
La libertad no es algo añadido a la condición humana, forma parte de lo más profundo de nuestra constitución. Fuimos creados libres, y para la libertad. La libertad es una compleja realidad que afecta todas nuestras dimensiones vitales. Sus consecuencias han sido tan profundas en la historia, que es imposible comprenderlas en toda su magnitud.
Somos libres porque somos racionales y dotados de un espíritu abierto a la trascendencia. La razón no puede ser explicada desde la naturaleza. La inteligencia existe en muchos animales, pero la diferencia entre nuestra inteligencia respecto al resto de las criaturas no es de grado, sino sustancial. El hombre objetiva la realidad inmediata, pero también comprende que existe una realidad más allá de los sentidos. Abarca el resto del mundo, el universo, las partículas elementales, y puede elaborar conceptos abstractos como el espacio y el tiempo.
La inteligencia también se vuelve hacia nuestro universo interior. Comprende las emociones y los estados anímicos, en una capacidad de reflexión, de «doblarnos» sobre nosotros mismos, desde ese núcleo íntimo que llamamos conciencia. Un animal siente tristeza, el hombre sabe que la siente. Un animal siente angustia ante la proximidad de su muerte. El hombre sabe que va a morir, entiende la diferencia entre la vida y la muerte. Un perro puede morir defendiendo al dueño, pero solo el hombre ofrece su vida en un acto heroico porque la valora. La verdadera libertad existe porque nuestra inteligencia nos permite distanciarnos frente a las realidades materiales externas, al complejo mundo interior, pero también se abre a la trascendencia, para encontrar el origen, el sentido y la consumación de nuestra existencia.
Una inteligencia que se origina en la naturaleza no podría objetivarla. Una libertad consecuencia de la naturaleza sólo puede realizar sus operaciones dentro del marco determinado por la naturaleza. Tampoco puede ser explicada desde la evolución biológica. La libertad origina comportamientos humanos, como la contemplación de la belleza o la selección de una vida célibe, que no guardan relación con la conservación de nuestra especie. La inteligencia y la libertad tienen un origen metafísico, que lleva al ser humano a superar un instinto poderoso como la autoconservación. En el hombre, la naturaleza condiciona, pero no determina. El determinismo es contrario a la libertad.
La libertad es un don extraordinario, pero también ha provocado dolor y sufrimiento en la historia, cuando ha sido usada para apartarse de Dios. El liberalismo es una ideología que busca convertir a la libertad en un fin absoluto, y desconoce la realidad del pecado que afecta a la libertad y a la voluntad.
La libertad en el cristianismo no es un fin en sí misma, está unida profundamente con la verdad. Sólo la verdad es liberadora, y vivir en la verdad significa vivir en íntima comunión con el Señor (J 8,31), abiertos a las mociones del Espíritu Santo. La mayor expresión de libertad de Jesucristo fue su entrega por amor en la Cruz: nadie me quita la vida, yo la entrego (Juan 10,18). La verdadera libertad consiste en la obediencia a la voluntad de Dios en un acto de amor absoluto.
En la historia de la Iglesia, la relación entre el espíritu de obediencia y la libertad siempre ha sido compleja. Nuestra vida se resuelve en la dinámica entre la gracia y la libertad, entre lo que recibimos de Dios y lo que escogemos hacer.
La libertad hace a la humanidad inquieta. Nos ha llevado a configurar las sociedades, leyes e instituciones, pero también nos empuja más allá de condicionamientos impuestos por la biología, la política, la religión, la cultura y la geografía. La libertad nos condujo a eliminar la esclavitud y construir sociedades más justas, pero también a cruzar océanos y adentrarnos en sus abismos, escalar montañas, modificar el paisaje, alcanzar lo inaccesible, utilizar la energía nuclear, conquistar el aire y pisar la luna
En algo tan difícil de definir como la libertad, se juega nuestra humanidad. En nosotros existe una inclinación profunda a vivir en libertad, buscar la verdad y expresarla en consecuencia. Cualquier proyecto político, de una u otra ideología, que desconozca esas realidades, terminará negando todos los demás derechos y atentando abiertamente contra la dignidad, porque solo en la libertad alcanzamos la plenitud.



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