

Dimitri (Luis Alberto García) intenta conciliar imposibles en el día a día: cumplir con su jornada laboral como chofer del transporte público, cuidar de sus padres seniles (Verónica Lynn y Mario Limonta) y mantener viva la ilusión de viajar a Rusia, la tierra de sus orígenes. La doctora interpretada por María Isabel Díaz se empeña en que le broten sonrisas a la hora de entrar a la sala de niños con cáncer que atiende, además de lidiar con la soledad y las presiones de la madre y el hijo para que emigre al extranjero. Iyaima Martínez pone rostro a una mujer marcada por varios estigmas: negra, pobre, abandonada por el esposo, que sin apoyo material ni espiritual alguno afronta la crianza de un hijo en edad escolar y los cuidados de su progenitora enferma. Un entrenador de boxeo que es «hombre de éxito» (Héctor Noas), con buena posición económica y esposa joven, pelea contra las presiones de un colega más joven y, sobre todo, con el cáncer de mama que le mina la salud y la autoestima. El Profesor (Aramís Delgado) desea conservar su imagen de figura prominente de la cultura a una edad que no perdona y le paga con disminución intelectual y motriz; mientras que su cuidadora (Isabel Santos), mujer simple, tiene que soportar la arrogancia del viejo ilustrado, sus caprichos y egoísmo, en medio de su personal lucha por la sobrevivencia y con las marcas de su pasado.
Todas las situaciones humanas que aborda la directora de cine Marilyn Solaya, con estos personajes tan disímiles en cuanto a personalidad y entornos sociales, lo que guardan en común es eso que dará nombre a su película coral: Estrés (2026). Aquello que la Organización Mundial de la Salud define como un «estado de preocupación o tensión mental generado por una situación difícil».
Pero hay otro elemento que también los emparenta a todos, a modo de dispositivo narrativo para ensamblar las historias e igualmente como espacio de representación simbólica, y es el sitio en que suelen cruzarse esas vidas dispares a lo largo del metraje: la guagua que conduce Dmitri. Aquí, la cinta revela una elección de guion que opta por agarrarse a una alegoría reconocida: «La nave de los locos», esa que el pintor flamenco El Bosco hizo cuadro allá por el siglo xvi, pero viene surcando los tiempos desde el Libro VI de la República de Platón, como imagen de un sistema o contexto sociopolítico con problemas de gobernanza por la impericia de sus conductores.

Luego, este enunciado nos arroja una interpretación en dos niveles: uno, en el que la disfuncionalidad del barco es consecuencia puntual de los traumas sufridos por sus miembros a bordo; y otro, donde los personajes son resultado o encarnación de problemas mayores, que los trascienden, vinculados con el período histórico y lugar concreto donde sus existencias transcurren. Visto así, la película adquiere, entonces, el carácter de visualización artística del «estado de preocupación o tensión mental» que engloba a La Habana toda, ciudad por donde se mueven los protagonistas, o del país entero, Cuba toda.
Esta idea de psicopatología colectiva adquiere incluso una personificación específica, en un pasajero más subido al bajel psíquicamente enfermo, el poeta desquiciado y vagabundo que asume el actor Enrique Pérez Viciedo con aires de homenaje al Caballero de París. Su ubicuidad y la ausencia de una historia de vida precisa hacen de él un elemento conectivo, de papel similar al del ómnibus.
Relacionado con las consideraciones anteriores, aunque en franco contraste, hay un aspecto que llama mucho la atención: la voluntad de Marilyn Solaya de no hundir más a sus personajes, el no dejarles que caigan manifiestamente en una ruptura con la realidad u opten por una actitud extrema y hagan daño al otro o atenten contra su propia vida. Por el contrario, Estrés es una película sobre afrontar las adversidades de la vida, sobre tomar decisiones a veces muy difíciles, hasta en contra de deseos y creencias propias, pero siempre actuar y asumir las consecuencias, intentar reparar el pasado y encarar el presente, con la empatía hacia el prójimo y el amor al ser querido como brújula moral.

Más allá de estas consideraciones sobre el contenido, cabe aclarar que la película de Marilyn Solaya no es de las que buscan quedarse en el recuerdo como propuesta de lucimiento formal. La fotografía y la dirección de arte no aspiran a deslumbrar sino a funcionar cabalmente como instrumentos para el desenvolvimiento narrativo. Mientras, los procesos de montaje y edición asumen el esfuerzo grande de lograr un empaste creíble para la estructura alambicada, de vidas cruzadas.
Recae el punto de máximo rigor en el elenco extenso de actores y actrices, obligados al desempeño más convincente para sostener el espíritu trágico, de principio a fin, en una cinta negada a conceder ese alivio del chiste, tan frecuente en el cine nacional.
Presentado de manera especial en el cine Chaplin durante marzo pasado, y a la espera de una exhibición amplia para todo el público nacional, este segundo largometraje de ficción de la realizadora de Vestido de novia llega en un momento de honda penuria social y carencias económicas, de encrucijada política para la nación cubana, y se impone con la virtud del testimonio artístico y el compromiso con las ilusiones y el sentimiento de un pueblo entero. Ya con que nos brinde el bálsamo de la catarsis colectiva, habrá cumplido una función más que digna.



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