Entrevista
A Sender Escobar lo conozco gracias al proyecto La Jeringa. Nacido en Las Tunas, decidió emigrar hacia Galicia, en España, después de residir en La Habana. Como muchos otros amigos, Sender se abrió camino lejos de Cuba. Nuestra amistad se ha mantenido, para suerte mía, por mediación de las redes sociales, y lo he visto desarrollarse no solo como escritor, sino también como creador de contenido para redes sociales.
Lo he visto hacer crecer su vida en Ourense, lejos de una Cuba que ya no sé si él pueda reconocer. Me interesa conocerlo más a fondo, hacerle preguntas que nunca pude hacerle en los pocos eventos donde coincidimos. Para ello, preparé esta entrevista.
Escribir, quiero pensar, es un ejercicio de pertenencia. Uno escribe desde el lugar que nace y que mejor habita, desde el lugar en que mejor se siente. ¿Cómo asimiló Sender Escobar el hecho de convertirse en un escritor cubano que escribe sobre Cuba pero que, como muchos cubanos, ha tenido que abrirse camino lejos de ella? Me interesa mucho este factor que ha permeado tanto la historia de la literatura cubana, el desarraigo, la no-pertenencia, el vivir lejos de Cuba. ¿Cómo lo has vivido tú?
Tal vez ese aspecto: «que mejor habita, desde el lugar en que mejor se siente», sea muy relativo. Cervantes escribió el Quijote durante su presidio en Argamasilla de Alba, en Ciudad Real. Julius Fučík, su fascinante Reportaje al pie de la horca, durante su estancia como recluso del nazismo en Berlín, mientras el nudo corredizo encargado de darle muerte se iba conformando. Intenta imaginar cómo Isabel Allende concibió su Paula, no creo que precisamente la comodidad física o espiritual sea un factor que determine sacarse de adentro personajes, dolores y verdades, por muy ficticias que sean. Tú mismo escribes bajo las condicionantes de la necesidad y la escasez, que afectan muchísimo, aunque a primera instancia no supongan obstáculo para la creación literaria o digital, como vienes haciendo hace tiempo con bastante calidad y repercusión.
Pienso lo mismo con la cuestión de nacimiento, tampoco es un factor determinante. Italo Calvino nació en Cuba, Julio Cortázar en Bélgica, Carlos Fuentes en Panamá, Carlos Montenegro en España, Chavela Vargas en Costa Rica y su frase: «Los mexicanos nacemos donde nos da la chingada gana» puede circunscribirse al ámbito cubano. Desde mi perspectiva, nacer en Cuba lo catalogo como un privilegio fatal, un particular oxímoron si quiere verse.
¿Por qué privilegio?
Por la inmensa influencia cultural, científica y política que los nacidos en este archipiélago han proyectado al mundo. Es un orgullo compartir gentilicio con figuras universales como José Martí, Celia Cruz o José Raúl Capablanca, o con los ocho cubanos inmortalizados en el Salón de la Fama de Cooperstown.
¿Por qué fatal entonces?
Porque un régimen totalitario ha hecho que más de un millón que compartimos gentilicio con esos y otros grandes, hayamos tenido que salir de la isla para tener y disfrutar un aspecto que me gusta llamar el milagro de la naturalidad.
Resulta inconcebible que los servicios básicos sean considerados privilegios. Cuando emigras, salir de un contexto donde pasar trabajo era la norma (incluso para asistir a una función de teatro o comprarte un libro, por no hablar de comprar comida o lavar) te permite ser más objetivo y practicar ese aguante que tan bien describió Residente en su canción.
Sobre ese privilegio fatal, a veces me pregunto si he tenido mucha suerte o la configuración elástica de mi carácter ayudó a que asimilara los golpes fuertes, al estilo de Vallejo, como un colchón de pertiguista. Pude salir de Cuba gracias a un curso de escritura, y la literatura, ya fuese leer o escribir, sabía que no iba a hacerla a un lado, aunque tuviera que inevitablemente postergarla. Una vez en España y viéndome centrado en otros aspectos que escapan a lo básico, encontré una calma negada que es ese proceso de asimilación y fue abono para escribir, no sobre Cuba en primera instancia, pero sí determinó en que una vez fuera de la isla, podría darle continuidad a mi ambición de construir ficciones.
