y le dijo: Sígueme” (Lc 5, 27-28).

¡Qué gran pedagogo es Jesús! Antes de nosotros verle, Él nos ve y contempla. Él ama y solo a partir de este amor, pide. Primero ama y el amor hace posible lo imposible.

– Y me pregunto y os pregunto: ¿Qué sucedió antes de la llamada?

La respuesta nos la da Yahvé por boca del profeta Jeremías: “Antes que Yo te formara en el seno materno, te conocí, antes que nacieras, te consagré” (Jr 1, 5).

San Pablo, en la carta a los Efesios que escuchamos hace un momento, nos invita a alabar a Dios Padre que nos ha elegido en Cristo, antes de la fundación del mundo. Dios ha pensado en nosotros desde siempre, para ser santos e inmaculados delante de Él por el amor.

No puedo silenciar las palabras de San Agustín: “Elegidas antes, antes, mucho antes, en otras riberas, fuera del tiempo”.

Y podemos añadir: llamadas para este tiempo, para esta hora y para aquí.

Elegidas, llamadas, seducidas… seguís a Jesús. Recuerdo que la única condición para seguir al Señor de cerca, es seguirlo sin condiciones. ¿Estáis dispuestas a seguirlo hasta la muerte?

Fray Manuel Uña
Fray Manuel Uña Fernández O.P.

Hay una llamada al seguimiento y hay llamadas ininterrumpidas en el seguimiento. En la primera llamada Jesús nos pide dejar, salir, más tarde, en la plenitud de la vida, exige que nos dejemos a nosotros mismos. Más adelante, en la vejez y en las canas, reclama que le dejemos a Él las manos libres, para que sea Él quien nos trabaje. ¡Ha llegado la hora en que ya no podemos trabajar! (por edad o por enfermedad) y Él nos dice: déjense trabajar, déjense hacer, bajen a la casa del alfarero (Jr 18, 1-11), vean y contemplen cómo moldea el barro con sus manos.

Seducidas por la llamada del Hijo podéis repetir hoy con María: “En mí descansó su mirada”. ¡Qué confesión tan bella y profunda! En vosotras hoy descansan las miradas del Hijo y de la Madre, llamadas por Jesús para ser Siervas de su Madre, Siervas de María y Siervas como María. Qué bien nos lo dijo Ella: “Hagan lo que mi Hijo les diga”. Y, ¿cuáles fueron las palabras del Hijo? “Han visto lo que he hecho, hagan ustedes lo mismo… Aprendan de Mí”.

Ustedes se han sentido amadas y en su interior brota la necesidad de preguntarse como el salmista: ¿Qué daré al Señor por todo lo que he recibido de Él? ¿Cómo y con qué puedo corresponder a tantos y tantos dones?

María, nuestra Madre, dejó que brotara de su corazón un himno de alabanza y de acción de gracias: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador…”. Y este Magníficat se hizo el canto de sus caminos, cuando salió “con prisa pero sin prisas” a visitar a su prima Isabel, en las Bodas de Caná, a los pies de la Cruz, en el cenáculo acompañando a los apóstoles.

Agradecer los dones a Dios significa para vosotras implicaros en un proceso dinámico de fe, de seguimiento a Cristo pobre, casto y obediente, de servicio a los enfermos. Significa también construir la comunión, valorando el don de cada Hermana.

Les comparto la escena que contemplo todos los días a las 8:30 de la mañana cuando paso por 23 y F, de camino a celebrar la Eucaristía a mis Hermanas contemplativas en el Nuevo Vedado.

Los pobres se acercan a la puerta de esta casa en busca de pan, de medicinas, pero sobre todo, del calor humano que con sencillez les ofrece Sor María Jesús (no me atrevo a preguntarle cuántos panes, cuántas sonrisas, cuántos medicamentos silenciosamente han repartido a lo largo de tantos años estas Ministras de los enfermos).

¡Aquí tenemos la lección que verdaderamente forma, el testimonio que convence sin necesidad de querer convencer con discursos! Esto se llama “hacer sin decir” o “decir haciendo”. En buen cubano afirmaríamos: “Hacer es la mejor manera de decir”.

Es esta la gratitud que devolvéis al Señor por cuanto ha hecho en y a través de vosotras, durante estos 25 años. Habéis aprendido a ser buenas como el pan, que se parte y se comparte. Recuerdo que en mi tierra al pan no se le pone precio, va siempre de acompañante en las comidas.

Os conocí cuando erais postulantes, a estas alturas de la vida, comenzáis una nueva etapa. Todo será nuevo. En un día como hoy, Hermanas, hago mías las palabras del dominico Thillard: “¡Soñad lo imposible, para llegar a lo imprevisible!”.

Os animo a acercaros y “contemplar de cerca la roca de donde fuisteis talladas” (Is 51, 1): Santa María Soledad, vuestra fundadora. Aquella mujer pequeña de estatura, pero con un corazón enorme para acoger y aliviar el dolor humano. Ella fue luz en medio de la noche de sus contemporáneos, y hoy continúa regalándoos la posibilidad de ser vosotras también luz, que ilumina sin deslumbrar. Tenéis cerca la imagen del Divino Enfermo, para recordaros que Jesús vive en los hermanos que sufren.

Os corresponde la tarea de recrear el Don, revitalizar la fidelidad al espíritu original y discernir sobre el mejor modo de vivirlo hoy. Recrear y no repetir.

En el evangelio hemos escuchado cómo Jesús insistentemente nos dice: “Permaneced en mi amor”. Y la fidelidad no es otra cosa que el amor que perdura, que permanece en el tiempo. El verdadero amor es concreto, está en las obras, es un amor constante, dinámico, que se renueva y renueva.

La fidelidad no es permanecer en nuestro sitio solo para poder decir que nos hemos quedado en él, sino el horno del alfarero de la vida, donde, probados por el calor y el fuego, adoptamos formas y matices que nunca habíamos soñado.

La fidelidad evangélica es creativa, os impulsa a continuar con el oído atento para discernir los caminos del Espíritu. Auscultar los signos de los tiempos, renovar vuestros votos de castidad, pobreza y obediencia, renovando cuanto sois y cuanto hacéis. No os acostumbréis a ser religiosas.

Que la frase de vuestra Madre Fundadora, colocada en la invitación a esta fiesta: “Mi alma no sabe cómo dar gracias a Dios por todo”, os acompañe en vuestro seguimiento al Señor. Permaneced en el amor no solo ‘estando’ sino ‘siendo’, dando lo que sois y dándoos con alegría.

Continuamos nuestra celebración siendo testigos de vuestra renovación de votos. Que el Señor os bendiga y seáis una bendición para todos.

Fray Manuel Uña Fernández O.P.
La Habana, 23 de julio de 2022.

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