
Especial desde México para Palabra Nueva
El 8 de septiembre fui a mi peregrinación personal a la Virgen del Cobre por la Ciudad de México. Me levanté recordando la voz portentosa de la santiaguera Eva Griñán cuando le cantaba: “Virgen del Cobre, apiádate de mí, tú eres la reina de mi devoción, tú no me olvides y tenme compasión”.
Ese día, muy lejos de las procesiones cubanas, de la tierra de Cachita, decidí irme a caminar por tres parroquias mexicanas que guardan su imagen. Semanas antes fui descubriendo los tres destinos, hechos que relato en una crónica para El Toque (https://eltoque.com/cachita-caridad-del-cobre-ciudad-de…). En aquel momento primero estuve en la Catedral Metropolitana en el Zócalo, luego me fui a la parroquia de San Cosme y San Damián y, finalmente, en Polanco.
El día de la Virgen hice el recorrido al revés y fui a los tres sitios. En Polanco ya había un ramo de girasoles. Vi llegar a varias personas que pidieron en silencio. Un matrimonio había ido a pedir, obviamente, por un buen embarazo, por el feliz nacimiento de un bebé. A ella se le marcaba la barriga crecida y una señora le ponía encima la mano implorando a la virgen; otra muchacha llegó con un girasol solitario que depositó sin aparente oración, pero seguramente algo le pidió en silencio; luego tres mujeres aparecieron con más girasoles y velas y decidieron ponerle a la Virgen una banderita cubana. Las mujeres oraron en silencio.
Casi en el mismo momento entró un muchacho con una bolsa que decía Matanzas, Cuba, y tenía el dibujo, a línea, de la Isla. Él se retiró a un lado de las mujeres y rezó. Le pregunté si podía tomarle una foto y me respondió que sí. Entablé conversación, me pidió que le enviara la fotografía para compartirla con su madre. Él era devoto de la Virgen del Cobre y ese día estaba celebrando su residencia mexicana que le acababan de entregar. Me contó parte de su proceso y la compañía que tuvo en la fe y en Cachita. También estuvo una mujer que no era cubana, pero demostraba una vez más que la Virgen de la Caridad del Cobre también une a los que viven en otras geografías. Y aunque me fui a San Cosme, supe que una familia fue a rendirle a sus pies porque en las redes sociales compartieron una foto de la escultura en contrapicada desde abajo, tomando la bandera hasta el rostro de la Virgen.
Creí que en San Cosme me iba a encontrar con una mayor celebración. Era mediodía y había misa. Me puse a un lado de la virgencita y descubrí solamente un ramo de girasoles, pero era un ramo bien grande que dejaba espacio para más flores en una vasija. No esperé a que terminara la misa, pedí en silencio; encendí la vela y salí a la Catedral.
En la Catedral no había floreros ni dónde colocar las velas. Podía notarse que a la pintura de Cachita fueron a venerarla varias personas. Se notaba por la cantidad de flores y las velas encendidas. Imaginé que uno de aquellos ramos y una de aquellas velas pertenecían a un amigo que me dio las señas para ir por los caminos de la Virgen en la Ciudad de México. Me quedé delante de ella un rato, más de media hora, pero no llegó nadie. Solo pasó un policía que miró extrañado aquellos homenajes que le habían entregado a esa virgen en ese día. Tal vez no sabía y mucho menos entender que eran los devotos de Cachita, los que estaban lejos, los que no podían ir al Santuario del Cobre en Cuba ni andar en las procesiones de sus lugares de origen.
Salí a la plaza del Zócalo y me quedé pensando, mirando flotar la bandera de México, cómo la fe une y encuentra a personas, más allá de las distancias y las fronteras. Si bien extrañé una misa dedicada especialmente a la Virgen, sí me quedó la paz interior y la certeza de que hubo cantos y homenajes, oraciones de sus hijos. Súplicas por las familias cubanas, los enfermos, las madres y los hijos, por Cuba.
En cada uno de los destinos encendí una vela y canté recordando a Eva Griñán.












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