Para mí, emigrar no significó un trauma, todo lo contrario, lo he vivido con la inagotable maravilla de los descubrimientos, creo que haber absorbido de la lectura la capacidad de discernir, me hizo vivir un poco más armónico este proceso, que lógicamente no ha estado exento de privaciones monetarias, límites y capacidades de inserción laboral, sobre todo cuando estuve dos años en un limbo de procesos legales, pero más allá de esas olas breves, el salitre de la frustración no pudo corroer el muelle donde atracaron y siguen atracando mis ilusiones.
Acerca de la pertenencia, hace tiempo la palabra patria, para reducirla a una magnitud geográfica, dejó de carecer de significado para mí. Cuando emigras, es cuando entiendes esa sentencia martiana: «Patria es humanidad». Sin embargo, relaciono patria con otros afectos y pertenencias.
Mi admiradísimo Adolfo Aristarain, en su película Lugares comunes, durante una escena de la actriz Mercedes Sampietro, que interpreta a una española que vive en Argentina, lo deja muy claro al referirse a ese espacio: «Mi patria es mi marido». Esto me hace volver al inicio de tu pregunta y es justamente eso: el lugar donde mejor te sientes está ligado a donde estacionas tus afectos, calma y consuelos. Ahora mismo, la habitación donde escribo y respondo este cuestionario, convertida en estudio remodelado para videos de YouTube, es una especie de patria creativa.
¿En qué momento de su vida Sender Escobar decidió dejar de lado su nombre real (Alejandro) para escribir y publicar bajo el seudónimo de Sender Escobar? ¿Cuándo sintió por primera vez esa vocación, ese impulso vital, hacia la escritura?
Sobre ello existe un aspecto muy curioso, nunca dejé de ser Alejandro. Hace unos años me dio por investigar la etimología de mi nombre y encontré varias equivalencias de Alejandro en otros idiomas, entre ellas Sender, en yiddish, lo que hablan los judíos asquenazíes. Hasta donde conozco, no tengo relación alguna con los judíos, a no ser algún antepasado muy lejano de aquellos expulsados de España en 1492, pero eso es solo una especulación que se me ocurre mientras estoy contestándote.
El caso es que Sender me resultó llamativo, diferente. Cualquiera puede hacer una búsqueda rápida y encontrará decenas de artistas o escritores llamados Alejandro o Alejandra, algunos de ellos, personalmente, admiro y para marcar una diferencia entre lo habitual (que no común) empecé a firmar como Sender Escobar.
Tiempo después conocí acerca de Ramón J. Sender, un escritor español exiliado durante el franquismo, de gran relevancia en la literatura española y esa coincidencia, lejos de significar algún tipo de impedimento respecto a posibles confusiones, me confirmó lo bien atinado que estuve al usar una equivalencia de mi nombre.
Soy un lector voraz desde niño. Oros Viejos, de Herminio Almendros, a los ocho años fue mi primer libro, y desde entonces hojear páginas y vivir esa vida de los otros, es una necesidad perenne. Si bien, siendo niño y adolescente alguna que otra vez escribí un poema tonto o un cuento inacabado, cuando decidí en serio dedicarme a escribir —ya vivir de ello es otra cuestión— fue un sábado de noche en 2016. Estaba en tercer año de Ingeniería Industrial y escribí un cuento. Lógicamente, carecía de muchísimos aspectos, técnicas, capacidad de criterio, un gran «detector de mierda» que hoy día aplico o aplica cualquiera en sus creaciones, pero ese fue el inicio de algo que se volvió como una forma de completarme y darle sentido a mi realidad tanto espiritual como física. A las ganas de escribir, literatura mediante, debo agradecer la posibilidad de colocarme fuera de la isla y de esta forma iniciar un proceso gradual de plenitud con otros aspectos de la vida, como viajar y a su vez tener la capacidad de reflejarlo a modo de confesión pública en redes sociales o en mi blog Biografía de la Pausa.
