Alocución, domingo 22 de mayo

Por: Arzobispo de La Habana, cardenal Juan de la Caridad García

Alocución 22052022

VI Domingo de Pascua de Resurrección

(CANTO)

Hoy, domingo sexto de Pascua de Resurrección y fiesta de Santa Rita, abogada de los imposibles, escuchamos en las iglesias católicas el evangelio de San Juan, capítulo 14, versículos 23 al 29.

(EVANGELIO)

Ya sabemos la maravilla que es amar y el amor corresponde a nuestra naturaleza ya que hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios, que es amor, desde el mismo seno materno, desde el primer día de nuestra concepción.

Después los primeros años de nuestras vidas estuvieron llenos de amor familiar.

Nuestra familia nos enseñó a amar con ejemplos, enseñanzas, correcciones y al amar hemos sentido un inmenso gozo y satisfacción y aunque en ocasiones amar ha implicado sacrificios, lágrimas y preocupaciones el amor ha salido victorioso y triunfador, y al vivir toda la enseñanza recibida del amor, hemos tenido una gran paz.

Paz en medio de la enfermedad de los que amamos.

Paz en el dolor de la muerte.

Paz en el perdón y pedir perdón.

Paz en el sudor y sacrificio por amar.

Paz cuando todo sale mal.

Paz aunque me declaren la guerra.

Paz cuando los proyectos e ilusiones no se dan.

Paz en todo momento porque es bueno confiar en el Señor.

Paz siempre porque Dios nos ama y nunca nos deja abandonados y sin Él no tiene sentido nuestra vida.

Si amamos, vivimos en paz, trabajamos en paz, comemos en paz, sufrimos en paz, morimos en paz.

(CANTO)

Si el mismo Hijo de Dios fue enviado a este mundo para ser servido, no para ser servir, entonces tu vocación especial y sobrenatural durante toda tu vida, ¿no consistirá también en ser útil para algo, en servir a tu semejante? Pero para poder producir, rendir, primero es necesario sembrar. Así que Dios te ha llamado a este mundo para sembrar amor donde no hay amor, para poder cosechar amor, comprensión, armonía, simpatía y entusiasmo, que levanten los ánimos caídos y sepan encausar su corta existencia hacia la sublime misión a la que fueron destinados. Sembrar tu sonrisa en medio de las tristezas y aburrimientos para disipar los nubarrones del pesimismo; sembrar amistad y alegría sana y sincera que alumbre el ambiente a tu derredor y levante los ánimos hacia un optimismo emprendedor; sembrar energía y fortaleza cristiana para combatir todas las adversidades y tentaciones y poder superarse en esa batalla constante que es el precio de ese cielito lindo por el cual luchamos; sembrar firmeza y esperanza en medio de la desesperación y el desaliento cuando ya todo parece estar perdido; infundir ánimo, sentir ganas de volver a empezar cien veces si fuera necesario. Si siembras recogerás.

(CANTO)

El Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien les enseñe todo y les vaya recordando todo lo que les he dicho. Esto lo hemos escuchado en el Evangelio de hoy. El Espíritu Santo es un manantial generoso, una fuente desbordante que siempre da, y por eso siempre nos invita a dar con generosidad. A veces no nos damos cuenta de la verdad de aquello que decía San Francisco de Asís: “Es dando como se recibe”. Si damos con generosidad, en lugar de despojarnos, nos enriquecemos; en lugar de vaciarnos, nos vamos llenando de una riqueza superior que no se ve con los ojos del cuerpo, lo dice con claridad la palabra de Dios: “Hay más felicidad en dar que en recibir”. Creamos en esa enseñanza de la Biblia. Esto sucede cuando aprendemos a dar con un corazón generoso y sincero, verdaderamente desprendidos de lo que damos. El corazón se llena de fuerza cuando uno da, no de mala gana ni forzado, porque Dios ama al que da con alegría. Es muy bello convertirse en un instrumento del Espíritu Santo, para que a través de nosotros él pueda dar y dar y dar. Dar sin esperar recompensa, dar sin exigir agradecimientos ni reconocimientos, dar por el solo gusto de dar, dar sin medida y sin tristeza, y para que esto sea cada vez más una realidad maravillosa en nuestra vida, le rogamos al Espíritu Santo con una antiquísima oración que la Iglesia reza siempre muy especialmente en estos días cercanos a la fiesta de Pentecostés.

(CANTO: VEN ESPIRITU DIVINO)

Ceder el asiento a una persona mayor en la guagua es una señal de cortesía, pero hacerlo con una sonrisa y ayudándola a sentarse, es mucho más, es un acto de amor.

Hay muchas maneras de demostrar el amor. Basta con estar atentos a lo que sucede a nuestro alrededor.

Un día, en una heladería muy conocida, había una larga cola de personas que esperaban para disfrutar de deliciosos helados. Una niña, que estaba sola y que sostenía con fuerza el dinero en una mano, se puso también en la fila.

Cuando llegó su turno, y antes de poder entregar el dinero, el encargado le dijo que leyera el cartel que había en la pared, el cual decía: “prohibido entrar descalzo”.

La niña miró sus pies, y comenzó a llorar porque no tenía zapatos.

Ya se iba retirando de la cola cuando una mano fuerte le tocó el hombro. Era un hombre grande. A la niña le pareció un gigante. Fue con ella hasta un banco, se sentó, se quitó sus zapatos… ¡que eran del 45! Y se los puso a la niña.

