A propósito del 25 aniversario de la visita del Papa Juan Pablo II a Cuba

Por: Padre Manuel Uña (OP)

Papa Juan Pablo II en el Aula Magna de la Universidad de La Habana
Papa Juan Pablo II en el Aula Magna de la Universidad de La Habana
Desde su España querida, el padre Manuel Uña nos comparte un poco sobre la primera visita de un Papa a Cuba. A la Isla vino este buen dominico para quedarse por siempre. Y lo ha cumplido, pues hoy, aun en la distancia y apoyado en el bastón que le da seguridad, lo sentimos acompañándonos. Gracias, padre, por permanecer a nuestro lado de una manera tan especial.
“El hombre ha nacido para recordar” (Heinrich Böll). Y recordar no es otra cosa que volver a pasar por el corazón la vida, porque es el corazón quien ve lo esencial.
Desde muchos kilómetros de distancia estuve siguiendo el viaje de Mons. Beniamino Stella a Cuba, en el 25 aniversario de la visita de Su Santidad San Juan Pablo II. Un viaje esperado y que la Conferencia Episcopal cubana preparó con el mayor esmero, como si nos estuviesen diciendo: “Este es el momento, esta es la hora”. Y yo recuerdo cómo en la parroquia de San Juan de Letrán se ofrecieron 48 misioneros, para que como Juan el Bautista allanaran el camino. De dos en dos durante año y medio fueron visitando casa por casa, a todos los fieles de la parroquia.
Partían después de haberse acercado al Sagrario para pedir al Señor les diese su luz y su verdad. Compartían las respuestas a estas tres preguntas: ¿Quién es María? ¿Quién es Jesús? ¿Quién es el Papa?
El día 21 por la tarde, La Habana era una romería, todos deseaban ver al Papa, escuchar al Papa, darle la bienvenida. Cuba era un corazón latiendo al unísono.
Le vimos descender del avión y ansiosos estábamos de escuchar sus palabras, se las comparto: “No tengan miedo de abrir sus corazones a Cristo”. “Que el mundo se abra a Cuba y que Cuba se abra al mundo”. “La Iglesia en Cuba necesita disponer de los espacios necesarios, para seguir sirviendo a todos en conformidad con su misión”.
Muy grabado tengo en mi memoria lo que viví la tarde del 23 de enero en el Aula Magna de la Universidad de La Habana, en el encuentro del Papa con el mundo de la cultura. Al llegar, con gentileza el jefe de protocolo del gobierno cubano me condujo hasta un asiento en primera fila. Me senté pero no podía sentirme cómodo, por lo que pedí me pasaran a un lugar más discreto. La respuesta de aquel señor fue muy correcta y contundente: “Padre, usted está en el sitio que le corresponde por la historia”, y añadió: “¿No fueron los dominicos los fundadores de la Universidad de La Habana?”. En aquel momento me sentí agradecido y feliz de que se hiciese memoria de la labor de mi Orden en Cuba. No se habían olvidado de nuestra historia.
Fue también en esta ocasión, en la Universidad, donde el Papa dijo: “Recuerden la antorcha que aparece en el escudo de esta casa de estudios, no es solo memoria sino también proyecto”. A todos se nos invitaba a mirar lo nuevo que estaba naciendo, recordar el pasado sin quedar en el pasado. Como diría Neruda: “No es suficiente nacer, para renacer hemos nacido”.
Hacía unos pocos años, el 30 de marzo de 1995, Mons. Beniamino Stella había inaugurado el Aula Fr. Bartolomé de las Casas con una conferencia magistral: “En el adviento del Tercer Milenio”. Después de escuchar al Papa los dominicos nos preguntamos: ¿podemos abrir algún espacio nuevo? Al igual que con el Aula, con quien dimos los primeros pasos fue con Mons. Beniamino Stella, fue él quien nos escuchó, nos animó y se comprometió a ayudarnos.
Yo entonces tenía 25 años menos que hoy y recordar estas fechas y la visita de Mons. Stella a Cuba despierta en mí sentimientos encontrados de añoranza y gratitud. Mucho siento no haber estado presente, mi momento es otro y al recordar esto no deseo añorar el pasado, porque está sucediendo algo nuevo también en mí.
Nos queda el tiempo, no sé si será mucho o será poco, pero tenemos todo el tiempo para hacer memoria agradecida, en esta ocasión por la visita del Papa Juan Pablo II a Cuba. Que sus palabras sigan hoy siendo el despertador que necesitamos para abrir espacios, abrir puertas, abrir la mente y el corazón. Y que aquella lluvia sobre La Habana, el día de su despedida, continúe siendo preludio de bendiciones para Cuba y para el mundo entero.

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