Monseñor Jaime y el subsecretario adjunto

Por: Alejandro Martínez Rodríguez (alejandro.mcf@gmail.com)

El cardenal Ortega le dedicó a Alejandro un ejemplar de su libro Encuentro, diálogo y acuerdo, sobre el proceso de restablecimiento de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba, en el cual él mismo participó, escogido.
El cardenal Ortega le dedicó a Alejandro un ejemplar de su libro Encuentro, diálogo y acuerdo, sobre el proceso de restablecimiento de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba, en el cual él mismo participó, escogido.

Eran alrededor de las tres de la tarde del lunes 11 de marzo de 2013 cuando el cardenal Jaime Ortega y yo atravesamos juntos la Plaza de San Pedro. Caminábamos en dirección al Instituto Patrístico Agustinianum, ubicado detrás del «brazo izquierdo» de la Columnata de Bernini, en el Vaticano. Veníamos de almorzar con el padre Jorge Luis Pérez Soto y nos esperaba una larga conversación. Había que aprovechar esa tarde libre, pues al día siguiente se iniciaba el cónclave para la elección del nuevo Papa.

Ese «traspasar» tan venerable espacio acompañando al arzobispo de La Habana caló en mí con tal hondura, que la noche en que fue anunciada la elección del santo padre Francisco no sentí la necesidad de bajar a la Plaza. Lo celebré y lo agradecí desde la residencia universitaria.

En esa época estudiaba Teología en la Universidad de Santo Tomás de Aquino (Angelicum) de Roma, y me disponía a abandonar la congregación de los Padres Misioneros de la Caridad, de la que fui miembro, y regresar a la capital cubana, mi ciudad natal.

Con el pasar de los años, monseñor Jaime, ya retirado de su cargo a la cabeza de la Arquidiócesis de La Habana, me pidió sustituir por períodos de dos a tres meses, entre 2016 y 2019, a su secretario, Nelson Crespo, durante los viajes de éste a España por motivos académicos. Esto conllevaba compaginar mi labor de bibliotecario en el Centro Cultural Padre Félix Varela, en el antiguo Seminario San Carlos y San Ambrosio, con el de asistente personal del Cardenal. En tono jocoso solía llamarme «el subsecretario adjunto». Así, parafraseando a Teresa de Ávila, el Señor escribió recto en mis renglones torcidos y me concedió la gracia de colaborar con Su Eminencia hasta aproximadamente un mes antes de su fallecimiento.

Algunos de sus más cercanos colaboradores coincidimos en que conocimos al hombre Jaime, con todo lo que ello implica: virtudes y defectos, alegrías, sufrimientos, caprichos, enojos, audacia, magnanimidad, visión de futuro, una gran inteligencia y capacidad de liderazgo. Nos deleitamos con su pasión por la música, el arte, la cultura, la meteorología, los idiomas y el buen comer.

Damos fe de su entrañable amor a Cristo y a la Iglesia, a Cuba, sus padres, su familia, a los amigos, los pobres, niños, adolescentes y jóvenes, enfermos y ancianos, matrimonios y comunidades cristianas. No se le escapaban rostros ni nombres, y fue siempre respetuoso y preocupado por aquellos que trabajaban en su casa, tanto en el Arzobispado de La Habana como en su posterior residencia del Centro Cultural.

Me llamó la atención que Monseñor tenía plena conciencia, dentro de los límites humanos, de su ser de pastor, y vivió como tal. Su fecundo ministerio episcopal no solo alcanzó al Pueblo de Dios, sino a tantos cubanos dentro y fuera de la isla, incluidos respetables hombres y mujeres de buena voluntad provenientes de disímiles naciones, de lo cual fui testigo.

Después de su muerte se llegó a aseverar que «grande es Dios y no Jaime». Y esa afirmación me retrotrajo a mi época de novicio, cuando uno de nuestros formadores, muy cercano en su momento a la Madre Teresa de Calcuta, y en ocasiones, a Juan Pablo II, comentó: «Ambos sabían muy bien quienes eran». De ahí que la grandeza de su vocación no los aplastara ni los hiciera replegarse sobre sí mismos, porque venía de Dios y en Dios se sostenía, experiencia de la que hace eco la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios: «Mi gracia te basta, pues mi fuerza se realiza en la debilidad» (Cfr. 2 Co 12,9).

Gracias al testimonio de muchos sacerdotes, religiosos y religiosas, fieles laicos y personalidades de la cultura y la política, ha sido abordado desde diversos ángulos el perfil biográfico del cardenal Ortega. Comparto tres breves anécdotas, cargadas de cotidianidad, sentido del humor y entrega.

 

Alma Redemptoris Mater

Terminado el desayuno, monseñor Jaime se dirige al recibidor, que servía a la vez de oficina de su secretario. Yo estaba elaborando un documento en la computadora. Después de darme los buenos días, se sienta frente a mí a la distancia de un buró de caoba y me dice:

—Alejandro, mijo, ¿tú te sabes esa antífona mariana de Completas, Alma Redemptoris Mater?

—Sí, Monseñor.

—(Inicia él cantando) A-a-a-a-alma Redemptoris Mater…

—(Lo secundo) quae pervia caeli porta manes et stella maris…

Apenas terminado el himno, continúa él con un bolero, pasamos a «Ay, mamá Inés», y rematamos con la misma solemnidad del principio cantando: Salve Regina, Mater Misericordiae.

 

El anillo cardenalicio

Corrían los días del ingreso del Cardenal en el piso 19 del Hospital Hermanos Almeijeiras, a principios de junio de 2019. Si bien no había perdido su fortaleza de espíritu y carácter, estaba débil y necesitaba ser asistido. Una mañana tuvo necesidad de ir al baño y me pidió que lo acompañara. Al terminar, le tomé las manos e hizo que le retirara su anillo. Mientras se las lavaba, sentí como si estuviéramos en la misa y el acólito vertiera agua sobre las manos del sacerdote, una vez presentadas las ofrendas de pan y vino en el altar. Me dije a mí mismo, como si hablara con él: «Monseñor, nunca te serví en el altar. Hoy lo estoy haciendo». Y regresamos al cuarto.

 

El birrete rojo

Durante el rito de creación de nuevos cardenales, el Papa coloca el birrete sobre la cabeza del nuevo cardenal y dice: «Esto es rojo […] y significa que estás preparado para actuar con fortaleza hasta el punto de derramar tu sangre […]».

En los meses cercanos a su muerte, el cardenal Jaime Ortega hizo alusión más de una vez a la libre entrega de Cristo, al tomar como referencia el Evangelio según San Juan 10, 17-18: «Por eso me ama el Padre, porque doy mi vida para recobrarla de nuevo. Nadie me la quita; yo la doy voluntariamente».

Rememoro así la primera noche en casa, una vez terminado el ingreso en el Almeijeiras. Un enfermero y yo lo bañamos en su cama. Contemplaba su cuerpo y pensaba para mis adentros que esta persona tan vulnerable era nuestro Cardenal, desprovisto de cualquier ornamento y aplauso, a semejanza de su Señor crucificado y de tantos otros padres, tíos, abuelos, niños discapacitados y enfermos terminales postrados en el anonimato de cualquier hogar cubano.

En monseñor Ortega conocí a un hombre de virtud probada, que, en términos paulinos, engendra esperanza, «y la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado» (Cfr. Rm 5,5).

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