Cosas de cura

Por: ONITOAN

“¿Sabía usted que un cura de Consolación del Sur, en la diócesis de Pinar del Río, el padre Reigadas, nació y murió en la misma casa, cuarto y cama del pueblo en que fue párroco por cincuenta años? Aunque la conjunción de todos estos elementos circunstanciales resulte increíble, así fue.

Mons. José María Reigadas Antiguas nació en 1872. Con un grupo de cinco diáconos más zarpó en 1897 del puerto de Batabanó con dirección al puerto de Casilda, en la entonces provincia de Las Villas. A estos diáconos ya les correspondía la ordenación sacerdotal, y fueron en busca del obispo de La Habana, Manuel Santander y Frutos, que a la sazón, se encontraba de visita pastoral en Trinidad. Habían terminado sus estudios en el Seminario San Carlos y San Ambrosio y ya les correspondía la ordenación sacerdotal. En la iglesia de Trinidad, para muchos la más grande de Cuba, recibieron el ansiado sacerdocio de Cristo.

El obispo Santander yo lo califico como el obispo más integrista que tuvo Cuba en los cuatro siglos de Colonia. Aborrecía a los mambises y era un rotundo opositor a la independencia de la Isla. Sin embargo, esto no disminuyó su celo apostólico en territorio cubano. La prueba está en que durante los tres años de guerra, y en medio de un territorio en confrontación, no dejó de hacer sus visitas pastorales, propias del deber episcopal. Esto explica por qué los diáconos tuvieron que trasladarse a Trinidad. Cuando llegó la hora de la independencia patria, aunque Santander no quería, el Papa le dio la dimisión como obispo de La Habana. Murió en Valladolid, España, en 1906.

¿Qué decir de un cura que fue párroco de su mismo pueblo durante cincuenta años? Se sentía muy feliz, y también los consolareños vivían ese orgullo. Algunos de los que alcancé a conocer, todavía en la década de los setenta del pasado siglo, transpiraban por sus poros el amor a su tierra y todo lo que guardara relación con ella, como su arraigado catolicismo. No sé si ahora será así. En medio de la dureza de aquellos años setenta, asediada por las presiones estatales, la comunidad católica de Consolación del Sur llenaba el templo parroquial los domingos. Todo funcionaba muy bien por el compromiso parroquial de los fieles, mostrándose en la responsabilidad de su pertenencia.

En 1925, el obispo de Pinar del Río, Mons. Manuel Ruiz, fue trasladado para ser el primer arzobispo de La Habana. Mons. Reigadas quedó al frente de la diócesis a la que Mons. Ruiz visitaba dos veces al mes, pues era el administrador apostólico. El cura párroco de Consolación iba diariamente en su automóvil al obispado para cumplir con sus obligaciones diocesanas. A juzgar por una fotografía de la época, había un asiento delantero para el chofer y uno trasero para dos viajantes.

El nuncio apostólico, Mons. Jorge Caruana, le ofreció ser obispo de Pinar del Río, a lo que el padre Reigadas respondió: “Bueno, si me ponen el obispado en Consolación…”. Esta expresión dice todo lo que era la psicología de un consolareño de aquellos años anteriores a 1959: el amor al suelo natal, pues no concebía su vida fuera de él.

El padre Reigadas murió en 1949 y fue enterrado en el cementerio de su pueblo. Allí, a la entrada de la necrópolis se encuentra su tumba, sucia y abandonada, pues ni siquiera los actuales católicos consolareños saben de él. El único que siempre quedará es Dios, y gracias a Dios que es así, porque los hombres pasamos, solo Él permanece.

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