
La figura del diablo ha sido muy atractiva para el cine desde sus inicios, y de una forma u otra ha estado presente en la gran pantalla. Las más populares y las que más han trascendido son aquellas representaciones donde el espíritu del mal se apodera de una persona y esta comienza a lanzar improperios obscenos, espumarajos por la boca, su cuerpo convulsiona y su rostro toma un cariz siniestro.
Son los exorcismos, famosos desde la película El exorcista (1975), de los cuales ni la propia Iglesia ha escapado, pues en el año 2023 se estrenó El exorcista del Papa, que contó tanto con dinero eclesial como con la participación de un presbítero, en la escritura del guion.
Este filme, aunque positivo en la representación de la institución eclesial, no se apartaba ni un milímetro de las efectistas representaciones diabólicas antes aludidas. El hereje (Heretic), un filme norteamericano del pasado año dirigido por Scott Beck y Bryan Woods, estrenado discretamente en nuestras cada vez más menguadas salas de cine, parece hacer la diferencia al respecto. Se trata de una inteligente cinta de horror, donde el miedo no está dado en golpes de efectos sino en una estupenda puesta en escena que logra crear una atmósfera de inquietud, en la que lo siniestro va in crescendo con un protagonista (Hugh Grant en uno de los mejores papeles de su carrera), cuya figura y sonrisa causan pavor desde que hace su primera aparición.
La película sigue la pista de dos jóvenes misioneras mormonas que van a dar a casa del extraño personaje interpretado por Grant. Éste, desde el principio, pone sus cartas sobre la mesa al introducir a las muchachas en un juego-debate dialéctico donde, como hacía el diablo con Job en el relato bíblico, en la cinta se busca tensar la fe de las féminas hasta lograr la apostasía.
Los creyentes tenemos dudas de fe —excepto los fundamentalistas— que nos acompañan hasta el fin de nuestros días, y también oscuridades, maldades que nos remuerden la conciencia: «no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago», dice san Pablo con meridiana claridad en Romanos 7,19, y es por ahí por donde aprovecha el espíritu del mal, el maligno o el diablo, para apartarnos del camino que hemos elegido.
Esto es, precisamente, lo que hace el personaje de Grant: colarse por las hendijas de las debilidades humanas y teológicas de sus invitadas para que desistan de su fe. En esto está lo mejor de la película, en el intenso debate teológico en que él despliega sus mejores armas y la cinta las desvela con esmerado virtuosismo.
¿De qué lado se coloca el filme? Puede afirmarse que de ninguno, pues, aunque las muchachas parecen todo el tiempo a la defensiva, hay un momento en que se dan cuentan de por dónde van los tiros y pasan a una nada desdeñable ofensiva.
Este más que interesante subtexto cinematográfico va envuelto en un producto que para nada esconde su costado comercial, de cine de horror dirigido a un público mayoritario que suele consumir ese tipo de película. Pero lo hace con elegancia visual, interpretaciones muy ajustadas de las dos protagonistas y un dominio envidiable de la tensión. Casi toda la trama transcurre en un único escenario.
La figura del diablo personificada es algo muy polémico en los círculos cristianos, pues tiene tanto a quienes la aceptan como el mal personificado como a los que lo ven como una metáfora del misterio del mal. Ciertamente la representada en los citados filmes sobre exorcistas parece que dista mucho de la realidad.
Más creíble es la que nos presenta El hereje, que se acerca a la del afamado realizador cristiano francés Robert Bresson, quien, en su póstumo filme de 1977 se preguntaba qué podía haber detrás de tanta maldad, razón por la cual tituló a su película El diablo probablemente.


Be the first to comment