Séptimo Domingo de Pascua

Por: padre Jose Miguel González

Palabra de Hoy
Palabra de Hoy

La Ascensión del Señor

 

29 de mayo de 2022

 

“Galileos, ¿qué hacen ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que ha sido tomado de entre ustedes y llevado al cielo, volverá como lo han visto marcharse”.

 

Y “todo lo puso bajo sus pies”, y lo dio a la Iglesia, como Cabeza, sobre todo.

 

“Ustedes son testigos de esto”.

 

Lecturas

 

Primera Lectura

Lectura de los Hechos de los Apóstoles 1, 1-11

En mi primer libro, querido Teófilo, escribí de todo lo que Jesús hizo y enseñó desde el comienzo hasta el día en que fue llevado al cielo, después de haber dado instrucciones a los apóstoles que había escogido, movido por el Espíritu Santo. Y ascendió al cielo. Se les presentó él mismo después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo, apareciéndoseles durante cuarenta días, hablándoles del reino de Dios.
Una vez que comían juntos, les ordenó que no se alejaran de Jerusalén, sino: “aguarden que se cumpla la promesa del Padre, de la que me han oído hablar, porque Juan bautizó con agua, pero ustedes serán bautizados con Espíritu Santo dentro de no muchos días”.
Los que se habían reunido, le preguntaron, diciendo:
“Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?”

Les dijo:
“No les toca a ustedes conocer los tiempos y los momentos que el Padre ha establecido con su propia autoridad; en cambio recibirán la fuerza del Espíritu Santo que va a venir sobre ustedes y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y ‘hasta los confines del mundo’”.
Dicho esto, a la vista de ellos, fue elevado al cielo, hasta que una nube se lo quitó de la vista. Cuando miraban fijos al cielo, mientras él se iba marchando, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron:
“Galileos, ¿qué hacen ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que ha sido tomado de entre ustedes y llevado al cielo, volverá como lo han visto marcharse”.

 

Salmo

Sal. 46, 2-3. 6-7. 8-9

  1. Dios asciende entre aclamaciones; el Señor, al son de trompetas.

Pueblos todos batan palmas, aclamen a Dios con gritos de júbilo;
porque el Señor es sublime y terrible, emperador de toda la tierra. R.

Dios asciende entre aclamaciones; el Señor, al son de trompetas;
toquen para Dios, toquen; toquen para nuestro Rey, toquen. R.

Porque Dios es el rey del mundo; toquen con maestría.
Dios reina sobre las naciones, Dios se sienta en su trono sagrado. R.

 

Segunda Lectura

Lectura de la carta del Apóstol San Pablo a los Efesios 1, 17-23

Hermanos:
El Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, les dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo, e ilumine los ojos de su corazón para que comprendan cuál es la esperanza a la que les llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, y cuál la extraordinaria grandeza de su poder para nosotros, los creyentes, según la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo, por encima de todo principado, poder, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido, no sólo en este mundo, sino en el futuro.
Y “todo lo puso bajo sus pies”, y lo dio a la Iglesia, como Cabeza, sobre todo. Ella es su cuerpo, plenitud del que llena todo en todos.

 

Evangelio

Final del santo Evangelio según San Lucas 24, 46-53

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
“Así está escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se proclamará la conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén.
Ustedes son testigos de esto. Miren, yo voy a enviar sobre ustedes la promesa de mi Padre; ustedes, por su parte, quédense en la ciudad hasta que se revistan de la fuerza que viene de lo alto”.
Y los sacó hasta cerca de Betania y, levantando sus manos, los bendijo.
Y mientras los bendecía, se separó de ellos, y fue llevado hacia el cielo.
Ellos se postraron ante él y se volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios.

 

Comentario

 

Celebramos, casi al final del tiempo pascual, la solemnidad de la Ascensión del Señor a los cielos. Una vez más, Jesús sorprende a sus Apóstoles con un hecho insólito, inesperado, pero cargado de significado para ellos. Como en tantas ocasiones se ven superados por lo que acontece y tendrán que asimilarlo poco a poco, con la ayuda del Espíritu Santo. ¿Qué aconteció? Atestiguado por los Evangelios y por el libro de los Hechos de los Apóstoles, se nos narra que Jesús, después de haber resucitado de entre los muertos, después de haberse aparecido en distintas ocasiones y circunstancias al grupo más cercano de discípulos, un día les reunió de nuevo y, despidiéndose de ellos, ascendió a los cielos hasta desaparecer del alcance de sus miradas.

Hemos de poner la atención primero en el hecho en sí y, después también, en el mensaje que lo acompaña. La ascensión de Jesús a los cielos es el hecho en sí que culmina todo su decurso en la tierra desde el momento de su encarnación y nacimiento, pasando por su vida oculta en Nazaret y su vida pública al servicio del Reino, y que concluyó con su pasión, muerte y resurrección. Con la ascensión se unen definitivamente lo humano y lo divino para toda la eternidad; Dios Padre glorifica a su Hijo hecho hombre y, a la vez, su humanidad se incorpora a la gloria del Dios eterno. En la humanidad de Cristo glorificada a la derecha del Padre, también está representada nuestra propia humanidad; Cristo, con su encarnación se ha unido en cierto modo con todo el género humano, y con su glorificación nos enseña a todos que nuestra plenitud está en la eternidad del Dios Padre bueno que nos ha creado por amor y que nos espera al final de nuestros días.

