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Al pensar en el cardenal Jaime Ortega, lo recuerdo como mi arzobispo, con quien tenía relaciones de trabajo, como su médico de cabecera y como un amigo de la casa, a quien mi esposa, mis hijos y yo veíamos como alguien bien cercano en los afectos.
Después de una larga vacancia de la sede del arzobispado de La Habana, en 1981 Jaime Ortega es nombrado arzobispo de la capital. Fue uno de los momentos más gratos que recuerdo, porque después de venir de la provincia de Cienfuegos, donde había trabajado con mi familia en la puesta en marcha del nuevo hospital Dr. Gustavo Aldereguía, una de las cosas primeras que me dijo el cardenal fue: «Mucho gusto en conocerte, tengo la impresión de que tendremos que conversar mucho toda la vida».
Así fue. Me vi envuelto con él en el trabajo del Encuentro Nacional Eclesial, (ENEC), de 1986, y más tarde, como fruto de un aggiornamento de la Iglesia cubana a los nuevos tiempos que se avecinaron, en la compleja tarea, junto al entonces Nuncio Apostólico en Cuba, hoy cardenal Beniamino Stella, de fundar el Instituto de Bioética Juan Pablo II, el primero de su tipo en el país y al cual, creo yo, Cuba le debe una interesante forma de evangelizar la cultura cubana desde la Iglesia, para toda la sociedad. Lo que llamamos capilaridad.
Mi labor como presidente de la comisión médica de Cáritas Cuba, la puesta en marcha del Instituto de Bioética y mi trabajo como intensivista, constituyen tres aspectos que al mismo tiempo debí realizar con esfuerzo y tesón. Fueron más de veinte años de encuentros y coincidencias con el arzobispo, y también de desencuentros ocasionales, que terminaban en la búsqueda de alternativas viables en la cruda realidad cubana.
Uno de sus consejos que no olvido es este: «Recuerda siempre: el ser de la Iglesia en Cuba es el estar». Ahora, en el otoño de mi vida, le agregaría: sí, un estar responsable en mi realidad.
Cuando el cardenal se dirigía a mí, sobre todo en los últimos años, tenía varias formas de hacerlo. La primera era cuando me llamaba Médico. Entonces, ya sabía lo que deseaba abordar. A veces me decía Zamora y, por supuesto, no reclamaba la presencia del facultativo, y en ocasiones me llamaba René, entonces debía saber que reclamaba la presencia del amigo, del confidente, a quien le expresaba también vivencias íntimas fruto de sus reflexiones o de los reales problemas personales de la vida cotidiana.
Encuentro cara a cara con la enfermedad
Casi como si fuera ayer, recuerdo cuando en una reunión de la Academia Pontificia por la Vida dentro del Vaticano, un amigo arzobispo latinoamericano se me acercó y me dijo: «Tu Cardenal te anda buscando y se encuentra conmigo hospedado en el Agustinianum». Inmediatamente salí de aquel recinto y llegué junto a él, ya que solo estaba a pocas cuadras de donde me encontraba, así que, flanqueando la posta de la guardia suiza, podía acceder ante su presencia. Se sentía mal. Después de un detallado interrogatorio y de un examen físico minucioso, ya tenía una hipótesis diagnóstica que todo médico debe poseer para comenzar su trabajo.
Muchas personas dicen que los médicos somos herederos por lo menos de la intuición, lo que algunos llaman «el ojo clínico, o el olfato médico», que parte de un intento aproximativo de llegar a la enfermedad, después de mucho tiempo realizando el oficio.
Una vez de regreso en La Habana, lo llamé por teléfono y le mencioné la urgencia relativa de vernos. Entonces sucedió lo inesperado:
—Qué va, Médico, estoy tan bien con el remedio de tu abuela que me diste, que me voy para la playa a descansar unos días, siento que lo necesito.
—Cardenal, Ud. no se puede ir a la playa a descansar, necesitamos cuanto antes llegar a un diagnóstico.
