Alocución, 29 de mayo de 2022, Ascensión del Señor

Por: Arzobispo de La Habana, cardenal Juan de la Caridad García

Alocución, 29 de mayo de 2022, Ascensión del Señor
Alocución, 29 de mayo de 2022, Ascensión del Señor

Hoy, domingo 29 de mayo, domingo de la Ascensión, se lee en todas las iglesias católicas, como primera lectura de la Biblia, el libro de los Hechos de los Apóstoles, capítulo 1, versículos 1 al 11.

 

(EVENGELIO)

 

El Señor Jesús, quien estuvo nueve meses en el seno materno de la Virgen, y fue amamantado, cargado, cuidado, enseñado por la Virgen y ayudado por san José, y después, a los 30 años predicó el evangelio, se alegró con los que reían, lloró con los que lloraban, fue apresado, maltratado, flagelado, coronado de espinas, crucificado, resucitado, sube al cielo y regresa a la Casa de Dios Padre.

No deja solos a sus apóstoles, sus discípulos, sus seguidores.

Les promete el Espíritu Santo, fuerza de lo alto, consolador, abogado defensor y así los temerosos seguidores de Jesús serán testigos, predicadores, maestros, servidores de la Caridad e irán instaurando en medio de todos, un reino de paz, concordia, fraternidad y continuarán la misión de Cristo como iglesia, familia, comunidad.

Nosotros vamos por el mismo camino de Cristo. Nueve meses en el seno materno, protegidos y defendidos por nuestra madre, padre, abuelos, familia. Amamantados, cargados, bañados, atendidos, educados, guiados por mamá, papá y la familia.

El día que conocimos a Cristo quedamos cautivados por su persona, enseñanza, reino, Iglesia. Y hacemos lo mismo que Él: anunciar el evangelio, enseñar las verdades de Dios, de la Iglesia, de la persona humana, tratar al prójimo como al mismo Cristo, cargar nuestros sufrimientos y los ajenos en paz. Ha habido muchas dificultades, pero el Espíritu Santo nos ha defendido. El último día de nuestras vidas queremos decir: Todo está cumplido. “He combatido bien mi combate, he luchado con valor, he conservado la fe y el amor y los he sembrado en mi familia. Solo me queda recibir el premio prometido por mi Dios, llegar a la casa del cielo para unirme a los santos y difuntos y cantar con ellos para siempre y desde allí rezar por los míos hasta que nos encontremos en la Casa de Dios Padre, que es también la casa de Dios Hijo”.

Nuestra vida va haciendo el mismo itinerario de Jesús.

 

(CANTO)

 

Un grupo de turistas estaba visitando una fábrica de pianos.

El guía les mostró un primer salón donde estaban cortando la madera. Luego, otro salón donde fabricaban las distintas partes del piano.

Más adelante estuvieron en un tercer salón, donde lijaban y barnizaban el piano ya terminado.

Y finalmente entraron a un cuarto salón, donde un músico, sentado frente al piano, lo afinaba y se escuchaban preciosas notas.

La diferencia entre el primer salón y el último es la que hay entre la semilla sembrada y el fruto del árbol, es la diferencia entre lo que soy hoy y lo que me puedo convertir.

¿En cuál de los salones me encuentro?

¡Qué pena me dan aquellos que no cantan pues se mueren con la música por dentro!

 

(CANTO)

 

Hoy en todas las iglesias católicas se lee el evangelio de Lucas, capítulo 24, versículos 46 al 53.

 

(EVANGELIO)

 

El Papa nos dice:

 

“Esto es dar testimonio de Jesús, y vale más que mil palabras y que muchos sermones. El testimonio de la paz. Preguntémonos si, en los lugares en los que vivimos, nosotros, los discípulos de Jesús, nos comportamos así: ¿Aliviamos las tensiones, apagamos los conflictos? ¿Tenemos una mala relación con alguien, preparados para reaccionar, para estallar, o sabemos responder con la no violencia? ¿Sabemos responder con palabras y gestos de paz? ¿Cómo reacciono yo? Que cada uno se lo pregunte.

Cierto, esta mansedumbre no es fácil: ¡Qué difícil es, a todos los niveles, desactivar los conflictos! Aquí viene en nuestra ayuda la segunda frase de Jesús: Les doy mi paz. Jesús sabe que nosotros solos no somos capaces de custodiar la paz, que necesitamos una ayuda, un don. La paz, que es nuestro compromiso, es ante todo don de Dios. En efecto, Jesús dice: “Les doy mi paz, pero no como la da el mundo” (v. 27). ¿Qué es esta paz que el mundo no conoce y que el Señor nos dona? Esta paz es el Espíritu Santo, el mismo Espíritu de Jesús. Es la presencia de Dios en nosotros, es la “fuerza de paz” de Dios. Es Él, el Espíritu Santo, quien desarma el corazón y lo llena de serenidad. Es Él, el Espíritu Santo, quien deshace las rigideces y apaga la tentación de agredir a los demás. Es Él, el Espíritu Santo, quien nos recuerda que junto a nosotros hay hermanos y hermanas, no obstáculos y adversarios. Es Él, el Espíritu Santo, quien nos da la fuerza para perdonar, para recomenzar, para volver a partir, porque con nuestras solas fuerzas no podemos. Y con Él, con el Espíritu Santo, nos transformamos en hombres y mujeres de paz.

Queridos hermanos y hermanas, ningún pecado, ningún fracaso, ningún rencor debe desanimarnos a la hora de pedir con insistencia el don del Espíritu Santo que nos da la paz. Cuanto más sentimos que el corazón está agitado, cuanto más advertimos en nuestro interior nerviosismo, intolerancia, rabia, más debemos pedir al Señor el Espíritu de la paz. Aprendamos a decir cada día: “Señor, dame tu paz, dame el Espíritu Santo”. Es una hermosa oración; ¿la decimos juntos?: “Señor, dame tu paz, dame el Espíritu Santo”. No he oído bien, otra vez: “Señor, dame tu paz, dame el Espíritu Santo”.