Ciertamente nuestra estancia en esta tierra tiene un límite de tiempo, al igual que lo tuvo la de Jesús. Pero Dios no nos ha creado para la muerte sino para la vida, como seres eternos, ciudadanos del cielo. Cristo ha ido delante para prepararnos sitio, para señalarnos el camino, para iluminar nuestra vida con una esperanza nueva, para mostrarnos el significado de la existencia humana.

En este sentido, lo que San Pablo decía a los Efesios, se nos dice hoy a cada uno de nosotros… que el Señor nos conceda la sabiduría necesaria para entender esto, que ilumine los ojos de nuestro corazón para comprender cuál es la esperanza a la que nos ha llamado desde toda la eternidad, desde que nos pensó y nos creó; que nos prepare a acoger la riqueza de gloria que nos dará en herencia a los discípulos de su Hijo, desde “la extraordinaria grandeza de su poder para nosotros, los creyentes, según la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo”. Dios Padre ha querido constituir a su Hijo encarnado, Jesucristo, Cabeza de la humanidad nueva, al cual le está sometido todo. Cabeza también de la Iglesia que es su Cuerpo y que somos nosotros los bautizados, y que como tales participamos de su glorificación, en la esperanza de llegar un día a su plenitud.

Verdaderamente este acontecimiento nos invita a mirar al cielo y al futuro, depositando en Cristo glorioso toda nuestra confianza. Pero tal mirada no puede desconectarnos de la tierra y del presente sino todo lo contrario, porque mientras llega ese momento el mismo Jesús nos ha dejado una gran tarea, la de ser sus testigos.

Así pues, Jesús se va, pero al mismo tiempo se queda, pues promete a los discípulos el don de su Espíritu Santo y el regreso al final de los tiempos. Inaugura Cristo el tiempo de la Iglesia, en el que vivimos ahora, tiempo en el que está en medio de nosotros en un modo nuevo y distinto, pero no por ello menos real y eficaz. Él sigue siendo el agente principal de la evangelización de los pueblos por medio de la acción de su Espíritu Santo en todos los que pretendemos ser sus discípulos misioneros.

En nuestro aquí y ahora, Cristo mismo nos urge a evangelizar, primero que todo viviendo con coherencia su Evangelio, para al mismo tiempo anunciarlo con el testimonio de la propia vida y, por supuesto, con la palabra; nos urge a iluminar las mentiras y contradicciones de nuestro mundo, a diluir los engaños en los que naufragan nuestras sociedades, a comprometernos como Él lo hizo en la transformación de nuestro mundo en un mundo más humano, esto es, más cristiano, tal como lo sueña Dios y lo soñamos todos los que creemos en Él. Tremenda tarea que sigue adelante inacabada en la historia de cada pueblo a través de la presencia de Cristo en su Iglesia. Sintámonos humildemente orgullosos de ser partícipes de ella y dejémonos impulsar por su Espíritu hacia nuevos derroteros y desafíos en las realidades emergentes. Evangelicemos pues sin miedo, Él nos ha prometido su poder y su presencia.

 

Oración

 

Oh Señor Jesús, envíanos cada día y acompáñanos siempre.

A veces, Señor, parece que nos has dejado solos.

La nostalgia nos invade, las dificultades nos pueden, los peligros nos acechan por todas partes y no sabemos cómo reaccionar ante tanta injusticia y mentira.

Oh Señor Jesús, envíanos cada día y acompáñanos siempre.

Necesitamos sentir tu mano sobre nuestro hombro, tus pies compartiendo nuestro mismo camino, tu palabra explicándonos la vida, tu poder rompiendo las barreras.

Oh Señor Jesús, envíanos cada día y acompáñanos siempre.

No permitas que mirando al cielo nos olvidemos de la tierra que pisamos, del hermano pobre y descartado, de la mujer violentada y abandonada, de los niños que pasan hambre, de los enfermos y olvidados.

Oh Señor Jesús, envíanos cada día y acompáñanos siempre.

Tampoco permitas que, enfangados en los barros de este mundo, perdamos la perspectiva celeste y eterna que Tú nos has marcado, el camino del cielo, tu llamada a la plenitud en Ti.

Oh Señor Jesús, envíanos cada día y acompáñanos siempre.

Como bautizados queremos sentir que cada día nos envías a ser testigos de tu Evangelio, a compartir tu Verdad con los hermanos, a realizar el bien entre nuestros semejantes… acompañados siempre de tu presencia silenciosa y todopoderosa.

Oh Señor Jesús, envíanos cada día y acompáñanos siempre.

Que tu Madre María, que es Madre de la Iglesia, cuyo mes estamos celebrando, nos guíe y proteja como lo hizo con tus primeros discípulos en la misión de anunciar el Evangelio a todos los pueblos para que el Reino de Dios se haga realidad. Amén.

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