Estremecidos

Por: Ángel Marqués Dolz (palabranueva@ccpadrevarela.org)

«Esto es lo más maravilloso de la vida», dice con voz queda un anciano que presumo ciego, por sus gafas oscuras y la rigidez de su rostro, en medio de la semipenumbra del templo, y pide «paz para el mundo que sufre», mientras los cánticos de alabanza apenas hacen audibles sus palabras.

Una madre misionera, ya en la vejez, narra que ha venido porque «tengo a mi hijita muy enferma» y una cuidadora de varios discapacitados refiere «estar tan emocionada», que solo atina a abrazarme luego de la pregunta de rigor en torno a «lo que ha sentido esta mañana».

Las motivaciones contadas recordaban al Tolstoi de la novela Guerra y paz. «Todas las familias felices son iguales; cada familia infeliz lo es a su manera».

Así que fueron dos horas para una oportunidad de redención. Otros lo llamarían catarsis, algunos, epifanía. Lo que fuese, sirvió para levantar los ánimos, depurar lastres cotidianos, procurar alivios en tiempos de tanta incertidumbre y obtener una conexión, aunque breve, con un futuro que parece negarse a entregarnos bienaventuranzas.

Se oró, se cantó, se elevaron las manos, siempre abiertas, en clave de hosanna; muchos se prosternaron y sus velas encendidas de llamas vacilantes y flores depositadas ante las vírgenes –prevalecían girasoles– fueron actos repetidos, a veces tímidos, a veces fervientes. También se escribieron petitorios en papelitos improvisados y lapiceros pasados de mano en mano, y se colocaron exvotos, y se rogó en silencio, muy en silencio –tal vez algún que otro milagro o simplemente parabienes de agradecidos, o una promesa desesperada–, y se dispuso el sacramento de la Sagrada Eucaristía, al final, que para una feligresía militante que acude al templo cada vez que puede, resultó su recompensa más esperada.

Una joven inválida fue cargada en su sillón de ruedas por un grupo de religiosas y fieles y subida en volandas al altar para recibir la comunión de manos del arzobispo de La Habana, el cardenal Juan de la Caridad García Rodríguez. El rostro de la chica era radiante, rodeada de una alegría coral por la audacia del gesto.

«Se puede ver aquí toda la fe, todo el deseo de venir y de alabanzas a Dios y de rogar salud, paz, concordia y esperanza», manifestó el cardenal en declaraciones exclusivas a Palabra Nueva.

En su homilía, dijo que «estamos invitados a cargar la cruz de los enfermos. En nuestra cuadra hay enfermos, nos toca a cada uno de nosotros ir a esas casas», y atemperó su mensaje con los agobios del presente.

«No para contarle las escaseces, las dificultades y los sufrimientos del barrio que ya ellos saben, sino para decirles: a pesar de tu enfermedad, Dios te ama».

 

Aceite sacramental

Una de las sorpresas de la jornada por el Jubileo de los Enfermos fue el anuncio, por el rector del santuario, padre Charles Monegal, de un sacramental, «que es algo que se parece a un sacramento, pero no lo es. Nos da las bendiciones divinas, no con su propia virtud, no automáticamente como el sacramento, sino en la medida en que nosotros dispongamos nuestro corazón para recibirlo», explicó el joven sacerdote, al citar entre las acciones del catolicismo rezar el rosario, llevar el escapulario, además de agua bendita y el aceite de san Charbel, un santo libanés.

La sustancia se obtiene de la «extraña sudación» de un líquido que sale de su tumba en el monasterio maronita de Annaya, en el Líbano. Ese líquido se mezcla con aceite de oliva y es bendecido por los padres de la orden a la que perteneció san Charbel Makhlouf (1828-1898).

«A esta iglesia vienen muchos enfermos y nos pareció bueno que hubiera un sacramental. Como en las cosas de la fe, buscamos una lámpara que arde día y noche, y queremos tomar aceite de ahí, que el obispo lo bendiga, y bendecir a los enfermos con este aceite que suele reposar en el altar de san Lázaro para implorarle a Dios la salud», contó el padre Monegal.

Este sacramental tendrá lugar todos los 17 de cada mes, comenzando por febrero, y «si alguna persona tiene un enfermo y lo pide con la debida devoción se le puede dar un frasquito», prometió el rector, antes de que él y otros sacerdotes ungieran la frente de toda la feligresía que quiso ser parte de la experiencia sanadora.

El cielo

Para monseñor Ramón Suárez Polcari, historiador y canciller de la curia arzobispal, además de párroco de la Iglesia del Espíritu Santo, en La Habana Vieja, la jornada «ha sido el cielo».

