Síntesis del proceso Sinodal de la iglesia católica en Cuba

Por: Los Obispos Católicos de Cuba

Sínodo Cuba
Sínodo Cuba

(del 17 de octubre de 2021 al 21 de julio de 2022)

Frutos del proceso sinodal
El estilo sinodal
La alegría, la esperanza y el entusiasmo
La identificación de un nuevo liderazgo laical
El desafío misionero
La revitalización progresiva de espacios de participación
El reconocimiento de las prioridades comunes
Invitaciones del Espíritu
Estilo sinodal
Formación para una identidad discipular
Crecer en comunión
Iglesia acogedora y misionera
Conclusiones
Aspectos que requieren un mayor discernimiento
Otros aspectos a tener en cuenta

 

Introducción

“Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos,
y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor.”
(Mt 11, 25)

La Iglesia que peregrina en Cuba quiere, junto a su Señor Jesucristo, expresar una honda acción de gracias al Padre. Este itinerario sinodal, al que nos convocó el Papa Francisco, ha sido acogido como un Don del Espíritu para esta porción del pueblo de Dios; damos gracias por todos aquellos que se han implicado en el camino: obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, diáconos permanentes, seminaristas y especialmente por los fieles laicos. Agradecemos la disponibilidad para el servicio, el tiempo y los recursos puestos a disposición de este momento eclesial por parte de los diversos referentes diocesanos y sus equipos, así como la compañía orante de las órdenes contemplativas y de tantos hermanos y hermanas que nos han sostenido con la fuerza que brota de la oración. Agradecemos la recepción entusiasta de aquellas comunidades cristianas, que tanto en los templos como en las casas de misión, se dispusieron a la escucha recíproca, al discernimiento de lo que nos pide el Espíritu y a soñar con la Iglesia que queremos ser.

Nuestra gratitud se adentra en la historia de esta Iglesia y se extiende a hitos del pasado, porque hemos reconocido que el estilo sinodal, sin usar esta terminología, nos ha acompañado en otros acontecimientos importantes: la Reflexión Eclesial Cubana (REC), iniciada en el 1981, que fue implicando progresivamente a las comunidades cristianas, y que tuvo un momento de síntesis y de relanzamiento en el Encuentro Nacional Eclesial Cubano (ENEC) celebrado en febrero de 1986; la peregrinación de la Cruz del V Centenario de la Evangelización de América, los distintos momentos de preparación a las visitas de los últimos tres Papas a Cuba, los itinerarios de oración, reflexión y Planeación Pastoral Participativa con que se han elaborado los Planes Pastorales Nacionales y la celebración del IV Centenario del hallazgo y presencia de la imagen de la Virgen de la Caridad (2009 – 2012); nos muestran que el Pueblo de Dios en Cuba, con luces y sombras, ha experimentado el beneficio y el gozo de “caminar juntos”.

Hemos constatado con alegría que la totalidad de las once diócesis del país se involucraron en el proceso sinodal, cada una de acuerdo a su realidad y a sus posibilidades. Todas crearon un equipo diocesano que ha animado, orientado y seguido el itinerario en la Iglesia local. Representantes de estos equipos se reunieron en La Habana, en diciembre de 2021, para discernir y programar nacionalmente la propuesta que el Papa nos hacía. A partir de este encuentro se potenciaron un sinnúmero de iniciativas, con gran creatividad y originalidad, para sensibilizar a todos los miembros del Pueblo de Dios en este camino. Así fueron naciendo distintos folletos, fichas explicativas, catequesis, cuestionarios, vídeos, podcast, concursos, cantos y otras modalidades para evidenciar que se estaba revitalizando el espíritu y el modo de ser “Iglesia sinodal”.

