Al amparo de la Virgen

Por: Mario Vizcaíno Serrat

Hundidos en una existencia carente de lo más elemental, millones de cubanos se aferran a la Virgen de la Caridad del Cobre este ocho de septiembre y vuelven a pedirle que interceda ante el Padre para tener la vida que creen merecer.

En estos días, la Patrona de Cuba apuntala la esperanza, que parece a veces una llama temblorosa a punto de apagarse. Como es nuestra Madre, viene al rescate de una sociedad que carga con demasiadas presiones cotidianas, en medio de la oscuridad, la del apagón de la electricidad y de las ilusiones.

De nuevo, escuchará los ruegos de la multitud que la acompañará en la tradicional procesión por calles de La Habana, durante la cual suele pedirle salud para la familia, los ancianos, los niños, los presos, los emigrados.

Es el día en que la Virgen nos empuja por el camino de la solidaridad y la misericordia, cuando nos recuerda que siempre hay alrededor alguien más necesitado en lo material y espiritual.

Desde la pared de casa, en la parroquia, o durante la procesión, la Virgen de la Caridad del Cobre nos arropará este ocho de septiembre en la búsqueda de los sueños, y nos mostrará el camino que a veces se extravía. Saber que permanece ahí para nosotros será como un bálsamo, el abrazo protector que tanto necesitamos. Incluso para quienes no saben que ella es una advocación de la Virgen María, la Caridad del Cobre es el amparo.

En verdad, Cachita pertenece a los cubanos por tradición cultural, amor y fe. Es el símbolo antillano que mejor une a creyentes y no creyentes, de ahí que solo de mirar su rostro, las personas suplican, se compadecen, lloran, o cantan y bailan eufóricas.

En La Habana, las muestras de veneración a la Virgen son elocuentes, y ni el sol ni la lluvia impiden que los cubanos la acompañen cada 8 de septiembre, contagiados con la alegría que ella infunde. Siempre impresionan el silencio y el respeto con que los devotos la despiden al llegar a su Casa, el templo de Nuestra Señora de la Caridad, cuando termina la procesión, alentada por himnos y canciones alegóricos.

Por eso, en el último tramo de la procesión, la multitud clama por unas viejísimas deudas espirituales de la vida cubana contenidas en Virgen mambisa, un contagioso conjunto de poesía y música rebosante de una esperanza que los desalientos a veces debilitan, pero que nunca derrumban porque es la esperanza de la Virgen de la Caridad.

Madre, que en la tierra cubana,

riegas desde lo alto tu amor;

Madre del pobre y del que sufre,

Madre de alegría y dolor.

Madre, que en tus campos sembraste,

flores de paz y comprensión.

Dale unidad a tu pueblo,

siembra amorosa la unión.

Todos tus hijos a ti clamamos,

Virgen Mambisa, que seamos hermanos.

Madre, que el sudor de tus hijos,

te ofrezca su trabajo creador.

Madre, que el amor a mi tierra,

nazca del amor a mi Dios.

Madre, que en la verde manigua,

llamas al amor y al perdón.

Ven a encender en tus hijos,

fuego de reconciliación.

Todos tus hijos a ti clamamos,

Virgen Mambisa, que seamos hermanos.

Madre, corazón de tu pueblo,

pide por nosotros a Dios,

que se adelante la hora,

de nuestra liberación.

Madre, que en la fiera tormenta,

fuiste signo de amanecer.

Sé la esperanza de Cuba,

haz tu pueblo renacer.

Todos tus hijos a ti clamamos,

Virgen Mambisa, que seamos hermanos.

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