«O sea, que el Señor nos sigue bendiciendo mucho, que a pesar de que no tenemos casi nada, nos da para poder hacerlo todo, lindo, bien, como ha sido este jubileo y tantos otros. El Señor nos ha enseñado que en medio de las grandes dificultades podemos contar siempre con él, y eso nos fortalece, nos gratifica y nos impulsa a seguir haciendo por Cristo, por la Iglesia, por este pueblo, que queremos tanto y dónde él nos ha situado”, dijo monseñor Polcari a Palabra Nueva.

 

¿Qué mensaje tendría para la feligresía en términos de esperanza?

«Que la esperanza cristiana no defrauda, porque no es esperanza en las cosas que se van, en las cosas que pasan, sino es esperanza en ese Dios que nos ama, que nos ha dado su hijo, en ese Cristo que nos ha salvado, que nos ha dado el Espíritu Santo y ese Espíritu Santo que nos lleva y nos guía, porque la esperanza está en que vamos a alcanzar la vida eterna, y desde ahora la estamos viviendo aquí, ya. Amén».

 

Jubileos

En 2025, la Iglesia celebró la Jornada Mundial del Enfermo de forma ordinaria, a nivel diocesano, el 11 de febrero. En el calendario religioso, el Jubileo de los enfermos y del mundo sanitario está fijado para los días 5 y 6 de abril; en tanto el Jubileo de las personas con discapacidad está previsto para los días 28 y 29 de abril.

La Jornada Mundial del Enfermo, establecida por el papa Juan Pablo II en 1992, se celebra anualmente el 11 de febrero, coincidiendo con la festividad de Nuestra Señora de Lourdes.

Cada tres años, la celebración se realiza de forma solemne en un santuario mariano. Con motivo del Año Jubilar 2025, el santo padre Francisco dispuso que la celebración solemne, que debería tener lugar este año, se realice el 11 de febrero de 2026 en el Santuario mariano de la Virgen de Chapi, en Arequipa, Perú.

Ese día se concientiza sobre la importancia de cuidar a las personas que enfrentan enfermedades, en particular problemas de salud crónicos o graves. A su vez, se insiste en la compasión, se reconoce la dignidad de quienes están enfermos y se valora el papel crucial que desempeñan los trabajadores de la salud, los cuidadores y los voluntarios en la prestación de apoyos.

Siguiendo esa línea de pensamiento, la Jornada Mundial del Enfermo tuvo por propósito incentivar la compasión, reconocer las contribuciones de los cuidadores, destacar los desafíos de la atención médica y fomentar la oración y la reflexión.

En este Año Jubilar, con motivo de dicha jornada, el papa Francisco eligió para su mensaje un pasaje de la Carta de San Pablo a los Romanos, en la que el apóstol infunde ánimo a la comunidad cristiana de Roma con palabras rotundas: «La esperanza no defrauda».

 

Adioses en la tarde

De a poco, la mayoría de los feligreses han abandonado el templo, una iglesia reconstruida en 1936 que honró el barroco colonial con toques de eclecticismo de su modelo original de 1917.

Algunos, asistidos por religiosas, caminan o son llevados en sillas de ruedas hacia los ómnibus que los devolverán a sus asilos o a sus casas o a sus soledades y sus hambres. Entre ellos va, abrazado por una de las hermanas de Siervas de María, el frágil anciano que se desmayó en plena misa y tuvieron que tomarlo en brazos y llevarlo a la enfermería para reanimarlo.

Todavía algunos niños retozan en el patio del santuario o persiguen algún que otro perro que se ha visto merodeando el salón parroquial, incluso durante la misa, donde una imagen del beato camagüeyano Olallo Valdés ha presidido la liturgia rodeada de fieles que le rezan con devoción.

Aún arden, parpadeantes, algunas luminarias en los altares marianos, y por supuesto, ante la imagen de san Lázaro, el de Betania, protegido en una urna que refleja las pequeñas luces de las velas que el viento ha respetado cuando atraviesa por los portones, mientras el aroma del incienso se resiste a disiparse en los vapores de la tarde calurosa y soleada.

Los últimos testimonios de la feligresía no son cuerpos, sino ruidos espectrales de los tantos bastones y muletas al marcar, como cicatrices rítmicas, el paso de sus dueños que se alejan. El lugar está en una isla de viejos y de otros que ya no lo serán aquí, porque han o habrán emigrado y la pregunta no es otra: ¿Será que la esperanza no defrauda? Alguien responde en el aire de la tarde cuando sonríe. Misericordia.

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