Cuando comprendió que no debía marcharse, luego de algunos argumentos ofrecidos personalmente en su casa, aceptó comenzar el lunes de la siguiente semana a realizarse las pesquisas que, de común acuerdo, irían de lo simple a lo complejo, de lo menos invasivo a lo más invasivo y por fin de lo menos doloroso o cruento hasta donde se necesitara alcanzar.
Durante ese fin de semana preparé las condiciones para tener listo el lunes, en el hospital Hermanos Ameijeiras, a un elenco que abarcaba desde las más altas instancias de dirección, hasta imagenólogos, cirujanos, especialistas en laboratorio clínico y gastroenterólogos cuya línea de investigación fuera la hepatológica. Y llegó para todos el día de la verdad.
—Cardenal, usted tiene una enfermedad seria, pero hay dos noticias, una mala y otra buena —y no me dejó terminar.
—Tengo un cáncer ¿verdad?
Mi respuesta, que he aprendido a lo largo del tiempo, fue mirar a los ojos del paciente y bajar en silencio lentamente la cabeza. Hay preguntas que se hacen para nunca ser respondidas, y hay respuestas en las que el silencio es la forma paradigmática y elocuente de la expresión.
Otro momento de la verdad
En la praxis conocida del médico moderno y ante una gran responsabilidad facultativa, hay por lo menos cuatro formas de proceder: la palabra, el medicamento, la radiación y el bisturí. Muchos creen que la primera es la más inocua, pero no siempre es así debido a que hay palabras hirientes, que sólo son reversibles con otras palabras que nos hablen de perdón o de esperanza, según el caso.
El bisturí, al quitar una dolencia, deja para siempre en el cuerpo su resultado marcado de una manera inexorable. La radioterapia y el medicamento aspiran a solucionar, dentro de un límite de posibilidades, con la afectación menos dañina de órganos y sistemas. De lo que se trata siempre es de encontrar el camino mejor, mi paciente lo sabía y llegamos, mediante una conversación franca y serena, al siguiente acuerdo: nunca permitir dolor, siempre realizar un tratamiento lo menos cruento posible y por último luchar para alcanzar, en la medida de nuestras posibilidades, una calidad de vida, objetivo último de la finalidad más y mejor deseada. Entonces le aseguré que los recursos más eficaces estaban en dos lugares: Italia, porque allí conocía a un grupo de cirujanos que me brindaba una gran seguridad para alcanzar un tratamiento como lo deseábamos, y España, donde viven figuras prominentes del ámbito de la cirugía y la oncología, con ultra radio frecuencia.
Ya en Madrid, el Cardenal me dice: «Médico, todo menos el trasplante hepático». Supe entonces donde estaban su límite y mi posibilidad.
La suerte está echada
El deseo mayor de un médico cuando atiende a pacientes graves o terminales es mantener en ellos la esperanza, la posibilidad de brindar, en el momento adecuado, la conducta que esperan de nosotros. Por esta razón me mostré siempre disponible, porque cuando no se puede curar, lo que nos queda es aliviar, y cuando esto tampoco podemos lograrlo, debemos acompañar y consolar. Siempre he dicho que he encontrado pacientes incurables, pero jamás incuidables.
La medicina es ciencia, pero también es arte, porque posee la concreción de las ciencias y la magia del arte de la comunicación. De lo que trata en esencia, además de curar, es de brindarle al sufriente un sentido de su dolor, lo mejor que podemos hacer cuando llegue el momento de lo que yo llamo «la crisis de la esperanza».
En un paciente terminal, los médicos debemos convertir su dolor en su propio aliado, para lo que considero tres conceptos esenciales: el dolor físico, el sufrimiento como carencia de bienestar y de sentido, y el sufrimiento pleno con su sentido pleno.
