Un hombre de Dios

Por: Olga Sánchez Guevara

Conocí a Manolito Alfonso en mi primer viaje a La Habana, en el ya remoto verano de 1971. Me hospedaba en casa de unas amistades en el reparto Juanelo, muy cerca de la Capilla San José, donde se reunía un grupo de jóvenes del que Manolito formaba parte. Con él fue amistad a primera vista; conversábamos mucho, le conté sobre mi decepción cuando no me permitieron estudiar Psicología por ser católica practicante, y que había decidido no estudiar más. Él me fue convenciendo para que buscara otra carrera en la que tuviera posibilidades de matricular, y cuando volví a mi provincia me envió por correo postal —el único que existía entonces— recortes de periódicos con anuncios y convocatorias para carreras universitarias. Al graduarme de Licenciatura en Lengua Alemana le dije que íbamos a partir mi título para los dos; se rió muchísimo, con aquella risa contagiosa que sus amigos recordaremos siempre. Pero yo no bromeaba: realmente me sentía y aún me siento en deuda con él, y como no aceptó que dividiéramos el título, escribo estas líneas en su memoria.

Durante nuestros años universitarios, participé en el grupo de Juanelo, iba a misa y a las actividades que se organizaban en la capilla: los viajes a la playa en ómnibus de la ruta 62, por el módico precio de cuarenta centavos la ida y el regreso —aunque hoy suene increíble—; representaciones teatrales y festivales de música, a los que asistían invitados de otras iglesias. Todo se hacía sin grandes pretensiones, pero con mucho amor y deseos de vivir el Evangelio. Éramos catequistas, cantábamos en el coro, visitábamos enfermos… Aquel grupo fue muy importante para mí, y una de mis grandes satisfacciones ha sido reencontrar, en la nueva iglesia que sustituyó a la capilla, a hermanas que siendo niñas y adolescentes fueron mis alumnas de catecismo, integradas hoy en la comunidad como catequistas y animadoras.

Concluidos los estudios y llegada la edad adulta, la frecuencia de los encuentros disminuyó, pero nunca perdimos el contacto, ya fuera por teléfono, al coincidir en alguna celebración litúrgica, o en el departamento de audiovisuales del arzobispado de La Habana, donde mi amigo trabajó hasta su jubilación, con una sonrisa acogedora y una palabra oportuna para los que se acercaban a él.

Su actividad misionera en la capilla San José y en la parroquia San Miguel Arcángel fue intensa: era catequista, participaba en el grupo teatral, era miembro del Consejo Pastoral y del equipo de Liturgia, “siempre dispuesto a colaborar y servir”, según comenta Mirna, una hermana de la parroquia.

Aunque nos manteníamos en comunicación por WhatsApp, Manolito nunca me comentó que estaba enfermo, y ni yo ni mis hijos, que lo conocieron en Juanelo y también eran sus amigos, pudimos imaginar la proximidad del final. Falleció a los 72 años, el 30 de agosto, y el 31 lo despedimos rezando el rosario y cantando las canciones que por tanto tiempo entonamos juntos: Santa María del Camino, Pescador de hombres.

La hermana Susana, de las Esclavas de Cristo Rey, quienes lo acompañaron en sus últimos días, contó que al visitarlo y preguntarle cómo estaba, él decía: “Estoy en las manos del Señor”. Después, varias personas dieron sus testimonios sobre la vida de Manolito y su labor junto a los más necesitados, especialmente con los ancianos del Hogar San José. Una de sus amigas cercanas lo definió con las palabras que dan título a estos apuntes: “Era un hombre de Dios”.

Al final del rosario, Susana me pidió que leyera el poema de Rilke que le dediqué a Manolito en el grupo de WhatsApp de la parroquia:

Otoño

Caen las hojas, caen desde lejos,

como muriendo en parques de los cielos,

caen con ademán de negación.

Y cae en las noches la pesada tierra

desde los astros a la soledad.

Todos caemos. Esa mano cae.

y mira a los demás: igual en todos.

Pero hay Alguien que acoge esta caída

con suavidad inmensa entre sus manos.

Otro poeta, Ezra Pound, escribió: “Todo lo que ames, quedará”. Y así se queda Manolito entre nosotros: por sus buenas obras, por todo el amor que supo transmitir en el nombre de Jesús. Ω

palabranueva@ccpadrevarela.org

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