Aparte de Oros Viejos, de Herminio Almendros, ¿qué otro libro marcó la vida de Sender Escobar en esos comienzos? ¿Existe algún libro en específico que despertó esa necesidad de ser escritor?
Sí, pero no se encuentra circunscrito a mis inicios como lector sino a un descubrimiento personal, el libro es: El hombre que amaba a los perros, de Leonardo Padura. Había acabado de salir del servicio militar obligatorio. Tenía dieciocho años, con un trastorno del sueño y dolores intensos en la espalda baja que tomaron más de un año en sanar. Entonces, enfrentarme a esa lectura, sumado al estudio de cálculo en mi primer año de ingeniería, me hizo comenzar a cuestionarme por completo la realidad donde habitaba. El proceso de descubrir la farsa de país donde vivía, cómo el dogmatismo se disfrazaba de voluntad popular y cómo en torno a la isla una fábrica de mentiras había construido nuestro caribeño telón de acero, me hicieron volverme un cuestionador inclaudicable.
Si bien en ese momento no me dije que quería ser escritor, haber leído ese libro encendió la mecha que terminaría por explotar mi polvorín creativo. En el trayecto del 2013 hacia acá y con muchos libros pasados por las guillotinas de los párpados, ahora mismo pudiera mencionarte dos: El último día del Estornino, de Gerardo Fernández Fe y Noticias del Imperio, de Fernando del Paso. Ambas obras son capitales para mí sobre cómo escribir una novela. Lógicamente, todo lo anterior es personal y subjetivo. Los dioses de cada uno son incuestionables. Me gusta practicar en mí mismo la democracia, literaria en este caso.
Ahora que ya no vives en Cuba, dentro de tus meditaciones al respecto, ¿cómo la ves desde la distancia? De Cuba, ¿qué siente Sender Escobar que ha permanecido en su literatura a pesar de la distancia? ¿Sender sigue escribiendo, sigue haciendo literatura, u otros factores más necesarios lo han hecho postergar su escritura?
Salí de Cuba molestísimo por las privaciones. Debido a mis últimas vivencias allí y como todo se ha deteriorado hasta lo indescriptible, la observo con una especie de argamasa de emociones: molestia, lástima, impotencia, dolor… por mi familia y amigos que han debido flanquear desde sus posibilidades esa hecatombe que su gobierno cleptómano ha transformado en nación mendiga, viviendo de ayudas alimenticias y lástima financiera. Aprecio a la isla como una conjunción de fracasos actuales y hermosos recuerdos.
De hecho, en marzo, tuve la grandísima fortuna de ver en A Coruña a mi maestra de primaria, la que me enseñó a leer y escribir, a quien debo estar contestando este cuestionario. Eso también forma parte de lo que selectivamente conservo de la isla en mi memoria: la gratitud hacia personas que considero significativas.
Lógicamente, Cuba permanece en mi literatura, pero desde una óptica que no escarba en ese promontorio de escombros que llenan sus calles, sino desde el pasado tanto español como republicano, aquello que fuimos y a donde tantos llegaron una vez. Desde España he intentado, con la perspectiva del migrante, colocarme en la piel de otros que ya fueron o que simplemente concebí para hacerlos coincidir en la isla. Te hablo de latitudes tan disímiles como unidas por un mismo factor: el éxodo, como lo fueron armenios o gallegos y Cuba fue uno de los sitios adonde la voluntad de la historia los atrajo como un imán.
He tenido la grandísima fortuna de poder seguir leyendo. Incluso de escribir ficción y últimamente crónicas. También he prolongado mis inquietudes a lo audiovisual en un canal de YouTube donde comparto mis intereses acerca de cine, literatura y reguetón. Propiamente sobre escribir casi lo hago a diario, ya que trabajo para un periódico: La Región, de la ciudad donde vivo. O sea, que la relación con los caracteres y los verbos se ha mantenido. El año pasado culminé una novela que inicié en Cuba y aquí he bocetado otros proyectos de novela y guiones cinematográficos que un día cualquiera les daré extensión y llegado el momento, espero, su punto final.


Faccia il primo comento