Los libros y el vértigo

Por: Xavier Carbonell

Los libros y el vértigo
Los libros y el vértigo

Por más que busco, no encuentro el brevísimo relato de Monterroso —más que relato, un pequeño y angustioso párrafo— sobre el mundillo literario. Se entra inocentemente, quizás, con nuestro libro bajo el brazo y la esperanza de encontrar quien nos lea. Y da uno con el laberinto de editores, impresores, diseñadores, agentes, promotores, directores del centro del libro, ministros de cultura, y así hasta el presidente de la república, que son potenciales lectores —o censores— de nuestro texto.

Si todo esto no produce vértigo es que aún estamos ciegos. Hace falta el choque, el no, el silencio y la angustia de esperar en vano. Nada más solitario que la escritura. Tenemos la idea del autor en el búnker, en la torre, el imperturbable que puede pasar horas tecleando; o el aventurero que escribe bien y transforma la vida en literatura.

Pero al fin y al cabo, si este manuscrito nuestro no llega a una editorial que lo imprima y —lo que quizás es más importante— lo distribuya y promocione, nuestro libro solo será leído por amigos y parientes. Una curiosidad en nuestra biografía, una afición o pasatiempo.

En Cuba este proceso es muy distinto al resto del mundo, y aún más de España —donde hemos ido a parar mis libros y yo—. Dentro de la isla, sencillamente, toda la estructura acaba cuando el libro se imprime. El mercado no funciona. No tengo la menor idea de cómo se reinvierten los diez o veinte pesos que se pagan por un ejemplar de Ciencias Sociales o Letras Cubanas. Tampoco sé cómo vivirían, sin subvenciones, las ediciones territoriales.

Durante la Feria del Libro de La Habana se otorga un premio del lector —los bestseller criollos, supuestamente—, pero no se revelan los detalles de esas estadísticas. ¿Cuántos libros se vendieron? ¿Cuánto más le pagarán al autor? ¿Van a reeditarlo una, dos veces más?

Recuerdo —y me perdonan recurrir a la autobiografía— que la primera vez que me pagaron derechos de autor en Cuba, la cifra (before reordenamiento) fue de tres mil pesos. Eso apenas me alcanzó para vacacionar, no una semana, ni media, sino una noche en un hotel de mi propia ciudad. Fue un premio literario, ni siquiera una edición ordinaria. Ahora creo que pagan diez mil, que vale tan poco para la vida real como aquella exigua cifra que recompensó nada menos que un año de trabajo.

¿Puede un joven novelista invertir meses en un texto si van a ofrecerle, venda o no venda, esa cantidad de dinero? Con frecuencia se siente uno como un mercenario de la literatura: necesita el pago y necesita escribir, pero va hundiéndose en la frustración de lo cotidiano, en las carencias habituales, y acaba decidiendo que si no es para enviar a un concurso español o americano, ¿qué sentido tiene la escritura?

Es una pregunta que, evidentemente, remite a todo aspecto de la vida cubana: ¿qué sentido tiene gastar mi esfuerzo aquí? Lamentablemente, la respuesta suele limitarse al martirio o al exilio. Quedarse en Cuba, donde cada publicación es cribada una y otra vez por la Seguridad del Estado —los mejores lectores del país, críticos literarios en las tinieblas—, tiene siempre el sabor de una falta de respeto, de un insulto al trabajo y al esfuerzo.

Si no, visiten ustedes cualquier librería cubana. Los ejemplares —sobre todo de poesía y testimonios de viejos militares— se amontonan como la hojarasca. Rara vez se vende a Lezama, a Carpentier, a Dulce María, a Guillén, ilustres muertos con cuyos derechos cuenta Cuba; por no hablar de Padura o Pedro Juan Gutiérrez, célebres en el mundo y desaparecidos allá.

Marcharse al extranjero, con frecuencia, es renunciar al sueño de la escritura para trabajar en lo que haga falta. Porque ya hay otras cosas en juego: la supervivencia propia y la familiar, la lucha en un país o un idioma que no son nuestros, la necesidad de avanzar a través del propio trabajo, cuestiones que en Cuba parecían lejanas.

Y si, a pesar de eso, uno persiste en dedicarse a la escritura —por vocación, por voluntad—, tiene que entrar a un universo muy distinto. Donde sí importa cuánto venda y cuánto guste el texto; donde el mercado existe y nadie acomoda al autor; donde la basura autoeditada de Amazon es cada vez más viral; donde hay que batallar contra nada menos que 80 000 competidores —esa fue, creo, la cifra aproximada de títulos publicados en 2021 en España— y con la maquinaria publicitaria de Alfaguara, Tusquets, Seix Barral, Planeta, etcétera.

Pero eso es la libertad. Saber que, a pesar de esos 80 000 —me los imagino como un formidable ejército libresco—, el autor vale por lo que escribe y es capaz de hacer. Da miedo y vértigo, es cierto, pero la vida real es así. Y digo más: entre la anestesia de un ambiente donde unos premian y dan palmadas en los hombros por amiguismo, por negocio, por mediocridad, prefiero el campo de batalla donde me esperan miles de libros, listos para despedazar al mío, pero al menos habrá honor y daré pelea.

Sin embargo, en el fondo, lo que hubiéramos querido antes de perder la inocencia editorial —en una orilla o en la otra— es más simple: una biblioteca sencilla y acogedora, un habano que arde con lentitud, un teclado y una página para contar historias.

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