Con mi paciente, pude lograr esto, que experimentara el sentido de su dolor, que también yo mismo había asumido en la reflexión, y en la oración personal. Juntos, y en presencia de la hermana Cándida, fiel y buena compañera, pudimos buscar un camino, consistente en escuchar en silencio, «saber estar», encontrar un sentido a su dolor aun desde la experiencia de lo antinatural.
El desenlace y el encuentro con lo esperado
Durante nuestra estancia en Madrid, tuvimos el servicio desinteresado y valioso de dos médicos de primer nivel en Europa que nos ayudaron a contribuir a prolongar la vida del cardenal con toda la calidad posible. Sin embargo, esto pudo ocurrir gracias al concurso de las hermanas del Amor de Dios, algunas de las cuales ya conocíamos en La Habana, que nos brindaron la mitad de un piso con tres habitaciones, una capilla privada, una sala, un recibidor, una cocina-comedor y hasta un salón de reuniones.
Me llamó mucho la atención que, en medio del tratamiento, mi paciente nunca dejó de hacer una reflexión sobre el Evangelio del día. Cuando habíamos logrado algunos resultados llegó un reclamo desde Roma: deberíamos ir al Vaticano para un encuentro final con el Papa Francisco.
No fue fácil ir. Los tres facultativos que estábamos a cargo no nos poníamos de acuerdo. Entonces tomé la decisión que me tocaba debido a mi doble condición de médico de cabecera y miembro responsable del equipo, tras asumir las razones médicas, eclesiales y humanas del viaje. Preparé al cardenal para el traslado, con los requisitos necesarios, y una tarde partimos a la Ciudad Eterna al encuentro definitivo con Roma, que él deseaba con fervor, convencido de que sería su último tránsito hacia la eternidad.
Nunca me reprocharé este viaje, aún con sus riesgos calculados. Los detalles del encuentro con el Santo Padre los obvio por respeto a ambos, pero sí creo que se logró lo que los dos esperaban. Sabíamos todos que ese sería, como cardenal, su último encuentro con la Sede de Pedro, ya que el regreso a La Habana era inminente. No debía partir definitivamente lejos de su Isla, de su Iglesia a la que dedicó toda su vida, y todo su tiempo. Así lo hicimos, no sin riesgos y preocupaciones, pero con las mejores posibilidades y los recursos terapéuticos que poseíamos.
Nunca quiso ingresar, en la medida de lo posible, ni convertir su habitación en una Unidad de Cuidados Intensivos. Entonces, tras regresar a La Habana, y con la colaboración del director de mi hospital, le preparamos allí una habitación temporal. Cuando el cardenal regresó a su casa, encontró lo necesario que precisaba su atención, y constató las buenas condiciones para su vigilancia, con enfermeros intensivistas y equipamiento para atenderlo en todas sus necesidades materiales y espirituales, entonces me miró sonriente y, con un poco de reproche, me dijo: «Te saliste con la tuya».
Mis conclusiones
Poder observar el testimonio de alguien tan cercano que ama a su patria, a su Iglesia y una obra por la cual luchó, en ocasiones comprendida, a veces no del todo, nos llena de esperanza y nos ofrece la posibilidad de comprender que trató de ser coherente con Dios y consigo mismo. Quienes estuvimos a su lado, percibimos los retos que se presentan al final de la vida, y lo que el Señor nos tiene preparado, experiencias no vividas aun, que esperan nuestra voluntad y la fortaleza espiritual para confiar en alguien que siempre nos perdona, nos ama y nos espera.
Lo mencionado no es un concepto, es una persona y tiene un nombre que reclama ofrenda y oblación: Jesucristo. Es lo que mi amigo, el cardenal Jaime Ortega, encontró como colofón de su existencia, con la mayor coherencia que pudo lograr.
* El doctor René Zamora Marín es especialista de segundo grado en Medicina Interna y en Emergencias Médicas y Cuidados Intensivos, profesor consultante del Hospital Hermanos Ameijeiras y director del Instituto de Bioética Juan Pablo II, en Cuba. Miembro Ordinario de la Academia Pontificia por la Vida, Santa Sede.


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