
En el año 1955, el Senado de la República de Cuba le confirió la alta distinción de Poeta Nacional a Agustín Acosta. En un país de tantos escritores y poetas, no se trata de un reconocimiento que se confiriera a la ligera. Fue un acto de justicia, el bardo matancero merecía el galardón. Su obra poética era ampliamente conocida, pero también su vida había sido la de un hombre digno, honorable y comprometido con la realidad de Cuba. Sin embargo, no es muy recordado en el panorama cultural cubano, y en nuestros días está lejos de ocupar el lugar que amerita.
Nació en Matanzas, la Atenas de Cuba (no podía ser diferente) el 12 de noviembre de 1886, hijo de emigrantes de Islas Canarias. La posición económica de la familia, que tuvo cinco hijos, era complicada. Agustín fue educado en un colegio pobre donde recibió formación religiosa, algo que lo marcó profundamente y que estará siempre presente en su obra.
Para ayudar a su familia por su precaria condición, desde muy joven trabajó como telegrafista en una estación de ferrocarriles, etapa que también encontró cause en su poesía, como en el poemario Caminos de hierro (1963). Sin embargo, lejos de encerrarse en el pequeño mundo de su entorno, su apetencia intelectual nunca descansó, y leyó con pasión a escritores americanos y europeos.
Como poeta, Agustín Acosta, siguiendo los pasos de Julián del Casal y de José Martí (de quien siempre fue un gran admirador) se suma al modernismo, y se convierte en su mayor exponente del siglo XX, como lo reconoció Raúl Roa. Aún siendo telegrafista, funda con Joaquín Valdés y Carlos Prats, un periódico donde comienza a publicar.
Su pasión por la poesía y su crecimiento intelectual siempre estarán acompañados por el compromiso social. El nombre del periódico lo refleja a la perfección: El pueblo, cuyos ideales defendía. Esa sensibilidad cívica y la preocupación por el destino del país, lo conducirán a comprometerse a fondo con la política.
Se graduó de Doctor en Derecho Civil en la Universidad de la Habana en 1918, y se hizo notario público. Formó parte del Grupo Minorista, que tuvo una gran influencia en su tiempo. Le escribió al presidente Gerardo Machado en abierta oposición a sus políticas, lo que le llevó a sufrir prisión. Fue gobernador provisional de Matanzas, presidió el partido Unión Nacionalista y resultó electo senador de la República.
Su sensibilidad por los problemas sociales le inspiró a escribir el libro La zafra, poema de combate, en 1926, que tuvo un notable impacto, pues denunciaba los males sociales de la época. Julio Antonio Mella y Rubén Martínez Villena reconocieron ese poema como el primero con contenido social de la historia cubana. En el poemario Los camellos distantes, de 1936, manifiesta una fe auténtica, de quien interiorizó el mensaje del Evangelio y al mismo tiempo sintió la necesidad de devolverlo de una manera muy personal y poética.
Acosta fue un martiano convencido. Su amor por José Martí le llevó a hacer una campaña para convertir la fecha del nacimiento del Apóstol en una celebración nacional, además de escribir dos libros sobre él. En el poeta matancero converge lo mejor de la etapa republicana. En Agustín Acosta, la cultura cubana crece y se desarrolla, pero abierta a los valores universales, como ha sido siempre en nuestros mejores intelectuales y artistas.
Desde su formación cristiana, fue sensible a las injusticias y al sufrimiento de los más pobres, y cercano al trabajo de los campesinos. Murió en Miami, en 1979, intacto su amor por Cuba.
Con su obra, que es el resultado de la profundidad espiritual, la honestidad, el civismo y el patriotismo, dejó un desafío a los intelectuales cubanos de nuestro tiempo. Fue un hombre que supo vivir su vocación a las letras con el mismo decoro que demostró en su compromiso político. Agustín Acosta debe ser elevado al lugar que merece en la cultura nacional.


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