Devolver la identidad nativa de una Habana botánica sin otra herramienta que la voluntad de servicio parece una misión de ilusos o de necios en medio de tantas privaciones. ¿Ante quiénes estamos?
En apenas cuatro años, con las uñas renegridas por la tierra y una caterva de taxonomías en la mente, un excineasta y un execonomista se han visto arrastrados a un proyecto que jamás les pasó por la cabeza: Restituir a La Habana su flora nativa o precolombina. Y de paso, hacer activismo medioambiental.
«Estamos rescatando algunos frutales que son especies nativas. El caimitillo, por ejemplo, porque lo que se conoce como frutas cubanas ninguna lo es: ni la piña ni el mango ni la guayaba ni el plátano, ¡ni la chirimoya!», dice Juan Carlos Sáenz de Calahorra (1977).
Su parrafada mata de un tirón viejos clichés nacionalistas, defendidos, incluso, en coloridos lienzos de maestros cubanos de la pintura; Amelia Peláez y Arturo Montoto, entre muchos de generaciones distantes.
Director de cortos de ficción y documentales como El Evangelio según Ramiro (2012) y Autorretrato con árbol (2009), respectivamente, este realizador se vio obligado a congelar su profesión, por la que había estudiado académicamente, después de que las autoridades clausuraran en 2020 la Muestra Joven ICAIC, evento del que era uno de sus directivos.
Perspectivas de un vivero
«Esto es la sombra de lo que será», vaticina en clave optimista. «Un gran semillero de plantas cubanas que sería el epicentro del proyecto que existe ya y que estuvo por años en la sala y el balcón de mi casa».
El vivero, por el momento, se extiende a lo largo de uno de los laterales terrosos del patio cementado de un antiguo local para la enseñanza preescolar en Nuevo Vedado. Poco a poco, el local ha ido transformándose en un santuario para especies endémicas y en peligro.
Con justicia, es el resultado de los mil esfuerzos y exploraciones callejeras de Sáenz de Calahorra junto con su compañero de aventuras naturalistas, José Enrique Mateo León (1986), un execonomista que fue integrante del Consejo Técnico Asesor del Ministerio de Finanzas y Precios.







Especies
Las cañabravas, que son el esqueleto de los umbráculos, llegaron al lugar luego de una odisea para conseguir el transporte, y se levantó el vivero.
Bajo la futura sombra de mallas negras, se asienta el vivero madre que cobija un centenar de especies en posturas.
«Esta es una guana (Hildegardia cubesis), endémica. Es un monumento esta planta, por su esbeltez, es como una ceiba un poco más estrecha, caducifolia, de tronco verde; no la he visto en la ciudad», muestra orgulloso Saénz de Calahorra.
Igualmente, entre sus propósitos está cultivar especies que dispensen, a su vez, servicios ambientales, como el manajú (Garcinia aristata), un árbol medicinal, y la cúrbana o palo malambo (Canella winterana), muy codiciado por los practicantes del Palo Monte o Palo Mayombe (paleros), de las religiones afrocubanas.
En su incipiente colección de retoños, enseña el arabo real, el ponasí, el saúco amarillo, la varía; una flora auténticamente capitalina que asoma en algunos relictos de la ciudad.
Identidad comunitaria: ¿Una heráldica verde?
Uno de tales relictos se localiza en la esquina de la concurrida Fábrica de Arte, en el barrio de El Vedado, donde este dúo de «arqueólogos» ha contado hasta trece especies nativas, «desde árboles hasta helechos y trepadoras».
«Esa manigua costera también la encontramos en la zona de La Cabaña, donde hay especies que son típicas de lo que fue La Habana más cercana al mar, y otras invasoras que están mezcladas», apunta, por su parte, Mateo León, quien recomienda a las comunidades preservar esos espacios como memoria de su flora nativa y como una suerte de heráldica verde que sirva de emblema comunitario.
«Queremos que haya un sentido de pertenencia a la localidad. No es que estemos en contra de lo exótico, pero queremos rescatar los valores representativos de la comunidad, de la ciudad, de la nación, a partir de su flora», dice el experto en economía que ríe con soltura cuando Palabra Nueva lo tilda de «militante del localismo botánico».
«Puedes verlo como una marca país», responde a la provocación.
Nativa busca la autenticidad de la flora y combate la serialización de especies importadas desde Europa, Asia, África, Australia, Oceanía y toda América, como parte de la globalización incorporada a la deriva colonial a partir del siglo xv.
«El Vedado se llenó de Ficus religiosa, todavía está y crece en las azoteas; se llenó de Ficus benjamina, que se puede ver en todo el Paseo de Prado y en todo el Parque Central. El resultado es que todos los lugares son iguales. No solo parece que no tenemos una flora propia, sino que es la misma en todas partes», acota el excineasta.
Nativa, origen y propósitos
Nativa. Red de Microviveros toma cuerpo en la postpandemia. «Mi mejor amigo es un gran botánico, así que ya yo tenía una cierta sensibilidad, aunque nunca fui un amante furibundo de las plantas, ni en mi casa hubo muchas plantas ornamentales», recuerda Sáenz de Calahorra.
Como profesional de la edición de textos, Juan Carlos ofreció sus conocimientos en la edición de la página web de Iniciativa Planta!, y ese conocimiento en ciernes lo aportó cuando llegó al proyecto Habana Verde, después de ofrecerse vía WhatsApp para editar una carta que se elevó a las autoridades del país.
