
La Iglesia universal dedica el mes de junio al Sagrado Corazón de Jesús, recordatorio visible de un amor que no se quedó en palabras, sino que se hizo carne, sufrió, murió y resucitó. En toda la isla, distintas parroquias celebran esta devoción con novenas, misas y celebraciones. Pero en la calle Reina, la comunidad del Sagrado Corazón de Jesús y San Ignacio de Loyola, vive esta fiesta de una manera muy especial, pues el Sagrado Corazón de Jesús es su patrono.
La comunidad vivió unos intensos días de espiritualidad durante la novena preparatoria. Lejos de la monotonía, estas tardes sirvieron para ir desgranando el misterio de un amor que, como recordó el papa Francisco en su encíclica Dilexit nos, no es sentimentalismo, sino «el locus de la sinceridad, donde el engaño no tiene cabida». Entre ellos se podían ver a los consagrados al Sagrado Corazón, con sus pequeñas medallitas brillando discretamente sobre el pecho. Esta es la tercera temporada en que la parroquia profundiza en la renovación de estos consagrados y en su compromiso misionero de extender el amor de Jesús. El párroco Juan de Jesús Jiménez invitó a distintos sacerdotes jesuitas a celebrar las misas en estos días. Estuvieron presentes el P. Juan Ayala, el P. Domingo y el P. Guido Coronel. Cada uno con su elocuencia particular fue preparando el corazón de los fieles para la gran fiesta. Y el deseo interno que guiaba sus palabras era siempre el mismo: que nuestro corazón se parezca al de Jesús, manso y misericordioso, capaz de amar sin medidas.
El viernes 12 de junio, día de la fiesta patronal, la alegría de los participantes se sentía en el templo. Presidió la misa el P. Jorge William Hernández, quien recientemente ha asumido como provincial de los jesuitas del Caribe. En su homilía quiso desmontar una posible reducción de la devoción. Dijo, con claridad: «El Sagrado Corazón que tenemos en nuestras casas, en esas imágenes tan queridas, es mucho más que una imagen. Es la Eucaristía. Es Cristo en el misterio pascual. Es el Señor que, por su infinita misericordia, se nos entrega cada día en el altar». No fue un sermón abstracto. De esta manera hace trascender que el costado traspasado de Cristo no solo derramó sangre y agua, sino que sigue derramando misericordia. Y que esa entrega se renueva en cada misa. Por eso, tener devoción al Sagrado Corazón no es solo tener una imagen bonita en la sala. Es acudir a la Eucaristía, dejarse mirar por el Maestro y aprender, poco a poco, a mirar como él.
Al final de la celebración, los consagrados se reunieron espontáneamente a renovar su vocación, ese camino al corazón comenzado hace tres años pero que día a día en su modo silencioso de entrega se hace presente: en medio de su familia, de la comunidad, del pueblo.
Al día siguiente continuaron las actividades, los jóvenes con el fervor que los caracteriza vivieron una jornada ignaciana para seguir en sintonía parroquial. En un ambiente de sinodalidad y escucha, compartieron las lecturas de la Exhortación Apostólica Dilexi te del papa León XIV a la Iglesia. Este documento pontificio, que significa «Te he amado», representa un puente entre el papado de Francisco y el actual. Aunque se centra en el amor por los pobres, sus raíces se hunden en la devoción al Corazón de Cristo. Los jóvenes entendieron que no se puede separar la fe del amor concreto a los más necesitados; no verlo solo desde la perspectiva del servicio al pobre sino como una oportunidad, un modo de encuentro con el Señor que vive en esa persona. No se trataba sólo de hablar de Jesús, sino de tener sus mismos sentimientos: un corazón que no juzga desde la altura, sino que se abaja y se conmueve.
El broche de oro de estas jornadas lo pusieron los más pequeños. Conscientes de la realidad social que vive el país, los niños de la catequesis vivieron una experiencia de oración que conmovió a sus catequistas: una pequeña Hora Santa. Con la simplicidad de quien habla con un amigo, los niños expusieron sus peticiones a Dios. Elevaron súplicas concretas: por sus familias, por la comida que no falte en su mesa y, de manera especial, por la paz y el futuro de Cuba. Guiados por sus catequistas, comprendieron el mensaje de Jesús: «Dejad que los niños vengan a mí».
Verdaderamente, en la iglesia de Reina han sido días de profundo encuentro y renovación espiritual, de búsqueda del misterio que se nos revela, no quedándonos solamente en lo abstracto o sublime, sino en la necesidad de descubrir, en el día a día, aquello a lo que Dios nos llama. Solo así seremos capaces, como nos exhorta el papa León XIV, de «escuchar en sí y en los hermanos, el palpitar escondido del amor».













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