-Vaya a comprar su helado, que yo me quedo aquí esperándole.

La niña, arrastrando los pies, muy despacio, llegó hasta la caja, compró su helado y regresó feliz hasta el hombre.

Cuando le devolvió los zapatos, la niña pudo comprobar que aquel hombre de enormes pies, tenía también las manos muy grandes, pero que, sobre todo, ¡tenía un gran corazón!

Amar al prójimo es hacerle feliz, aunque sea con algo pequeñito.

Es tener los ojos abiertos para descubrir la tristeza que hay en otros ojos, y acercarnos a ellos, sonriendo.

Es tener los oídos atentos para escuchar los gritos, incluso de aquellos que no llegan a expresarse.

Amar al prójimo es tener la capacidad de mirar más allá de uno mismo.

En la semana anterior el Papa Francisco nos habló de la joven Judit que se mantuvo valiente a pesar de la vejez.

“Judit se queda viuda pronto y no tiene hijos, pero como anciana es capaz de vivir una época de plenitud y de serenidad, con la conciencia de haber vivido hasta el fondo la misión que el Señor le había encomendado. Para ella, es el tiempo de dejar la herencia buena de la sabiduría, de la ternura, de los dones para la familia y la comunidad. Una herencia de bien y no solamente de bienes. Cuando se piensa en la herencia, a veces pensamos en los bienes y no en el bien que se ha hecho en la vejez y que ha sido sembrado. Ese bien que es la mejor herencia que nosotros podemos dejar. Precisamente en su vejez, Judit ‘concedió la libertad a su sierva preferida’. Esto es signo de una mirada atenta y humana hacia quien ha estado cerca de ella. Esta sierva la había acompañado en el momento de esa aventura para vencer al dictador y degollarlo. Como ancianos, se pierde un poco la vista, pero la mirada interior se hace más penetrante: se ve con el corazón. Uno se vuelve capaz de ver cosas que antes se le escapaban. Los ancianos saben mirar y saben ver… Es así: el Señor no encomienda sus talentos solo a los jóvenes y a los fuertes; tiene para todos, a medida de cada uno, también para los ancianos. La vida de nuestras comunidades debe saber disfrutar de los talentos y de los carismas de tantos ancianos, que para el registro están ya jubilados, pero que son una riqueza que hay que valorar. Esto requiere, por parte de los propios ancianos, una atención creativa, una atención nueva, una disponibilidad generosa. Las habilidades precedentes de la vida activa pierden su parte de constricción y se vuelven recursos de donación: enseñar, aconsejar, construir, curar, escuchar… Preferiblemente a favor de los más desfavorecidos, que no pueden permitirse ningún aprendizaje y que están abandonados a su soledad.

Judit liberó a su sierva y colmó a todos de atenciones. De joven se había ganado la estima de la comunidad con su valentía. De anciana, la mereció por la ternura con la que enriqueció la libertad y los afectos. Judit no es una jubilada que vive melancólicamente su vacío: es una anciana apasionada que llena de dones el tiempo que Dios le dona. Yo os pido: tomad, uno de estos días, la Biblia y tomad el libro de Judit: es pequeño, se lee fácilmente, son diez páginas, no más. Leed esta historia de una mujer valiente que termina así, con ternura, con generosidad, una mujer a la altura. Y así yo quisiera que fueran nuestras abuelas. Todas así: valientes, sabias y que nos dejen la herencia no del dinero, sino la herencia de la sabiduría, sembrada en sus nietos”.

Damos gracias a Dios por todas las comunidades que ya han realizado sus Asambleas Parroquiales del Camino Sinodal: El Loreto, Santa Cruz del Norte, Santa Lucía, El Rosario, Sagrado Corazón de la Víbora, Santa Clara de Asís, Güines, Melena, Cristo Rey, Santa Catalina, Santa Cruz de Jerusalén, Señor del Santo Calvario, la capilla de Ciudad Jardín, la parroquia de Santa Rita, Santa María del Rosario, Santa Úrsula y también damos gracias por quienes están realizando hoy  estas asambleas: Cristo Nazareno, San Francisco Javier, San Juan Bautista.

(CANTO)

Santa Rita de Casia, esposa paciente, que llevó a su esposo hacia la Fe; madre sufriente, que salvó a sus hijos de la venganza; viuda orante, que logró milagros de Dios; monja crucificada con Cristo y ahora al lado del Resucitado, pide a Dios Padre lo mejor para mí, mi familia, mi Iglesia, mi pueblo… Amén.

(EVANGELIO)

Y después de vivir en el amor, la paz y la vivencia de lo que el Espíritu Santo nos dice, nos espera la Casa del Cielo, donde estaremos plenamente felices cantándole a Dios eternamente con los santos y con nuestros difuntos. El Libro del Apocalipsis nos da una imagen de lo que será la maravilla del cielo. El Libro del Apocalipsis nos dice que hay doce puertas para entrar en la Casa del Cielo, entremos todos por ellas viviendo lo que el mismo Señor nos pide en su Evangelio, en el Catecismo, en esa moción interior que tenemos hacia el amor.

Padre Nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo, danos hoy nuestro pan de cada día, perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden, no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal… Amén.

Y la bendición de Dios Todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nosotros, sobre nuestras familias y sobre todas las personas que sufren la muerte de sus familiares queridos, y esta bendición, pues, nos encamine a la Casa del Cielo… Amén.

(CANTO) 

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