La mayoría de las consultas llevadas a cabo durante la fase de “escucha” se realizaron en el interior de las comunidades cristianas. Es de destacar la celebración de las asambleas parroquiales o comunitarias, y también, de las asambleas diocesanas. Algunas Iglesias locales refieren que tuvieron experiencias significativas de diálogo en ámbitos más allá de nuestras “fronteras”. En ese sentido, destacamos encuentros con líderes o pastores de Iglesias ortodoxas y otras comunidades eclesiales, autoridades civiles y personas del sector de la salud, la cultura y la educación. Ha habido igualmente diálogo sobre el ser y quehacer de la Iglesia con familias campesinas y de hermanos que están en prisión. Nos referimos con agradecimiento a las catequesis donde los niños también participaron del proceso, según sus edades y capacidades de comprensión; fueron hermosos los concursos de dibujos para niños que se organizaron en varios lugares. Reconocemos también que en algunas comunidades este proceso no fue acogido y en otras, el dinamismo inicial se fue perdiendo.

El proceso sinodal se desarrolla entre nosotros en medio de una situación particularmente compleja, pues Cuba transita por la crisis más grave de sus últimos decenios. Todavía no se había salido del todo de los efectos de la pandemia y ya se agudizaba la carencia de alimentos y medicinas, se asistía a una inflación y un malestar crecientes en la vida cotidiana. Nuestras comunidades y agentes de pastoral participan del agobio y del cansancio que genera el subsistir diario en Cuba; y del dolor por la falta de espacios y propuestas concretas que aseguren un presente y futuro de bienestar y esperanza. Esta situación social, que se describe someramente, influye y condiciona en modo negativo la vivencia del proceso y su ulterior afianzamiento.
Entre otras dificultades para la realización de este itinerario encontramos las siguientes: la no compresión adecuada del proceso sinodal al que somos invitados, la emigración constante y creciente de agentes pastorales y miembros de la comunidad cristiana, sobre todo jóvenes, la falta de pasión por el Reino entre algunos que tendrían que ser los principales animadores, la permanencia inestable de sacerdotes y religiosos, además de las comprensibles dificultades en la inculturación.
Reiteramos que involucrarnos en el proceso sinodal al que nos ha convocado el Santo Padre, ha sido un soplo del Espíritu para la vida de esta Iglesia. Sin lugar a dudas, las comunidades que se han dejado interpelar por el Señor han ido descubriendo que se crece en fraternidad, ilusión y esperanza; que a pesar de todo, incluso de nosotros mismos y nuestros pecados, Dios y la Virgen de la Caridad caminan con nosotros.

Frutos del proceso sinodal

“No son ustedes los que me han elegido, soy yo quien los he elegido y los he destinado para que vayan y den fruto, y su fruto permanezca.”
(Juan 15, 16-17)

Este itinerario nos ha permitido identificar los siguientes frutos que acogemos con gratitud y responsabilidad, para continuar cultivándolos en nuestras comunidades:
El estilo sinodal ha sido el primer beneficio que hemos vivido en este proceso. El mismo nos ha permitido reenfocarnos en lo esencial de la Iglesia: Jesús. Su modo de proceder debe ser el nuestro: acompañar y consolar, alentar, transmitir confianza, escuchar sin manipular. Necesitamos una Iglesia que continúe caminando junto al pueblo, para entre todos los cubanos, transformar realidades de muerte en vida y compasión.

Esta experiencia nos ha regalado, además, la oportunidad de dialogar entre nosotros, escucharnos con humildad para descubrir la voz de Dios y expresar con valentía y sencillez lo que pensamos.
La alegría, la esperanza y el entusiasmo también han sido frutos tangibles de este camino. Nos hemos reencontrado como Iglesia en medio de una situación social muy compleja, después del período de la pandemia. Hemos constatado que somos parte de una gran familia y que no vamos solos por la vida, sino que Dios y otros hermanos caminan con nosotros. El proceso sinodal nos ha mostrado que hay personas que sueñan y se comprometen en la renovación de nuestras comunidades.

