La catedral de los libros: un viaje a la Biblioteca del Centro Cultural Padre Félix Varela

Por: Ángel Marqués Dolz

Vista desde su estantería superior. En total, la biblioteca atesora más de 18 mil volúmenes.

Este 2025, la institución celebra su primera década de existencia con una ecuménica colección abierta, gratuitamente, a todos los usuarios, sean nacionales o extranjeros.

 

Cuando abres la puerta te reciben de golpe dos sorpresas: Los dieciocho mil volúmenes guardados celosamente y una temperatura paradisíaca de algo más de veinte grados que convierte el lugar en un refugio climático con respecto al cruel verano que impera por estos días.

La Biblioteca del Centro Cultural Padre Félix Varela ocupa parte de la nave derecha del imponente edificio de estilo barroco del siglo xviii, donde estuvo asentado el Real Colegio y Seminario San Carlos y San Ambrosio.

La orden de los jesuitas comenzó la construcción del edificio principal en 1700, y fue concluido en 1767, poco antes de la expulsión de la Compañía de Jesús del imperio español en América. La institución abrió sus puertas en 1774, bajo la dirección del sacerdote cubano Rafael Castillo y Sucre. Desde entonces, acogió tanto a estudiantes eclesiásticos como a jóvenes que cursaban carreras civiles.

Durante el siglo xix, bajo la rectoría del obispo español Juan José Díaz de Espada y con la influencia del padre Félix Varela, el seminario alcanzó gran prestigio académico. Se instalaron laboratorios de Química y Física, se introdujeron asignaturas como Derecho Civil, Matemáticas y Economía Política, y se adoptó la enseñanza en lengua vernácula.

Antecedentes

La directora de la biblioteca, Yanais Bárzagas Medina, quien sabe del peso de la historia dentro de estas paredes de cantería con su silencio providencial y su cuidado patio central, es la guardiana principal de este lugar desde su fundación.

«Estamos hablando de diez años atrás», dice, y su voz resuena como el eco de un reloj antiguo. La biblioteca abrió oficialmente sus puertas el 9 de marzo de 2015, aunque la gestación fue más larga, casi once años de preparación y ordenamiento en cajas, traslados y catálogos, además de la logística del recinto y toda su excelente carpintería y mobiliario.

Antes, el espacio era un mosaico de colecciones dispersas: la biblioteca del arzobispado de La Habana, la Casa Laica, la biblioteca cubana del Seminario San Carlos y San Ambrosio, y la personalísima colección del cardenal Jaime Ortega. Todo, finalmente, confluyó aquí, bajo la evocación del padre Varela, «aquel patriota entero», según José Martí.

El origen de los fondos: rescates, herencias y milagros

La historia de la biblioteca es también la historia de sus libros. Muchos fueron rescatados «de las últimas cajas», como recuerda Yanais, cuando el traslado del seminario dejó a la intemperie volúmenes valiosísimos que se descompusieron antes de ser salvados.

«No votamos ninguno, pero se nos deshacen algunos en las manos, lamentablemente. De abrirlos así, quedarte tú con la hoja hecha tiritas porque se deshacen en la mano», confiesa la directora, con la resignación de quien ha visto morir a un amigo.

El fondo creció gracias a la generosidad de familias como los Castro Romeu, que donaron su pequeña pero valiosa biblioteca, o la del crítico e investigador literario Raimundo Lazo. Incluso la Universidad de Pamplona, en España, envió «tres estantes enteros de libros», que cruzaron el Atlántico para engrosar las filas de este pozo de letras.

No es solo cuestión de donaciones: la biblioteca compra ejemplares en la Feria del Libro, encarga títulos a profesores viajeros y recibe volúmenes de autores que, conmovidos por la causa, envían ejemplares digitales o físicos sin esperar nada a cambio. «Me asombra muchas veces que me digan: “Sí, sí, para una biblioteca no hay problema”. Y aunque cuesten, te lo mandan. Eso es raro, pero bueno, lo hacen», relata Yanais, y resalta el valor de la solidaridad intelectual.

Humanidades, ciencias sociales y el pulso de Cuba

Pero, ¿qué se encuentra en este laberinto de estantes? La biblioteca es, ante todo, un templo de las humanidades y las ciencias sociales. Filosofía, historia, arte, religión, literatura, estudios cubanos. No hay espacio para la ciencia dura ni para la técnica, pero sí para el pensamiento, la reflexión y la memoria.

«Lo único que van a encontrar acá es humanidades y ciencias sociales, no vas a encontrar otra temática como tal», explica la directora. Y no se trata solo de libros católicos, aunque la impronta de la Iglesia sea fuerte: hay literatura islámica, protestante, afrocubana, estudios sobre el Islam, y hasta la Biblia Reina-Valera (apreciada especialmente dentro de las comunidades protestantes) porque la pluralidad es parte del espíritu del lugar.

La joya de la corona es la llamada «biblioteca cubana», un fondo que sobrevivió a mudanzas, polillas y el tiempo, y que contiene ediciones anteriores a 1900, primeras ediciones y libros raros.

No hay incunables, pero sí tesoros: «El libro 27 de noviembre, escrito por el patriota Fermín Valdés Domínguez, del siglo xix, en su primera edición…», enumera Yanais. Y luego, en los anaqueles reposan desde textos filosóficos como Dios ha muerto, de Roger Garaudy, y diccionarios teológicos e historias de las guerras de religión, hasta manuales de marketing, pasando por Félix Varela, José Martí, Cintio Vitier, Dulce María Loynaz, Leví Marrero y Eusebio Leal, entre muchos otros autores cubanos.

