Siempre podemos cambiar algo

Por: Emmanuel Montes Álvarez, (palabranueva@ccpadrevarela.org)

El mundo se ha vuelto caótico. El ser humano ha ido perdiendo su capacidad, precisamente, de ser humano. ¿Y qué implica el hecho de ser humano? Pues, según lo veo, el aprecio por la vida, por lo bueno y bello que nos rodea.

Un pensamiento derrotista y en ocasiones infundado, es creer que todo a nuestro alrededor nos es ajeno. Es una práctica que la dejadez y la costumbre nos ha hecho común a nosotros los cubanos. Imaginemos, por un segundo, qué tan terrible sería vivir sin la conciencia suficiente para valorar y detenerse por un instante a admirar la belleza de una flor, o una puesta de sol, o esa planta que hemos cuidado con mucho empeño.

Buena parte del mundo no marcha bien. Cada día las noticias son más desalentadoras: guerras, bombardeos, autoritarismos, muertes, imposiciones, inflaciones, crisis migratorias y económicas. Nuestra realidad más inmediata tampoco marcha bien. Nos golpean con la misma contundencia y al mismo tiempo las tantas horas sin electricidad, los precios altísimos y los salarios que no cubren las necesidades ni de una semana, y, además, como si no fuese suficiente, salir a conseguir el alimento del día también es una tarea titánica. A miles de personas parece darles igual semejantes conflictos, lo mismo a nivel nacional que internacional; a otros no tanto, todavía luchan por mantener un ápice de justicia y luz.

El primer paso para ser positivo es cultivar en uno mismo el aprecio por el prójimo, mantener viva la llama de la fe. Todavía hay mucha vida por la que luchar, ya se ha perdido demasiado, quiero pensar. Y a todas estas, los medios de comunicación se afanan en tergiversar las verdades, las opiniones. La tendencia a manipular las formas de pensar es el nuevo modo de dominar.

Si tan solo tuviésemos una bola mágica para avizorar qué tan cerca nos hallamos del fin, quizá fuésemos un poco más precavidos, más responsables y menos desinteresados.

Hay muchas causas —no por ello bélicas o abiertamente políticas— que necesitan de una dedicación activa: ¿cuántos animales sin hogar necesitan de ayuda, de cobijo, de protección?, ¿cuántos árboles se podrían plantar para contrarrestar el calor que nos agobia?, ¿cuántas personas sin amparo necesitan a alguien con quien conversar, o con quien sentirse menos solos? Cuba es un país que envejece de manera galopante, ¿cuántos ancianos son víctimas de la soledad y de la emigración de sus familiares?

Nada, absolutamente nada de este mundo, nos es ajeno. Siempre podemos cambiar algo, por muy pequeño que sea, para mejor. En un jardín, en un parque, en la propia casa, en la cotidianidad de alguien cercano. La vida, también, es agradecida.

Todo tiene una causa y una consecuencia: con más interés en la vida, quiero pensar —ya lo considero un pensamiento casi utópico—, tal vez podríamos apreciar con más detenimiento la lluvia caer, o sentirnos más humanos tras un acto que regocije. La vida, a fin de cuentas, solo es una.

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