Vengo a ofrecer mi corazón

Por: Emmanuel Montes Álvarez

Releo un libro del escritor norteamericano Cormac McCarthy. Releo Meridiano de sangre, publicado en 1985, y a lo largo de sus veintitrés capítulos, en ninguna de sus páginas se hace alusión a la bondad o algún atisbo de humanidad que pueda haber en el ser humano. Es una novela que explota el lado oscuro de las personas en situaciones hostiles, los personajes son tan malvados que, no en balde, por su capacidad de imaginación y por disponer de la ficción al extremo de hacerla lo más verosímil posible, esta novela de Cormac McCarthy se considera una de las mejores de todos los tiempos, según los críticos norteamericanos.

Releer este libro me lleva a pensar en la cara convexa de lo que se narra; me lleva a refugiarme en lo que salva un poco, al menos, al más necesitado, entre tantas escaseces y penurias que nos azotan.

Un post en Facebook me lleva a reflexionar sobre la bondad y el aprecio al prójimo, así como también lo que, casi a diario, he podido escuchar en boca de personas mayores cercanas a mí.

El post en Facebook —del que no fijé el nombre del autor ni la ubicación, como suele suceder casi siempre con la rapidez de las redes sociales—, acompañado de una instantánea tomada al pasar, relata cómo tres religiosas, dos veces a la semana, recorren las calles por las que transita el autor del post, para repartir alimentos a aquellos que más lo necesitan. En sus jabas, pan y refrescos; en sus almas y sus gestos, misericordia. La mayoría de sus atendidos suelen ser ancianos sin posibilidades de costearse la decencia, ancianos a los que no les alcanza la jubilación para nada.

Al mismo tiempo, las personas mayores con las que he conversado últimamente, solo me hablan de la carencia de medicamentos. Muchas de estas medicinas, que se venden a precios astronómicos por las vías digitales (Facebook, Telegram y hasta WhatsApp), les son tan imprescindibles que, a falta de conseguirlas en las farmacias con sus debidos tarjetones o recetas, se han visto salvadas por las buenas acciones de la Iglesia que, entre otros insumos de vital importancia, se ha encargado de repartir una gota en este océano de carencias.

La abuela de una compañera de trabajo, una anciana de más de setenta años, lleva meses sin poder conseguir en la farmacia la Prednisolona de 500 miligramos para calmar sus dolores de artritis. Ella suele recurrir a la parroquia Santa Cruz de Jerusalén, ubicada en Playa —o envía a su nieta—, y gracias a ello, ha podido hacerse de sus pastillas.

Es este factor humano el que debería primar hoy más que nunca, en una sociedad viciada por la dejadez y la apatía. No hay acto más humano y reconfortante que apreciar al prójimo y sentir el placer de ayudar a otros en lo que esté a nuestro alcance. La voluntad de ayudar, de ser útiles y hacer de nuestros actos el bienestar de los demás, debería ser una máxima de rigor en nuestro día a día.

Cada vez más, he visto movilizaciones por las redes sociales en pro de ayudar a personas necesitadas. He visto movilizaciones, con el reciente huracán Melissa que afectó la zona oriental, para ayudar a los damnificados que lo perdieron todo. He leído de personas que reúnen ropas, medicinas, aseos, todo desde la motivación más personal y espiritual, para hacérselos llegar a quien lo necesite tras un accidente o un desastre, como este nefasto huracán.

Actos así, a pesar de que nuestra realidad más inmediata conspire en contra de nosotros mismos, me hacen recordar una de las canciones más reconocidas del gran Fito Páez, aquella que dice «¿quién dijo que todo está perdido?…». Me reconforta ver que, al igual que Fito, todavía hay quien, de seguro, para mantener viva la llama de la humanidad, piensa y repite: «Yo vengo a ofrecer mi corazón».

Be the first to comment

Leave a Reply

Your email address will not be published.


*