Alocución, 20 de noviembre, Fiesta de Cristo Rey

Por: Arzobispo de La Habana, cardenal Juan de la Caridad García

(Canto)

Hoy, domingo 20 de noviembre, todas las Iglesias católicas celebran la Fiesta de Cristo Rey y escuchamos el Evangelio según San Lucas, capítulo 23, versículos 35 al 43.

(Evangelio)

Tal vez el ladrón que dijo: “Jesús acuérdate de mí cuando llegues a tu reino”, escucharía de alguna u otra manera que había un predicador de un reino. El capítulo 13 del Evangelio según San Mateo explica este reino mediante las parábolas del sembrador, la cizaña, el grano de mostaza, la levadura, la perla, el tesoro. Cuando Jesús habla del Reino de Dios está hablando de la fuerza que tiene la actuación de Dios entre los hombres. Les habla, les sigue hablando, les abre los oídos y cuando se escucha, las personas humanas podemos mejorar en todos los sentidos de la vida personal, familiar, eclesial y social.

El Reino de Dios, que no es un territorio sino la vida del amor, lo transforma todo. Pero el Reino de Dios se hace presente mediante el esfuerzo de los pequeños, aparentemente insignificantes: la Virgen, el carpintero San José, los pastores, los Apóstoles y otras muchas personas de las que nos hablan los Evangelios. Jesús pide a Dios Padre: “Venga a nosotros tu reino”. El Reino de Dios no está logrado plenamente y es lo que nos debe estimular para no descansar nunca, no resignarnos, ni detenernos, ni lamentarnos, sino continuar anunciando el Evangelio, enseñando el catecismo, practicando las obras de misericordia; entonces un día viviremos la sorpresa y el gozo que puede invadirnos cuando descubrimos que Dios es Padre y nunca abandona a sus hijos y nosotros podemos crecer en la Fe y en el amor.

Tal vez todo esto lo escuchó el buen ladrón por comentarios que llegaban a la cárcel desde la calle o tal vez por una buena persona que anunciaba a los reclusos las buenas noticias del Reino de Cristo. Y el buen ladrón miró el letrero de la cruz donde estaba Cristo: “Jesús nazareno, rey de los judíos”, escrito en hebreo, latín y griego. El buen ladrón se dijo: “Este es el rey que yo quiero. El rey que confía en mí a pesar de mi maldad, el rey que acoge a todos con cariño, el rey que sufre conmigo inocentemente”. También había oído el buen ladrón que el reino llegaría a plenitud en la casa del cielo, por eso gritó: “Acuérdate de mí cuando llegues a tu reino”, y Cristo le respondió: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”.

También nosotros podemos decir hoy a Cristo: “Acuérdate de mí ahora que estás en tu reino; acuérdate de mí para que ya desde ahora pueda vivir en tu reino; acuérdate de mí para que tu reino se haga presente en mi hogar, mi familia, mis vecinos, mis amistades… y como es un reino para todos, también en mis enemigos. Rezamos con la Iglesia Universal en la Anáfora de la Reconciliación Primera:

“Ayúdanos a preparar la venida de tu reino, hasta la hora en que nos presentemos ante ti santos entre los santos del cielo. Con Santa María la Virgen, San José y los Apóstoles y con nuestros hermanos difuntos te confiamos a tu misericordia. Entonces, en la creación nueva, liberada por fin de toda corrupción, te cantaremos la Acción de Gracias de Jesucristo, tu ungido que vive eternamente”.

Rezamos con San Anselmo:

“Hoy estarás conmigo en el paraíso. Creo, oh, Señor, creo firmemente que donde tú quieres y donde tú estás, allí está el paraíso y que estar en el paraíso es estar en comunión contigo. El ladrón, convertido en venerable confesor de la Fe y mártir glorioso, permaneció contigo por todo aquel día, por todo aquel hoy y después por toda la eternidad. ¡Qué hermoso es estar contigo y qué dichosos son los que permanecen contigo! Están verdaderamente en el paraíso, están verdaderamente en el reino, aquellos que están contigo en virtud de la Fe y el amor. Tu cruz, ¡oh Señor!, promete el paraíso y da el paraíso. Por eso adoro humildemente tu cruz, te adoro a ti en la cruz y a la cruz en ti. Adoro la cruz a causa de aquel que cuelga de la cruz; adoro a aquel que el ladrón adoraba y le suplico como él le suplicaba: “Señor, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino”. Reconoce en mí, Señor, esta plegaria como la reconociste en el ladrón; acoge esta plegaria de tu siervo como la acogiste de aquel siervo tuyo. Acuérdate de mí desde tu reino, como te acordaste de él desde la cruz… Amén”.

