Y el corazón me llevó a Sevilla

Por: Fr. Manuel Uña Fernández, O.P.

“Necesitamos una nueva alianza entre jóvenes y ancianos, para que la linfa de quien tiene a sus espaldas una larga experiencia de vida, irrigue los brotes de esperanza de quien está creciendo. En este intercambio fecundo aprendemos la belleza de la vida…”.

Papa Francisco

Homilía en la III Jornada de los Abuelos y Mayores

 

 

Es cierto que la belleza de la vida es un don que se nos regala y a la vez, una tarea. Unos y otros nos ayudamos a construirla y a disfrutarla.

Así lo sentí al recibir un año atrás, el mensaje de Amed Acosta, joven prenovicio cubano, en nuestro convento de San Juan de Letrán, en La Habana. Con pocas y precisas palabras me hizo una petición: “Padre Manuel, cuando llegue el momento, deseo recibir de sus manos el Hábito de la Orden”.

Y ha sido este deseo suyo, una llamada para mí. En silencio escuché sus palabras, y en el silencio de mi corazón las guardé. Es en este momento, cuando afloraron en mi memoria las palabras de Susanna Tamaro: “Siéntate y aguarda, quédate quieto, en silencio, y escucha tu corazón y cuando te hable, levántate y ve a donde él te lleve”.

Y el corazón me llevó a Sevilla, la ciudad donde me sentí tan bien. Ya Amed y Lázaro Yoerlis, habían llegado desde San Juan de Letrán, después de una ardua espera. Allí habíamos compartido muchos momentos hermosos durante dos años, ellos como jóvenes que comenzaban a discernir su vocación y yo, junto a los demás hermanos, los acompañaba con esperanza. Entonces solía insinuarles que, si es importante caminar, lo es más, acertar con el camino.

Desde mi comunidad, en la Residencia-Enfermería de la Virgen del Camino (León), viajé a Madrid. Pude descansar, antes de continuar la segunda etapa de este viaje, bastante largo, acompañado por mi hermana Toña y por el Padre Provincial.

Emocionado llegué al convento de Santo Tomás, en la calle San Vicente número 62, donde se encuentra la Curia Provincial. Aquí viví durante doce años, acompañado por Fernando Aporta, Carmelo Preciado, José Antonio Segovia, Francisco Rodríguez Fassio y Miguel de Burgos, un magnífico equipo de hermanos. Encontrarme ese día con el grupo de prenovicios y la comunidad formadora, fue para mí el mejor impulso rejuvenecedor.

En un ambiente cálido, de familia, celebramos la Eucaristía y la ceremonia de la Toma de Hábito. Yo era el más anciano de todos y en el video que me enviaron después, observé mi caminar lento al dejar el bastón en mi sitio, para en el momento de la vestición del Hábito, acercarme a Amed.

Vivimos momentos muy alegres, de fraternidad. Jóvenes y ancianos compartiendo y caminando juntos, conscientes de que no hay crecimiento sin raíces y no hay florecimiento sin nuevos brotes.

A los dos días regresamos a Madrid. Y mientras me recuperaba del viaje me hice acompañar de un libro escrito por Ianire Angulo, Extraordinariamente normales. En una de sus páginas nos dice cómo es frecuente que, en la mentalidad bíblica, se recurra a la imagen del árbol para referirse a las personas ancianas que han sabido mantener sus raíces bien alimentadas y han crecido, hasta dar el fruto que están llamadas a ofrecer. Fructificar en la vejez es señal de buena salud.

En esta misma línea, aunque no lo nombre el texto bíblico, algunos consideran que el “árbol del kaki” es una imagen de la tercera edad. Este se despoja de todas sus hojas, quedando desnudo y adornado únicamente por sus frutos. Me hace recordar la primera vez que vi el árbol del kaki, en el huerto de nuestro convento de San Agustín de Córdoba.

De algún modo la calidad de los años cumplidos se evidencia en cómo nos vamos despojando de todo aquello que abulta, da visibilidad y nos hace parecer grandes. Desnudos de muchas cosas, solo hay espacio para lo verdaderamente importante, que son los frutos de amor que podemos regalar a nuestro alrededor. Pero, la calidad del fruto no se improvisa, hay que cuidar con mimo la plantación desde el inicio, y en especial, desde sus raíces.

Es lo que deseo para Amed, Lázaro Yoerlis y los demás novicios que, en Sevilla, se inician como frailes predicadores; qué regalo contar con una comunidad formadora tan buena. Les diría que conozcan bien a nuestro Padre Santo Domingo, varón evangélico, luz de la Iglesia, doctor de la verdad, predicador de la gracia… para que se empapen y se enamoren de su espíritu.

Sed fieles y felices, porque el camino que iniciáis tiene como centro al Dios fiel, que nos regala el don de la alegría y de la fraternidad. Ω

 

León, 9 de noviembre de 2023

Día de la dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán

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