Mons. Jaime: pastor de la conciliación

Por: Fray Manuel Uña Fernández, OP

palabranueva@ccpadrevarela.org

 

«Los hombres de acción, sobre todo aquellos cuyas acciones son guiadas por el amor, viven para siempre».

José Martí

 

Uno de estos hombres ha sido el cardenal Jaime Lucas Ortega Alamino, a quien conocí en ocasión de mi primer viaje a Cuba, en el año 1986. Busqué tiempo y me acerqué a saludarlo; iba como provincial para visitar a mis hermanos dominicos de La Habana y Trinidad.

Años más tarde, en el mes de agosto de 1993, encontrándome en casa de mis padres, me sorprendió la visita de Fr. Jesús Duque, prior del Convento de Santo Tomás de Sevilla. Había llegado una carta a mi nombre, de parte del nuncio apostólico, monseñor Beniamino Stella. Era la respuesta a la petición que yo le había presentado al Dr. Carneado en el mes de febrero, donde le expresaba el deseo de ir a Cuba, una vez finalizado mi servicio como provincial. El señor nuncio me decía: «Padre Manuel, no tengo el gusto de conocerle, pero deseo darle una buena noticia. Usted, sin pedirlo nosotros, ha sido admitido para venir a Cuba». «Véngase cuanto antes», era su frase conclusiva.

Y con presteza, el 15 de octubre viajé a La Habana. Durante el vuelo aproveché para leer la Carta Pastoral de la Conferencia Episcopal Cubana, El Amor todo lo espera, publicada el día de Nuestra Señora de la Caridad.

Luego, tuve la oportunidad de acompañar al clero durante tres tandas de Ejercicios Espirituales, dos en La Habana y otra en Santiago. Durante estas jornadas me di cuenta de la cercanía entre pastores y sacerdotes, y de la calidad humana y espiritual que cultivaban.

Era presidente de la COCC monseñor Jaime, quien desempeñó este servicio durante varios períodos, de 1988 a 1998 y de 2001 a 2004. Destacaba por su carácter conciliador, era un hombre abierto al diálogo, amante de su misión al servicio del pueblo de Dios. Mucho se preocupó por la formación de los seminaristas y de los jóvenes. Los valores que la Acción Católica infundió en su corazón adolescente no se borraron con el paso del tiempo. Continuó siendo fiel a aquella Palabra que, como él mismo escribiera, le habló sin palabras y le dejó sin palabras para comunicarlo a otros.

Desde ese «encuentro» en su vida todo comenzó a ser gracia tras gracia, incluso en medio de las inevitables contrariedades y sufrimientos. Su buena preparación y su conversación amena lo convertían en un excelente anfitrión cuando se le visitaba. Le guardo una profunda gratitud por la confianza que me demostró, al compartir conmigo sus vivencias durante catorce años.

Cuando cumplió setenta y cinco años de edad presentó al Santo Padre su renuncia como arzobispo de La Habana, y fue aceptada cuatro años más tarde. Liberado ya de sus obligaciones se retiró unos días, en el Convento de San Juan de la Cruz, en Segovia. Como si volviera de retorno a sus raíces creyentes, al amparo de la Virgen del Carmen.

Aquí, de su puño y letra escribió su testamento espiritual. Conmueve la transparencia y humildad con las que narra cómo Dios, la fe y la religión entraron en el horizonte de su vida y la cambiaron para siempre.

Cito sus palabras: «El Carmelo Teresiano ha sido mi lazarillo. Y ahora lo seguirá siendo, porque es de noche y debo prepararme para abrir los ojos a la luz eterna». Continúa mencionando una carta que, cuando era un joven arzobispo, un señor mayor le envió a la superiora de unas religiosas, refiriéndose a él.

Entre otras cosas, decía: «Es un hombre que tendría que sentirse feliz, pero no lo es, cuando bendice al salir de la misa tiene siempre una sonrisa triste que me indica que no es plenamente feliz».

Concluye constatando cómo la fe le ayudó a superar sus sufrimientos interiores y le pide a san Juan de la Cruz que su «sonrisa triste» llegue a ser radiante en la contemplación eterna del Esposo.

En pocas palabras, podemos afirmar que monseñor Jaime fue un testigo creyente, que aprendió a ver la mano de Dios en cada acontecimiento de su vida. Sus muchas ocupaciones al frente de la diócesis no obstaculizaron su reflexión para escribir Te basta mi Gracia y Encuentro, diálogo y acuerdo. El Papa Francisco, Cuba y Estados Unidos.

Este último libro relata la delicada misión que le encomendó el Papa Francisco, de viajar a Estados Unidos y sostener una entrevista, previamente concertada, con el presidente Barack Obama. La esperanza de propiciar mejores relaciones entre ambos países fue su leitmotiv.

Me siento afortunado por haber estado cerca en aquellos momentos. Monseñor Jaime fue un ejemplo de prudencia y discreción, al igual que sus silenciosos colaboradores. Paso a paso, respetando el propio paso, se implicó en la tarea de abrir caminos y tender puentes.

Tuvo la dicha de preparar y recibir la visita de tres pontífices: Juan Pablo II, en 1998; Benedicto XVI, en 2012 y Francisco en 2015 y 2016, cuando La Habana sirvió de escenario para el encuentro histórico entre el Papa y Kirill, patriarca de Moscú y de toda Rusia, un contacto público que acontecía por primera vez tras mil años de separación.

Solo los hombres que llegan a desarmarse de sí mismos, pueden integrar las diferencias y construir la paz.

De este modo, monseñor Jaime fue acercándose al ocaso de su existencia. Durante su enfermedad lo visité con frecuencia, incluso en Madrid, cuando iba a reponerse acompañado por su médico de cabecera, el Dr. Zamora.

El 26 de julio del 2019 vivió su pascua. Su recuerdo continúa vivo en nuestra Iglesia, en las personas a quienes regaló tiempo, esfuerzos y desvelo pastoral. Ocupó la «Cátedra del amor y la misericordia», según él mismo afirmara el día de su toma de posesión como obispo de Pinar del Río, y lo hizo con fidelidad.

El mejor compendio de su persona lo tenemos en la imagen que eligió para su escudo cardenalicio: el pelícano que devora sus entrañas para dar de comer a sus pichones, sobre un lecho de llamas ardientes. Y así, sin más añadidos que el amor, se habrá presentado ante Aquel que una y otra vez le repetía en la soledad: «Te basta mi gracia».

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