(Canto)

El Papa Francisco, en silla de ruedas, nos habla del reino de Bahréin:

“El espíritu es fuente de alegría. El agua dulce que el Señor quiere hacer correr en los desiertos de nuestra humanidad, amasada de tierra y de fragilidad, es la certeza de no estar nunca solos en el camino de la vida. En efecto, el espíritu es aquel que no nos deja solos, es el consolador. Nos alienta con su presencia discreta y benéfica, nos acompaña con amor, nos sostiene en las luchas y en las dificultades; anima nuestros sueños más hermosos y nuestros deseos más grandes, abriéndonos al asombro y a la belleza de la vida. Por eso la alegría del espíritu no es un estado ocasional o una emoción del momento, tampoco es una especie de alegría consumista e individualista, tan presente en algunas experiencias culturales de hoy. En cambio, la alegría en el espíritu es aquella que nace de la relación con Dios, de saber que, aun en las dificultades y en las noches oscuras que a veces atravesamos, no estamos solos, perdidos o derrotados, porque él está con nosotros y con él podemos afrontar y superar todo, incluso los abismos del dolor y de la muerte. Consérvenla. Más aún, multiplíquenla. ¿Y saben cuál es la mejor manera para hacer esto? Dándola. Sí, es así, la alegría cristiana es contagiosa, porque el Evangelio hace salir de sí mismo para comunicar la belleza del amor de Dios. Por lo tanto, es esencial que en las comunidades cristianas la alegría no decaiga y se comparta, que no nos limitemos a repetir gestos por rutina, sin entusiasmo, sin creatividad, de lo contrario perderemos la Fe y nos convertiremos en una comunidad aburrida, y eso es malo. Es importante que además de la liturgia, particularmente en la celebración de la misa, fuente y cumbre de la vida cristiana, hagamos circular la alegría del Evangelio, también a través de una acción pastoral dinámica, especialmente para los jóvenes, la familia y las vocaciones a la vida sacerdotal y religiosa. La alegría cristiana no se puede retener para uno mismo. Solo cuando la hacemos circular se multiplica”.

(Canto)
Cuenta la tradición que hubo un cuarto Rey Mago que llegó tarde a la cita con los otros tres por ayudar a un anciano. Se desplazó por sus propios medios a Belén, pero la Sagrada Familia había partido ya hacia Egipto, en donde intentó buscarlos infructuosamente, pues siempre se enredaba ayudando a algún necesitado. Habiendo vuelto de nuevo a su lugar de origen, los tres Reyes Magos le contaron todo sobre el niño Jesús y en su corazón se prometió encontrarlo. Cuando después de 30 años oyó lo que se comentaba del Profeta de Galilea quiso verlo. Desafortunadamente nunca llegaba en el momento oportuno, pues siempre tenía que atender las miserias que iba encontrando en el camino. Por fin, ya anciano, alcanzó a ver a Jesús subiendo al Gólgota, y le dijo: “Toda mi vida te he buscado sin poder encontrarte”. Jesús contestó: “No necesitabas buscarme porque tú siempre has estado a mi lado en mi reino de amor. Ahora ven conmigo a disfrutar la plenitud del Reino de los Cielos en la gloria de Dios padre.

(Canto)

Un día, un hombre sabio y piadoso clamó al cielo pidiendo se hiciera realidad el Reino de los Cielos en la tierra. El hombre aquel encabezaba un grupo de misioneros que oraban por la Paz del Mundo para lograr que las fronteras no existieran y que toda la gente viviera feliz. La pregunta que hacía era: ¿Cuál es la clave, Señor, para que el mundo viva en armonía? Entonces los cielos se abrieron y después de un magnífico estruendo la voz de Dios les dijo: “comodidad”. Todos los misioneros se miraban entre sí, sorprendidos y extrañados de escuchar tal término de la propia voz de Dios. El hombre sabio y piadoso preguntó de nuevo: “¿comodidad, Señor, que quieres decir con eso? Dios respondió: “la clave para un mundo lleno de amor es como di, dad. Es decir, como yo les di, dad vosotros a vuestro prójimo; como di, dad vosotros Fe; como di, dad vosotros esperanza; como di, dad vosotros caridad; como di, dad sin límites, sin pensar nada más que en dar. Dad vosotros al mundo y el mundo será un paraíso. Vivamos, pues, esta palabra clave: como-di-dad.

(Canto)

Rezamos con el obispo Víctor Manuel Fernández, arzobispo de la Plata, Argentina: “Ven, Espíritu Santo, espíritu de esperanza. Cuando parezca que todo está perdido, ven espíritu de esperanza; cuando crea que todos son egoístas e interesados, ven espíritu de esperanza; cuando sienta que no vale la pena empezar algo nuevo, ven espíritu de esperanza; cuando piense que ya no podré cambiar, ven espíritu de esperanza; cuando crea que ya nada de bello se puede esperar de la vida, ven espíritu de esperanza; cuando me parezca que la civilización del amor no es más que una utopía, ven espíritu de esperanza; cuando sienta que yo ya no puedo hacer nada por la paz familiar, ven espíritu de esperanza; cuando me canse de luchar, ven espíritu de esperanza”.

(Padrenuestro)

Dios te salve, María, llena eres de gracia. El Señor es contigo, bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte… Amén.

Inclinamos la cabeza para recibir la bendición. Al final de cada invocación rezamos: Amén.

El Dios de todo consuelo disponga los días de ustedes en su paz y les otorgue el don de su bendición… Amén.

Los libre de toda perturbación y afiance sus corazones en la construcción del reino del amor… Amén.

Para que enriquecidos por los dones de la Fe, la Esperanza y la Caridad abunden en esta vida en buenas obras y alcancen sus frutos en la vida eterna… Amén.

Y la bendición de Dios Todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre ustedes y permanezca para siempre… Amén.

(Canto)

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