Lázaro, sal fuera

Por: Innaris Suárez

palabranueva@ccpadrevarela.org

En una capilla románica dedicada a san Lázaro construida en el siglo xii, que formó parte de un hospital para enfermos de lepra, se reúnen para orar los ancianos de la Comunidad de San Egidio de Barcelona. Ellos me preguntaban con muchísima curiosidad y simpatía: ¿Por qué tantos cubanos residentes en España llegan a esta capilla buscando a san Lázaro para hacerle promesas o cumplirlas? ¿Y por qué quedan decepcionados cuando encuentran solo un icono de san Lázaro?

Donde existe una iglesia, santuario o capilla dedicados a la devoción a san Lázaro, siempre encontrarás el dolor o la gratitud de los cubanos, para quienes la devoción a este santo ocupa el segundo lugar después de la Virgen de la Caridad. Tiene un gran significado en la vida de muchos cubanos y en la cultura nacional. El 16 de diciembre, en muchas casas, se espera su festividad y se encuentran personas vestidas con telas de sacos, o de color morado, porque la veneración a este santo está muy relacionada, en parte de la sociedad cubana, con el sincretismo religioso, en el que es sincretizado con Babalú Ayé, una de las deidades de la religión yoruba, y se le conoce también como el viejo Lázaro.

Todos los cubanos saben que el Santuario Nacional de San Lázaro está ubicado en el municipio de Boyeros, en el poblado El Rincón, y hasta allí peregrinan cada año más de quince mil creyentes. En esos días, de diversos lugares de la isla llegan para hacer promesas, dar gracias, dejarle regalos al santo, y el sitio se convierte en un escenario dramático que puede parecer excesivo, porque los penitentes realizan gestos corporales dolorosos, como caminar de rodillas, sin zapatos o arrastrando pesados objetos. Este santuario fue inaugurado el 26 de febrero de 1917: la iglesia de San Lázaro y la casa-hospital de enfermos de lepra. El título de Santuario Nacional le fue otorgado en la década de 1990, gracias a la propuesta que hizo monseñor Ramón Suárez Polcari, actual canciller de la Arquidiócesis de La Habana, a la Conferencia de Obispos Católicos de Cuba.

La Iglesia católica venera a Lázaro, el hermano de Marta y María, un amigo muy querido de Jesús. Los evangelios nos narran la amistad de Jesús con esos hermanos, en cuya casa se quedaba e, incluso, nos refieren que «Jesús lloró» (Jn 11,35) ante la muerte de su amigo Lázaro, versículo difícil de olvidar por su peculiaridad, pues es considerado el más pequeño de la Biblia. Jesús lo revive y según la tradición cristiana, Lázaro acompañó a san Pedro a Siria, o fue embarcado por los judíos en Jaffa en una nave en peligro, y llegó hasta la isla de Chipre. Según esta tradición, fue elegido obispo de Kition y murió martirizado, un 16 de diciembre, treinta años después.

La otra veneración de la Iglesia católica es el Lázaro mendigo que aparece en el Evangelio, la conocida parábola del rico epulón y el pobre Lázaro, hambriento, lleno de llagas, motivo por el cual ha sido considerado el patrón de la lepra. Sus llagas eran lamidas por los perros, por ello es representado con un perro. Lázaro, el que era tan pobre, fue llevado al seno de Abraham, a la gloria de Dios, mientras que el rico fue llevado al hades. Esta es la única parábola en la que Jesús identifica por sus nombres a los personajes, de ahí que muchos estimen que «el pobre Lázaro» haya sido alguien bien conocido por aquellos oyentes a quienes Jesús se dirigía.

Que este martes, 17 de diciembre, podamos levantar la mirada para reconocer en los tantos pobres Lázaro de La Habana al Señor que vendrá, e imitar al san Lázaro, amigo de Jesús. Hay que salir de la resignación y resucitar cuando escuchemos la Palabra, que nos dice: «Lázaro, sal fuera».

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