Algunos ejemplares están autografiados por sus autores, otros llevan dedicatorias manuscritas que los convierten en piezas únicas. Y, por supuesto, hay libros rubricados por artistas y personalidades de la cultura cubana, aunque la directora confiesa que, con 18 000 volúmenes, es imposible saber cuántos exactamente.

Puertas abiertas, saber sin fronteras

La biblioteca no es un club privado ni un refugio de eruditos solitarios. «Todo el mundo puede entrar», insiste la directora.

Estudiantes de la Laurea en Humanidades del Instituto de Estudios Eclesiásticos Padre Félix Varela son los usuarios principales, pero no los únicos. Investigadores de la Universidad de La Habana, estudiantes de arquitectura y patrimonio, preuniversitarios que se preparan para las pruebas de ingreso, curiosos, lectores empedernidos… todos encuentran aquí un espacio de estudio, consulta y descubrimiento.

El acceso es gratuito. «Aquí lo único que se cobra es la reprografía», aclara Barzagas. Fotocopiar unas páginas cuesta apenas el precio del papel (tres pesos), un gesto simbólico para sostener el servicio. Por precaución y amargas experiencias, no hay préstamos externos: los libros se consultan en sala.

La biblioteca abre de lunes a sábado, con horarios extendidos que permiten el estudio nocturno. Cinco personas, organizadas en dos equipos, mantienen viva la maquinaria: catalogan, limpian, asesoran, y hasta imparten clases de metodología de la investigación en la propia sala de lectura.

El catálogo es digital, con un valor añadido: el 60 % de los libros tiene resúmenes elaborados por el equipo, para que el usuario no se guíe solo por el título, sino por el contenido real del texto. Pronto, promete la directora, el catálogo será accesible en línea, abriendo aún más las puertas del saber.

El arte de conservar: polillas, humedad y milagros cotidianos

Mantener viva una colección de miles de libros en el trópico es una batalla diaria contra el clima y otros enemigos declarados y no. Tres veces al año, la biblioteca es fumigada para ahuyentar polillas y comejenes. Tres deshumidificadores trabajan sin descanso para mantener la humedad al 50 % y la temperatura a 21 °C, el punto justo para que ni los libros ni los lectores sufran.

Los estantes son cerrados y solo el personal tiene acceso directo a los fondos. No se permite comer en la sala, la luz solar entra filtrada, y una vez al año, antes de las vacaciones, se realiza un saneamiento general: se abren los libros, se limpian, se revisan. Algunos, inevitablemente, se deshacen en las manos, víctimas del tiempo y la historia.

Durante la pandemia de COVID-19, la biblioteca cerró sus puertas, pero Yanais venía una vez a la semana a encender los deshumidificadores y el aire acondicionado. Aun así, se perdió casi completa la colección de la revista Palabra Nueva por culpa del comején. «Digital sí la tenemos y hemos ido recuperando algunos números gracias a personas que los tenían guardados», cuenta, con la mezcla de tristeza y esperanza de quien sabe que la memoria nunca muere del todo.

Usuarios, actividades y comunidad

La biblioteca no es solo un depósito de libros, sino un espacio vivo, vibrante, donde la cultura se comparte y se reinventa. Aquí se celebran talleres literarios como «Lecturas de Navidad», conferencias, exposiciones de pintura y fotografía, aniversarios, presentaciones de libros.

Las mesas y sillas, diseñadas por la propia directora, están pensadas para el estudio individual y el trabajo en grupo. Los estudiantes llegan antes de las clases, se sientan a leer, a investigar, a pedir consejo a la «profe», que siempre tiene una recomendación a mano.

La comunidad es diversa y global. Investigadores extranjeros —como una profesora de Santo Domingo que vino a buscar libros sobre Cuba y su país— encuentran aquí materiales que no existen ni en la Biblioteca Nacional.

Falta de espacio, digitalización y sueños pendientes

Con los estantes casi a tope, la biblioteca se enfrenta al reto de la gestión del espacio. Cuando no quepan más libros, se hará una depuración: los volúmenes que no se usan en diez años pasarán al fondo pasivo y, si siguen sin ser consultados, podrán ser donados o intercambiados.

En paralelo, la digitalización avanza, aunque lentamente: el catálogo es digital, pero los libros aún no. El escáner plano no sirve para los ejemplares antiguos, que se rompen al abrirse demasiado. Se sueña con un escáner especial, con fondos para digitalizar la biblioteca cubana y preservar para siempre su tesoro.

El equipo de trabajo, cinco personas entregadas a su responsabilidad, mantiene el pulso de la biblioteca. No hay fonoteca ni filmoteca, pero sí una pequeña hemeroteca con revistas seleccionadas para la investigación. La vigilancia incluye  cámaras y control de acceso.

La biblioteca como una parcela del universo conocido

En su cuento «La Biblioteca de Babel», el célebre escritor argentino Jorge Luis Borges describe la casa libresca de manera muy particular y memorable. El párrafo inicial dice así:

 

«El universo (que otros llaman la Biblioteca) se compone de un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales, con vastos pozos de ventilación en el medio, cercados por barandas bajísimas».

 

De muchas maneras, la biblioteca del Centro Cultural Padre Félix Varela es un universo; una barricada de conocimiento frente a las intolerancias; un refugio para el pensamiento libre, un taller de sueños y memorias.

Aquí, entre estantes que crujen y páginas que susurran historias, la cultura cubana se reinventa cada día, gracias a un legado que no pertenece solo al pasado, sino, además, al futuro de la espiritualidad de una nación frente a todas sus amenazas, incertidumbres y tanteos.

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