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El documento final del Sínodo sobre la sinodalidad comienza su exposición por la dimensión sinodal de la Iglesia. Solo en la medida en que esta se comprende como una nota esencial, podremos caminar hacia la conversión necesaria en todos los ámbitos eclesiales.
La sinodalidad puede comprenderse de tres maneras.
En primer lugar, la sinodalidad es el «estilo peculiar que califica la vida de la Iglesia» (Documento final 30 a). Este estilo expresa la naturaleza de la Iglesia como comunión, donde todos son convocados por Jesús. En la Iglesia todos caminan juntos. En la escucha comunitaria de la Palabra de Dios y en la celebración de la Eucaristía es patente esta comunión que, además, conlleva la participación y la corresponsabilidad de todos los bautizados en la vida y misión de la Iglesia.
En un segundo sentido, la sinodalidad se refiere a las «estructuras y procesos eclesiales en los que la naturaleza sinodal de la Iglesia se expresa a nivel institucional» (Documento final 30 b). Se trata aquí de todas las instituciones puntuales o permanentes en las que el estilo peculiar de la Iglesia se hace más patente y dinamiza la vida de la Iglesia.
Estas estructuras y procesos son y deben ser una llamada al discernimiento de la voz del Espíritu Santo que trabaja en todos para que la Iglesia crezca como cuerpo de Cristo. En este sentido, hay una llamada del Sínodo en su documento final a revisar varias expresiones de la vida eclesial, incluida la liturgia, de manera que exprese de modo más claro la naturaleza sinodal de la Iglesia: «Con este fin, solicitamos la creación de un grupo de estudio específico, al que confiamos también la reflexión sobre cómo hacer que las celebraciones litúrgicas sean más expresivas de la sinodalidad; también podría ocuparse de la predicación dentro de las celebraciones litúrgicas y del desarrollo de una catequesis sobre la sinodalidad en clave mistagógica (Documento final 27)».
Por último, sinodalidad significa también acontecimientos sinodales en un sentido estrecho, es decir, en todos los eventos que son convocados «para el discernimiento de su camino y de las cuestiones particulares, y para la toma de decisiones y orientaciones en orden al cumplimiento de su misión evangelizadora (Documento final 30 c)». Aquí entran los sínodos de los obispos, pero también las asambleas parroquiales, los sínodos diocesanos y nacionales. Una de las llamadas del documento final es, precisamente, que se creen los mecanismos jurídicos para que estos eventos no sean opcionales o que dependan del arbitrio de los obispos o párrocos, sino que haya obligación de celebrarlos con regularidad (Documento final 103-108).
La conjunción de los diversos sentidos de la sinodalidad, la vivencia de la comunión con Dios y con los hermanos, debe ser la expresión del misterio de la Iglesia en tanto Sacramento de Cristo. Esto se hace en la unidad que no impone la uniformidad, que sabe respetar los diversos dones y carismas. El Documento final muestra la experiencia de los padres y madres sinodales que aprendieron los unos de los otros, que pudieron escuchar las vivencias de otras culturas, pueblos, lenguas, y valoraron la diferencia de las Iglesias locales.
La conciencia de que las diferencias constituyen la unidad armónica del Cuerpo de Cristo impulsa a la Iglesia en su misión, inclusive en las dimensiones ecuménicas y de diálogo interreligioso. «La pluralidad de religiones y culturas, la variedad de tradiciones espirituales y teológicas, la variedad de dones y tareas del Espíritu en la comunidad, así como la diversidad de edad, sexo y pertenencia social dentro de la Iglesia, son una invitación a que cada uno reconozca y asuma su propia parcialidad, renuncie a la pretensión de ser el centro y se abra a acoger otras perspectivas. […]
»La Iglesia sinodal puede describirse recurriendo a la imagen de la orquesta: la variedad de instrumentos es necesaria para dar vida a la belleza y a la armonía de la música, dentro de la cual la voz de cada uno mantiene sus propios rasgos distintivos al servicio de la misión común. Así se manifiesta la armonía que obra en la Iglesia el Espíritu, que es armonía en persona» (Documento final 42).




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