La identificación de un nuevo liderazgo laical. Algunos hombres y mujeres se han incorporado en los últimos años a nuestras comunidades, se han dejado cautivar por esta propuesta y han asumido responsabilidades en su desarrollo. Los fieles que se involucraron en el discernimiento de las prioridades de cada diócesis, aportaron lo mejor de sí y son agentes necesarios para el camino que tenemos por delante. Ellos experimentan la Iglesia como una realidad cercana, que les incumbe, no como un asunto del sacerdote y de otros pocos. Este proceso ha posibilitado reconocer actitudes de clericalismo y abusos de poder, a las que muchas veces nos hemos acostumbrado y que generan malestar en las comunidades.

El desafío misionero. Las comunidades locales han tomado una mayor conciencia de su responsabilidad evangelizadora en el entorno en que viven (barrio, pueblo, etc.) y la necesidad de ampliar el trabajo con otros miembros y grupos de la sociedad. El espíritu misionero no debe ser exclusivo de una parte de la comunidad, sino de todos los bautizados, llamados a participar en la vida social sembrando valores evangélicos.

El proceso sinodal nos ha permitido afianzar el diálogo con ambientes extra eclesiales a través de personas involucradas en el mundo de la salud, la educación, la cultura, entre otros. Así se ha favorecido el acercamiento a nuestras comunidades de miembros de estos espacios, para colaborar en proyectos comunes. También hemos compartido este camino con otras denominaciones cristianas.

La revitalización progresiva de espacios de participación. Este proceso ha fortalecido los consejos comunitarios, parroquiales y diocesanos y ha despertado la necesidad de crearlos allí donde desaparecieron o nunca existieron. Se han fomentado experiencias sinodales partiendo de la oración común con la Palabra de Dios, la escucha recíproca y la inclusión de la comunidad para llegar a decisiones. También se ha alentado el trabajo en equipo entre laicos, sacerdotes, religiosas y diáconos, miembros del Pueblo de Dios.

El reconocimiento de las prioridades comunes. El itinerario sinodal nos ha permitido identificar los rasgos de la Iglesia que somos y el atrevernos a soñar la Iglesia que anhelamos. Partiendo de la realidad y con la mirada en el horizonte del Reino, nos sabemos Pueblo de Dios peregrino en la historia que rompe parálisis y rechaza la tentación de volver atrás. Este camino nos ha permitido profundizar en los desafíos de los tres ejes del Sínodo: la comunión, la participación y la misión; y ha desencadenado iniciativas para responder a los mismos. La serena toma de conciencia de las debilidades de nuestra Iglesia nos ayuda a vencer la tentación del triunfalismo y nos permite caminar hacia el futuro con los pies sobre la tierra.

Invitaciones del Espíritu

“Quien que tenga oídos, oiga lo que dice el Espíritu a las Iglesias”
(Ap 2, 11)

Las experiencias de oración, diálogo comunitario y escucha recíproca nos han permitido reconocer las invitaciones o llamadas del Espíritu a la Iglesia que está en Cuba, para que podamos responder más evangélicamente a lo que hemos descubierto en la mirada orante de nuestra realidad eclesial y social, como desafíos y reclamos de las comunidades.

Estilo sinodal

La primera de estas inspiraciones del Espíritu del Señor es convertir en un modo habitual de nuestro ser Iglesia el estilo sinodal, crecer en la experiencia de “caminar juntos” y fomentar ámbitos de diálogo intraeclesial. Para vivir esto, desde la lectura de las síntesis diocesanas se proponen las siguientes sugerencias:
Ofrecer espacios para escuchar al Espíritu, aprender a orar con la Palabra de Dios y, desde esa presencia del Señor en medio de nosotros, compartir la vida, escucharnos, dialogar, sanar las heridas y reconciliarnos.
Fortalecer instancias de participación y comunión, diocesanas y comunitarias.

Reorganizar la parroquia como comunidad de comunidades.

Renovar las estructuras pastorales necesarias que ya no funcionan.

