
Año 1973. Se estrena en La Habana el filme español La vida sigue igual (1969), melodrama romántico-musical protagonizado por el cantante Julio Iglesias. Para ver la película hay largas e interminables colas diarias que el argot popular bautiza como: «La cola sigue igual».
El filme rompe records de taquilla y lleva a las autoridades cinematográficas cubanas a aumentar el precio de los cines como medida para tratar de que todos los interesados pudieran ver la cinta.
Año 2023. Escena que puede ocurrir en cualquiera de los escasos cines habaneros: los responsables de un cine salen a la puerta minutos antes de comenzar la función para comprobar si están los cinco espectadores que se requieren para poder proyectar la película.
¿Qué pasó, que un hábito que fue parte indeleble de la vida de los habitantes de la Cuba del siglo xx, hoy sea una extrañeza, un recuerdo del pasado que solo memorizan las generaciones que sobrepasamos los cincuenta años?
Son muchas las causas, entre ellas los cambios en los hábitos y costumbres de las nuevas generaciones a nivel internacional, donde el cine ya no ocupa el lugar privilegiado de antaño, de hecho, las grandes salas prácticamente no existen en ningún país. También está la posibilidad de consumir cine por diversas vías online que van desde una USB conectada al televisor hasta un teléfono móvil. Por último, está el empuje de las series y telenovelas que hoy día tienen abrumadoramente más seguidores que el cine.
Pero en el siempre distinto contexto nacional, ¿qué otra cosa puede haber sucedido? Primero que todo hay que hablar de la desaparición de las salas cinematográficas. En su exhaustivo ensayo La Habana es un cementerio de cines, publicado en Palabra Nueva, en 2004, el escritor Miguel Sabater registraba la desaparición forzosa de la mayoría de los cines habaneros. De aquella fecha hacia acá han desaparecido unas cuantas salas.
El último cine de barrio de La Habana, el Finlay, fue cerrado premonitoriamente el Viernes Santo de 2007. Un año después, tras el Festival de Cine de diciembre, cerró el emblemático Payret, y aunque nunca se ha dicho que no volverá a ser cine, es difícil, muy difícil de creer, que vuelva a serlo. La clausura de estas dos instalaciones supuso una metáfora del punto final de una era: la de los cinéfilos cubanos.
Otro elemento que no se puede dejar de mencionar es el deterioro de las salas cinematográficas, en particular las de barrio. A partir de la década del setenta del siglo pasado comenzaron a deteriorarse las salas de cine de barrio. La ventilación era pésima, butacas rotas, proyecciones deficientes en las que a las películas exhibidas les faltaban rollos, a veces el final…, estos cines empezaron a ser refugio de ambulantes y buscadores de sexo furtivo. Esta situación se acrecentó con la crisis que afectó al país en la década del noventa, y llegó a los cines de estreno que hasta ese momento se mantenían más o menos incólumes. A esto se unió el hecho de que no se pudo comprar más películas en 35 mm, entonces las exhibiciones pasaron a ser desde casseteras VHS a la pantalla, un modo de ver cine que se mantuvo hasta 2006, cuando apareció el DVD que mejoró las proyecciones, aunque nunca se puede equiparar al celuloide.
La apertura masiva de salas de video en todo el país a mediados de la década del ochenta también fue un factor en contra del cine en Cuba. Como su programación era más atractiva y sistemática que la de los cines, poco a poco los espectadores nos fuimos adaptando a esta nueva forma y se fue desplazando el hábito de ir a una sala cinematográfica.
En la actualidad no hay más de diez cines en La Habana, con una sola tanda de jueves a domingo, y tal vez en algunos de ellos ni esa tanda se ofrezca. La afluencia de público es bastante pobre, con una media de mayores de sesenta años. Hasta en el festival de cine francés y en las semanas de cine internacional, las salas permanecen vacías o semivacías.
Al espectador medio le es imposible conseguir la programación. Solo sale en una intricada red social. Y si quiere enterarse de la programación, tiene que ir hasta las salas o valerse del boca oreja.
El Festival de Cine de La Habana, que era como la guinda del pastel cinéfilo, hace años dejó de ser el evento cultural por antonomasia de la ciudad, peor: en los últimos años pasa con salas semivacías, casi nula presencia extranjera. Los apagones del pasado año provocaron la suspensión de varias funciones.
¿Es posible revertir esta situación? Es poco probable. Para las nuevas generaciones que viven lejos de las escasas salas cinematográficas, el cine será el mayor entretenimiento que tuvieron sus padres y abuelos. Para los que viven cerca de los cines arroja un rayo de esperanza el hecho de que algunas funciones cinematográficas logren atraer al público joven.
Ocurrió cuando se presentó en La Habana Blonde, sobre Marilyn Monroe, que protagonizó nuestra compatriota Ana de Armas, y cuando se programó en alta definición la saga de Harry Potter, o en el estreno de la versión cinematográfica de Farándula la exitosa, entre los jóvenes, obra teatral de Jazz Vilá.
No se ha abandonado totalmente la costumbre de asistir a una sala cinematográfica. Como antes, nunca será, como tampoco el hecho cinematográfico nunca volverá a tener el esplendor de antaño, pero ojalá que perviva, que no muera, que no sea un oficio del siglo xx.


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