
No hay dudas: los músicos que se acercaron a la Iglesia católica en La Habana en busca de una misa para el alma de Celia Cruz, fueron iluminados con las luces de la esperanza y la fe, que a veces se debilitan, pero nunca se apagan.
Es una luminosidad similar a la que alumbró el camino a la Guarachera de Cuba y que le hizo decir al sacerdote Ariel Suárez, párroco de la basílica de Nuestra Señora de la Caridad del Cobre, durante la misa: «Quiero pensar que Celia Cruz, se lo propuso o no, quiso ser una luz de esperanza y de alegría para los demás, con los medios que le eran afines: su arte, su música, sus canciones».
El párroco compartió con los fieles y músicos presentes –Haila María Mompié, Alain Pérez y Yomil- que cada misa celebra la victoria de Jesús sobre la muerte y el mal, y «cuando con mucha devoción ofrecemos misas por nuestros difuntos, por los seres que amamos, lo que pedimos para ellos es que el Señor perdone sus pecados y los haga participar en el triunfo sobre la muerte y el mal».
La cantante principal de la Sonora Matancera desde 1950 hasta 1960, cuando se marchó a Estados Unidos, se llamó Celia de la Caridad Cruz y Alfonso, algo que el padre Ariel descubrió mientras buscaba información sobre ella y le hizo entender la razón por la que Haila, Pérez y Yomil quisieron que la oración por su alma fuera en la Iglesia de la Virgen de la Caridad del Cobre.
Gracias a ese hallazgo de datos, el sacerdote supo que Celia Cruz había sido devota de la Patrona de Cuba, y así conoció cómo fue que popularizó una de las canciones que la llevaron al estrellato internacional, La vida es un carnaval, una pieza que el argentino Víctor Daniel compuso el día de 1994 en que la explosión de un coche bomba en Buenos Aires dejó ochenta y cinco muertos.
Conmovido, se sentó y elaboró una canción con la que la gente pudiera reencontrar la forma de levantarse y seguir adelante.
El músico argentino ha contado que «estaba en Venezuela y veía en la televisión que una mujer lloraba y decía que estaba sola, que había perdido a la familia, al esposo, al hijo. En ese momento, yo le hablé a la pantalla, le decía a la señora: “No tiene que llorar, señora, las penas se van cantando, ya verá que va a salir adelante, que Dios está con usted”».
Una vez terminada la pieza, el compositor argentino convenció a Celia Cruz para que la cantara, porque pensaba que con su maestría y su alegría podía ayudar a los argentinos a mitigar su tristeza.
Al padre Ariel Suárez esa motivación le ha resultado muy humana. «Es algo muy lindo que la motivación de esa canción fuera alegrar a otros, servir a otros, mejorar la vida de los demás, llevarles esperanza».
A medida que pasó el tiempo, de cualquier país latinoamericano donde hubiera un conflicto, Celia Cruz recibía llamadas y mensajes para que les cantara La vida es un carnaval, y poco a poco, el tema se convirtió en himno de esperanza.
La misa por el alma de Celia Cruz en La Habana ha mostrado el signo de los tiempos que corren: ha sido una victoria de la fe y el amor frente a una mentalidad del pasado que persiste en estar presente.
Era tiempo de ver en Cuba un reconocimiento público a uno de los símbolos más sólidos de la cultura de la Isla, un gol que anotaron Haila, una vieja seguidora de Celia Cruz, Alain Pérez y Yomil, que se sumaron con igual interés, y la Iglesia católica y el sacerdote Ariel Suárez Jáuregui, que lo hicieron posible.








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