Coordinar las diferentes pastorales diocesanas.

Formación para una identidad discipular

Actualizar y fortalecer la formación de todos los bautizados ha sido otra invitación, para que la fe en el Dios Uno y Trino pueda realmente incidir y determinar la vida, los criterios, actitudes, pensamientos y sentimientos de los que nos reconocemos discípulos del Señor Jesucristo. En este sentido, las aportaciones diocesanas hacen las siguientes sugerencias:
Repensar la formación de catecúmenos, adaptando este itinerario a la realidad cubana.
Continuar la formación en el espíritu y la praxis sinodal.

Vincular la catequesis con la pastoral familiar, para que los padres descubran su papel insustituible en la transmisión de la fe a sus hijos.

Crecer en comunión

El Espíritu nos ha vuelto a invitar a crecer en comunión y buscar modalidades audaces y novedosas para que las comunidades cristianas en Cuba puedan seguir ofreciendo el testimonio de unidad, que genere atractivo y entusiasmo para los miembros de la Iglesia y para los que no se sienten parte de ella. En este orden se descubren las siguientes sugerencias:
Acentuar la centralidad de la Eucaristía como fuente de unión con el Señor y entre nosotros.
Promover la participación activa del pueblo en la liturgia, que esta sea significativa para la vida.
Fomentar una espiritualidad de comunión donde todos los miembros del Pueblo de Dios reconozcan y agradezcan la variedad de dones y carismas, para la edificación del Cuerpo de Cristo y el anuncio de la Buena Noticia de la salvación.
Establecer una comunicación más abierta entre jerarquía y fieles.

Promover aún más la pastoral vocacional.

Concretar la implementación de los ministerios laicales.

Cuidar con esmero y delicadeza pastoral las celebraciones litúrgicas, especialmente el bautismo de los niños, las oraciones en los cementerios y las misas por los difuntos.
Crecer en la conciencia de la responsabilidad que tienen todos los bautizados de contribuir a las necesidades económicas de la Iglesia.
Seguir fomentando el voluntariado de Cáritas, los visitadores de enfermos, la pastoral penitenciaria y el cuidado y amor por los adultos mayores.

Iglesia acogedora y misionera

Finalmente, la constatación de que nuestro pueblo es mayoritariamente religioso pero minoritariamente practicante, muchos visitan nuestros templos pero no logran insertarse en la vida de la comunidad cristiana; son innumerables las realidades, los ámbitos y las personas donde el Evangelio es desconocido o ignorado; nos ha hecho tomar conciencia de la imperiosa necesidad de ser una Iglesia acogedora y misionera, o como ha expresado el Papa Francisco “Iglesia en salida”. Para llevar adelante esta inspiración del Espíritu, las síntesis diocesanas ofrecen las siguientes sugerencias:

Salir al encuentro de los otros, abandonar las quejas y la negatividad, para acompañar los sufrimientos y las alegrías de nuestro pueblo.
Necesidad de rezar más por la unidad de los cristianos y aprovechar las instancias que ya se tienen: Octavario por la unidad, acciones conjuntas en el ejercicio de la caridad y encuentros ecuménicos.

Propiciar espacios celebrativos fuera de la Eucaristía como: fiestas patronales, novenas, novenarios de difuntos, procesiones, festivales, peñas, ferias, celebraciones penitenciales, encuentros de oración, de comunidad y peregrinaciones a los santuarios.

Potenciar las casas de misión como un espacio privilegiado para llevar la alegría del Evangelio a las periferias.
Mantener la atención de los grupos virtuales y páginas digitales que se crearon en tiempos de pandemia como vehículos importantes de comunión y evangelización.
Incorporar a los jóvenes en áreas de responsabilidad y ofrecerles una formación adecuada, para que tengan incidencia en el mundo juvenil.
Cuidar y hacer crecer las experiencias que nuestra Iglesia ha tenido de diálogo y cooperación con el mundo de la cultura, de los intelectuales, de los maestros y del personal sanitario. Abrirse a otros ámbitos.

