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Durante el curso del año, la Iglesia nos hace entrar en cada uno de los misterios de la vida de Cristo, para actualizar en nosotros la obra de la salvación. A este ciclo se le llama Año Litúrgico, comienza el primer Domingo de Adviento y termina con la semana que sigue a la solemnidad de Cristo Rey.
Estamos terminando la celebración del tiempo de Adviento, que son las cuatro semanas antes de Navidad. Este es la espera del retorno de Aquel que hizo su aparición en nuestra realidad humana y temporal (Jesucristo) y constituye un período de expectación piadosa y alegre. Nos prepara para celebrar la presencia y manifestación del misterio de Navidad. Las Ferias de Adviento tienen lugar del 17 al 24 de diciembre, y nos acercan más al gozo de las fiestas navideñas.
La solemnidad de la Navidad, de la salida a la luz del Hijo de Dios que se ha hecho hombre y ha aparecido en nuestra carne, como dicen los hermanos orientales, o en la verdad de nuestro cuerpo, como decía san León Magno, es un tiempo de celebraciones, tradiciones y esperanza.
La primera noticia de la Navidad está contenida en el llamado Cronógrafo (354 d.C.). Esta celebración nació en Occidente y se transmitió después a las Iglesias orientales, al contrario de la Epifanía, que nace en Oriente y de allí pasa a Occidente.
«El 25 de diciembre los paganos festejaban el Natalis solis invicti» (nacimiento del Sol), en el solsticio de invierno; y el cristianismo propone la celebración del nacimiento de Cristo, el verdadero sol de justicia (Lc 1,78). No se trata de cristianizar la fiesta pagana, sino de que este lenguaje y simbolismo (astro solar vence a las tinieblas) trató de contrarrestar las ideas gnósticas y arrianas sobre Jesús en el tiempo. Ellos decían que Jesús fue adoptado como Hijo de Dios en el bautismo; y celebrar la fiesta de Navidad-Epifanía venía a ser un poderosísimo medio de confesar y celebrar la verdadera fe en Jesús, de la misma naturaleza que el Padre y nacido de la Virgen María.
Existen otras fiestas dentro de la Octava de Navidad, como la del 26 de diciembre, Día de San Esteban, el primer mártir de la Iglesia. El 27 de diciembre se celebra San Juan Apóstol y Evangelista, el discípulo amado del Señor.
La festividad de los Santos Inocentes (28 de diciembre) conmemora, según la tradición cristiana, la matanza de niños menores de dos años en Belén ordenada por el rey Herodes (Mt 2, 16-18). Estos son los primeros mártires que derraman su sangre para salvar al niño Enmanuel (Dios con nosotros), y mueren en su lugar. Es un día para reflexionar sobre la inocencia, la injusticia, recordar a aquellos que sufren por la violencia y la opresión, y más que nunca, luchar por garantizar los derechos de los niños.
También tenemos la fiesta de la Sagrada Familia, que ocurre el domingo posterior a Navidad. Esta se centra en la familia humana de Jesús, maravilloso ejemplo a los ojos del pueblo y escuela de todas las virtudes domésticas. Después nos invita a acercarnos a la familia eclesial, la de los hijos de Dios. De este modo las familias cristianas constituyen una iglesia pequeña o iglesia doméstica (LG 11).
El 1ro. de enero la Iglesia celebra la Solemnidad de Santa María, Madre de Dios. Es una ocasión para honrar su maternidad divina y reflexionar sobre su papel en la historia de la salvación.
El domingo siguiente es la Epifanía, con la adoración de los magos, que da una dimensión universal y misionera a la solemnidad. Los magos ofrecen oro como rey, incienso como Dios y mirra como hombre. La Iglesia ofrece el mayor don: Jesucristo, que se manifiesta a los hombres.
Este ciclo culmina el domingo siguiente con el bautismo de Jesús, la revelación de la condición mesiánica del siervo del Señor, que en sí mismo es «luz de las naciones». Los creyentes hemos contemplado esa gloria, gloria propia del hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad.
Este tiempo es una presencia misteriosa y una renovada actualización de lo que aquellos acontecimientos históricos supusieron para la salvación del hombre. Gustar de este misterio es un grito de esperanza, para juntos decir: ¡Ven, Señor Jesús!




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