Y pidámoslo también para quienes viven junto a nosotros, para quienes encontramos todos los días y para los responsables de las naciones.

Que la Virgen nos ayude a acoger al Espíritu Santo para ser constructores de paz”.

 

(CANTO)

 

El estudiante canadiense Terry Fox perdió una pierna, pues tuvo cáncer a los huesos. Sólo le quedaban unos años más de vida y quería usar este tiempo de la mejor forma posible.

Terry decidió correr y atravesar Canadá, así que invitó a personas que le sirvieran de auspiciadores en la carrera y donaran ese dinero a las investigaciones para el cáncer. Por espacio de dieciocho meses, él se entrenó con una pierna ortopédica. El 12 de abril de 1980 mojó su pierna en el Océano Atlántico y empezó su carrera, llevando en su bolsillo las promesas de los auspiciadores por encontrar la cura del cáncer.

Cuatro meses y tres mil millas más tarde, Terry sufrió un desmayo. El cáncer había invadido sus pulmones. Cuando la noticia se propagó en Canadá, la ayuda empezó a llegar al hospital. Antes que Terry falleciera, se había recolectado 24 millones, una suma significativa de dinero para las investigaciones del cáncer.

Pero esta increíble historia de coraje continúa. Donald Marrs, de Cincinnati, también era una víctima de cáncer como Terry. Él se conmovió tanto con la historia que decidió terminar la carrera.

Donald empezó al sur de Chicago. Tres meses más tarde, llegó al Golden Gate Bridge en San Francisco. Estaba cayendo una llovizna cuando lo cruzó. Cuando Donald metió su mano en el Océano Pacífico, un arcoíris apareció en el cielo.

Esta inspiradora historia contiene un mensaje muy importante. Terry empezó su noble obra en la tierra, y no la concluyó. Nosotros somos como Donald Marrs. Se nos ha invitado a coger el batón de mando de Jesús y terminar su obra. Esto es lo que significa la fiesta de la Ascensión: el paso del batón de mando de Jesús a sus seguidores.

 

Señor, que el espíritu y poderío de Tu presencia resucitada, llenen mi corazón con el deseo de completar la noble obra que Tú empezaste.

 

Espíritu Santo, llena mi corazón con la llama de tu amor. Anega mi mente con la luz de tu verdad. Dame tu aliento, Espíritu de Dios, para que yo solo piense aquello que es santo. Empújame, Espíritu de Dios, para que yo solo haga aquello que es santo.

Fortaléceme, Espíritu de Dios, para que yo conserve sólo aquello que es santo.

Guíame, Espíritu de Dios, para que nunca pierda aquello que es santo.

 

(CANTO)

 

Marbelys llevó a su nieto Javier de 5 años al concierto de un famoso pianista con la esperanza de que el pequeño se entusiasmara con la música.

La abuela se puso muy contenta al ver que podrían sentarse ella y su niño en las primeras butacas.

Allí se encuentra con una vieja amiga, Aida. Se ponen a conversar animadamente y no se da cuenta de que el niño se ha alejado curioseando por todos los rincones.

Apagaron las luces y el público quedó en silencio. La luz bañó el escenario y sólo entonces la abuela se percató de que su nieto estaba tocando al piano una popular melodía. Ella no podía creer lo que estaba viendo. Sin tiempo para llamarle la atención al niño, apareció el Gran Maestro pianista en el escenario, quien, acercándose al piano, le susurró al pequeño: Sigue tocando, y se sentó a su lado y lo acompañó tocando juntos.

Ambos cautivaron al público. Al terminar, un sonoro e interminable aplauso se sintió en toda la sala.

Años más tarde, el público había olvidado las piezas que el pianista había tocado solo, pero sí recordaba la que tocaron juntos el niño y el Gran Maestro.

La imagen de un profesional y un niño principiante al piano es una imagen magnífica del Espíritu Santo y la Iglesia que se unen para componer una preciosa melodía.

Sólo somos una chispa, pero con el Espíritu como fuego.

Solo somos una cuerda, pero con el Espíritu somos lira.

Sólo somos instrumento, pero con el Espíritu somos orquesta.

 

(CANTO)

 

Así rezaba el cacique Tomás Nube Blanca, de la tribu Oyibuey-Canadá.

Oh Padre Dios, cuya voz me llega en los vientos y cuyo aliento da vida al mundo entero: Óyeme.

Soy un hombre ante ti, uno de tus muchos hijos. Soy pequeño y débil.

Necesito tu fortaleza y tu sabiduría.

Hazme caminar en la belleza y haz que mis ojos contemplen siempre los atardeceres de rojo y púrpura.

Haz que mis manos respeten las cosas que Tú has creado.

Afina mis oídos para oír tu voz.

Hazme sabio para conocer las cosas que Tú le has enseñado a mi pueblo, las lecciones escondidas por ti en cada hoja y en cada roca.

Busco fortaleza, Padre, no para ser superior a mis hermanos, sino para poder luchar contra mi más grande enemigo: Yo mismo.

Mantenme siempre listo para llegar a ti con manos limpias y ojos rectos, para que cuando mi vida se esfume como el sol en el ocaso, mi espíritu pueda llegar a Ti sin vergüenza. Amén.

 

La bendición de Dios para poder constituir cada vez más una bella familia, una bella Iglesia, un bello pueblo. La bendición de Dios Todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre nosotros, sobre nuestras familias, sobre nuestros amigos y vecinos y permanezca para siempre… Amén.

 

(Canto)

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