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Tras la muerte del Papa Francisco, la película de la que más se ha hablado en los medios occidentales de los últimos tiempos es Cónclave, una coproducción del Reino Unido y EE.UU. realizada el pasado año por el cineasta alemán Edward Berger.
El reparto internacional está muy bien seleccionado y lo encabeza el reconocido actor inglés Ralph Fiennes, secundado por los probados norteamericanos Isabella Rosellini, Stanley Tucci, John Lithgow y el italiano Sergio Castellito.
Hay que ponderar la calidad estética de la cinta. Sin ser una película de novedades narrativas o estilísticas, sabe urdir una trama de suspense, con continuos y creíbles giros que mantienen en vilo al espectador, aun si no está interesado en el tema expuesto: la elección del próximo pontífice de la Iglesia católica por parte del Colegio de Cardenales.
Otro punto a su favor es que representa con objetividad la polarización ideológica en la Iglesia de hoy —no solo en el alto clero— que llega incluso a niveles de enfrentamiento, al colocar a los creyentes en varios sectores del amplio espectro socio-político que vive Occidente, donde las posturas en cuanto al aborto, la reivindicación femenina, la inmigración, la intersexualidad o el caótico orden mundial, suelen enfrentar a los cristianos con diferencias irreconciliables que, a la postre, pueden afectar la propia identidad y esencia del cristianismo, pues ponen en entredicho el sentido de hermandad en la fe.
Baste como botón de muestra las posiciones antagónicas entre dos católicos en las más recientes elecciones norteamericanas: el presidente saliente, Joe Biden, y el vicepresidente actual, J.D. Vance. Esta confrontación es representada en el filme por varios cardenales: los que desean —en la tradición del Concilio Vaticano II— un diálogo con el mundo, aunque se arriesguen a perder parte de las raíces, liderados por el cardenal Aldo Bellini (Stanley Tucci), secundado por el cardenal decano Thomas Lawrence (el protagonista, Fiennes), frente a los que opinan que se ha ido muy lejos y por tanto lo mejor es volver a las esencias, con el riesgo de quedarse a la zaga de las corrientes de pensamiento del mundo actual. Esta vertiente está liderada por el cardenal Gofredo Tedesco (Sergio Castellito), apoyada por el cardenal Joshua Adeyemi (Lucian Msamati).
Si la película tiene momentos en que se subrayan en demasía sus intenciones, aspecto que se nota en los reiterados parlamentos de los cardenales exponiendo sus posturas ideológicas, un detalle muy bien cuidado, quizás el más sutil, estriba en representar los cambios ocurridos en la jerarquía católica de la última década. Cambios evidenciables en la vida real: el empoderamiento femenino encarnado en Sor Agnes (Isabella Rosellini) a quien se le nota autoridad y hasta poder en los asuntos de la Curia Romana, y quien, en la película, desempeña un papel fundamental en el desenlace del Cónclave.
El ascenso del catolicismo norteamericano y del africano representados por diversos cardenales votantes hace que no sea casual que, en el filme, el carmelango sea estadounidense, el cardenal Joseph Tremblay, más que influyente en la elección, ni es un capricho que el candidato que aparece como favorito en un principio sea Adeyemi. En su reverso, la película presenta acertadamente el declive del catolicismo latinoamericano, —declive que, curiosamente, coincide con el pontificado del primer papa de nuestra región.
Tampoco es caprichosa la no aparición en el filme de ningún cardenal latinoamericano relevante, junto al descenso de la otrora fuerte conferencia episcopal italiana. Bellini sabe que, cuando más, es un «hacedor de pontífices», mientras que en un intento desesperado por revertir la elección, Tedesco afirma que le «toca el turno a un cardenal italiano».
¿Dónde están los problemas de este filme que han causado la intervención de varias figuras del catolicismo internacional? En la representación de los cardenales al ejercer la labor a la que han sido convocados, más parece que están en una elección secular que en la búsqueda del sucesor de Pedro. En las elecciones papales hay oposiciones y preferencias, lo cual es entendible porque se trata de una elección, y esto se acentúa en medio de la polarización que vive el catolicismo.
Pero de que la mayoría de los cardenales presentes en las últimas elecciones papales se ha dejado inspirar por el Espíritu hablan por sí mismo los resultados: De Pío XII a Francisco, todos los pontífices electos han sido respetados y reconocidos en el mundo cristiano, el de otras religiones y el secular. La mayoría reconocidos santos por la propia Iglesia.
El otro problema es que al representar las diferencias ideológicas de los prelados, hay una evidente falta de matices casi maniquea: los que se alinean a la «derecha» son presentados como autoritarios intolerantes y hasta manipuladores, mientras los alineados a la «izquierda» son presentados como moderados y buscadores de consenso. Por no hablar de la falta de lo esencial: el espíritu fraterno que supera las diferencias ideológicas y que, en la película, se ve muy poco.
El discurso excesivamente titubeante del cardenal Lawrence al inaugurar el Cónclave, que parece sacado de una película de Ingmar Bergman sobre el silencio de Dios, no se aviene con el espíritu que, en general, muestra la jerarquía católica en el mundo actual. La duda es parte de la fe, pero la mayoría de los purpurados actuales sabe que está en horas bajas, en cuanto a membresía e influencia en el mundo actual, aunque confían en que forman parte de ese pequeño resto de la promesa de Jesús: Lucas 12- 32-34.
Fue una sorpresa la carrera cinematográfica de esta película: Festival de San Sebastián, Festival de Mar del Plata, nominada al premio Oscar a la mejor película. Se sabe que el hecho cristiano interesa poco en los circuitos de los grandes festivales y eventos cinematográficos, donde, en aras de un supuesto respeto inclusivo para todos, se desecha lo religioso y es, paradójicamente, discriminatorio. ¡Ah!, si hay escandalo o crítica todo puede cambiar.
El final de esta película es lo peor, no solo por improbable, sino porque parece sacado de una chistera, es un guiño nada disimulado a la cultura woke*, lo cual explica la distribución y aceptación de esta película en tantos circuitos.
De todos modos, que una película que gira, básicamente, sobre unos cardenales a puerta cerrada tratando de elegir un nuevo Pontífice haya sido un éxito de taquilla en Occidente, y su transmisión haya aumentado, considerablemente, tras la muerte de Francisco, dice del interés por lo religioso, por más que la mayoría de los grandes distribuidores de cine intenten ignorarlo.
Nota
* Woke es un término originado en la comunidad afroamericana de Estados Unidos para referirse a quienes se enfrentan o se mantienen alerta frente al racismo, y a lo largo del tiempo ha tenido otros usos. Pero a partir de 2020, fue una manera de denominar a movimientos e ideologías de izquierda percibidos agresivos, a veces responsables de censurar opiniones discrepantes mediante la llamada cultura de la cancelación.
En la foto, una escena de la película Cónclave.

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