Un buen día, decidió tomar la iniciativa y constituir un proyecto con un perfil diferente al de Habana Verde: sembrar y desarrollar posturas únicamente nativas encaminadas a la reforestación, y practicar activismo ciudadano mediante talleres y charlas en escuelas y otros sitios, así como en las redes sociales, donde más activa ha sido la promoción.
Todo era bien precario entonces. «Empecé a sembrar en bolsas. El Jardín Botánico nos donó bolsas de polietileno y luego yo recogía por la calle bolsas de pañales y de otras cosas que sirvieran de receptáculo y mi casa se convirtió en un vivero», recuerda.
Sobre la base del voluntariado, el excineasta fue tejiendo, mediante amigos y conocidos, una red de familias dispuestas a hospedar en sus patios las posturas y brindarles atenciones culturales hasta la hora de ser plantadas en instituciones docentes y sociales, parroquias y espacios públicos.
Dos primos, una causa
Cuando Nativa se encontraba en el período de gestión y despegue, alguien contactó con Calahorra para interesarse por el proyecto, del cual había tenido noticias mediante las redes sociales. Es aquí cuando Mateo León descubre que ambos son primos y que, familiarmente, comparten una historia común. No tardó, una vez restablecido de una crisis de la enfermedad que lo mantenía limitado, en sumarse a la causa.
«Siempre me han gustado las plantas, la biología y la geografía. Mi padre fue geógrafo de profesión y me llevaba con él a las expediciones», dice por su parte Mateo León, a quien no le gusta perder el tiempo y se autoexige «aterrizar» los proyectos en los que se involucra.
Mateo León se empleó a fondo con las autoridades municipales de Plaza y también con las instancias provinciales para lograr convertir a Nativa en un Proyecto de Desarrollo Local (PDL) y dotarla de personalidad jurídica. Ese estatus permitió, luego, alcanzar la sede que ahora les sirve de cuartel general y de vivero para sus plántulas, mediante un convenio con el Ministerio de Educación.
«La idea es convertir este lugar en un centro de referencia para la promoción de la flora de Cuba, y conservar el patrimonio natural de La Habana sobre todo», explica con entusiasmo.
A la par, el dúo de «rescatistas ambientales» mejoró sus posibilidades con la cuenta corriente en el banco que otorga la condición de PDL, «porque hasta ese momento el proyecto se mantenía de donaciones que hacía la gente altruistamente y de nuestros bolsillos».
Después, el editor y diseñador Alejandro Cuervo «nos regaló la identidad visual, y sacamos una página en Facebook y el proyecto se fue afianzando», en un país que lo merece todo en materia botánica.
Una especie llamada rascabarriga y el obispo Espada
Hasta el presente, en su labor de «polinización» Nativa ha diseminado por la ciudad posturas de casi un centenar de especies y ha emplazado más de doscientos ejemplares de especies arbóreas en sitios públicos semiprotegidos, porque, lamenta Mateo León, en los parques y el espacio público las posturas casi nunca sobreviven, «por la falta de valores y vandalismo y por la debilidad de las autoridades en ese sentido».
Otro de los nichos escogidos por Nativa son las parroquias. Tanto Sáenz de Calahorra como Mateo León son católicos, y fue precisamente el segundo quien contactó con el padre y fotógrafo Valentín Sanz para sembrar posturas en el centro sicopedagógico La Edad de Oro, que ofrece asilo a personas con discapacidad mental.
Una de las especies que nunca faltan en tales menesteres es el rascabarriga (Espadaea amoena), que ha sido sembrada en varias parroquias y asilos administrados por la Iglesia. También en el jardín del Arzobispado de La Habana, postura que fue bendecida por el obispo auxiliar, Eloy Ricardo Domínguez, mientras monseñor Antonio Rodríguez lo hizo en el hogar San José.
«Intentamos que en cada parroquia donde haya tierra y espacio esté presente un rascabarriga, especie nombrada en honor al obispo Espada, quien fue el precursor del primer jardín botánico de la ciudad», dice Mateo León.
Ecumenismo ambiental
Por el arraigo al catolicismo que las tradiciones inculcaron en los titulares de Nativa, este proyecto identifica su labor dentro de la Doctrina Social de la Iglesia y del influjo iluminista motivado por las preocupaciones franciscanas contenidas en la encíclica Laudato Si’ y en la exhortación apostólica Laudate Deum, con el objetivo de rescatar, dentro de la Iglesia, la memoria colectiva vinculada a la relación flora-religión.
En la historia de la Iglesia católica cubana sobresale el papel del teólogo Juan José Díaz de Espada (1756-1832), gran reformador e impulsor de la modernización en áreas como la sanidad y el urbanismo, y responsable de la renovación de los estudios filosóficos vinculados con la botánica. En ese mismo panorama, que entrelaza la ciencia y la Iglesia, se inscribe la labor de los hermanos León y Alain, de la Orden de La Salle, grandes botánicos y autores de un libro capital para estos estudios, Flora de Cuba.
«Aquí no hablamos de ideología. Sembramos lo mismo en Los Pocitos, un barrio de fuerte presencia de religiones afrocubanas, que en el Arzobispado. La flora es de todos, como el sol», proclama Mateo León para defender el ecumenismo del emprendimiento en una ciudad donde el ruido de las motosierras suele, más allá de lo necesario, mutilar el canto de los pájaros.


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