Ocuparse pastoralmente de los que se han alejado de nuestras comunidades, los creyentes de piedad popular, los practicantes del sincretismo religioso, los que viven en las periferias existenciales de nuestra sociedad y los que son marginados.
Prestar atención al mundo rural y campesino para articular una pastoral que tenga en cuenta las necesidades de estos contextos.

Conclusiones
“Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos (…) y sepan que yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo.”
(Mt 28, 20)

Cuando nos disponemos a concluir esta síntesis del proceso sinodal en nuestra Iglesia, queremos volver a la tónica inicial de estas páginas, que es el agradecimiento. Sentimos que todo lo vivido, lo que hemos ido compartiendo pastores y fieles, lo que hemos orado y reflexionado juntos, lo que hemos trabajado y ofrecido, incluso con sacrificios grandes, es motivo de profunda gratitud al Señor y a su Pueblo. Realmente hemos tenido una experiencia, sencilla y profunda, de caminar juntos.
Aspectos que requieren un mayor discernimiento
Con humildad y honradez, queremos señalar en el momento conclusivo algunos aspectos que por su importancia, necesitan un mayor discernimiento. Los presentamos en modo de preguntas, para que justamente, la respuesta la dé la totalidad de la Iglesia en Cuba y así, nos sirva de estímulo para ulteriores pasos del camino. Del mismo modo, estos interrogantes nos pueden ayudar para la elaboración y promulgación del nuevo Plan Pastoral Nacional.
Todas las diócesis reconocen el valor del proceso sinodal, que ha involucrado un número significativo de fieles y ha generado esperanza y vitalidad en las comunidades. ¿La Iglesia en Cuba opta por proseguir el camino sinodal?
En muchas comunidades no existen instancias de participación, estas han desaparecido o no funcionan periódicamente con el rol para las que fueron instituidas. ¿Priorizamos la creación de consejos parroquiales y diocesanos?
La Iglesia en Cuba se ha caracterizado por el protagonismo laical y la participación de las comunidades. ¿Apostamos por la promoción de los ministerios laicales?
Las comunidades constatan la importancia de intensificar la formación de laicos y ministros ordenados en la sinodalidad para asumir este estilo eclesial.
¿Reconocemos la necesidad de una formación en sinodalidad?

Nuestros fieles sueñan con comunidades acogedoras, capaces de recibir a todos en una casa de puertas abiertas. También es necesario acompañar las búsquedas y los itinerarios de fe de cada persona. ¿Nos comprometemos a organizar una pastoral de la acogida y el acompañamiento?

Otros aspectos a tener en cuenta
En las síntesis de diversas diócesis notamos algunos temas importantes que aparecen tímidamente y merecerían formar parte de futuras consideraciones. Estos son:
La pastoral familiar.

La pastoral vocacional.

El estilo de los ministros ordenados en una Iglesia sinodal.

El estudio y la aplicación de la Doctrina Social de la Iglesia.

La atención pastoral de las personas de piedad popular.

Las que profesan las religiones afrocubanas y el sincretismo religioso.

Los espacios de discernimiento comunitario para la planeación pastoral y la verificación de lo planeado.
Al finalizar esta etapa de camino sinodal diocesano, reconocemos este proceso como una gracia del Señor que se nos ha regalado en medio de nuestras fragilidades. Nuevamente hemos experimentado el milagro de las manos vacías, que reparten en abundancia en medio de nuestra pobreza.
Que la Virgen de la Caridad del Cobre, cuya maternal intercesión no nos ha faltado a lo largo de nuestra historia, nos siga asistiendo para que la Iglesia de Dios en Cuba sea como Ella, toda de Dios y toda de su pueblo.
¡Ven con nosotros al caminar, Santa María, ven!

 

Pres. 22.072a

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