Cosas de curas

Por: ONITOAN

¡Hermano, agua!

Quien esto gritaba, enjabonado, a las cinco de la mañana en el convento del Carmen habanero era el padre Clemente o Teodoro Becerril, cuando le cortaban el agua de la ducha en la que se bañaba. ¿Quién era? Nada más y nada menos que nuestro querido hermanito Andrés, de quien escribí en el número anterior.

Pero para comprender la medida, parte en broma y parte castigadora, del hermanito Andrés, es necesario hablar a los lectores de Palabra Nueva del padre Clemente, a quien le dediqué el segundo o tercer artículo de esta sección, hace ya dos o tres años. El padre Clemente fue uno de esos curas extraordinarios que son necesarios hoy. Pienso que con cinco como el padre Clemente se resolvería la evangelización de la capital cubana. ¡Qué buen ejemplo para los cura de ahora! En pocos sacerdotes he conocido el celo apostólico que animaba a Clemente el del Carmen, como muchos lo conocían. Pocos sacerdotes extranjeros tuvieron el amor a Cuba y el deber sacerdotal por ella que tuvo el padre Clemente, quien, con un cáncer terminal atendido en España, quiso morir en Cuba.

Cuando su madre agonizaba en España, el Gobierno le garantizaba el permiso de salida del país, pero no el de entrada; ante eso, el padre prefirió quedarse en Cuba y no darle el último beso a su madre. Esto ocurrió a fines de la década de 1980. Eso solamente tiene un nombre: vocación sacerdotal.

Sin embargo, todos los hombres, de la Virgen María para abajo, tenemos un lado oscuro. La Biblia, con la ciencia de un psicólogo del siglo xxi, lo describe en el siglo vi antes de Cristo (Jeremías 17,9-10).

¿Cuál era la limitación del padre Clemente? Su talante colérico, el que se le fueran los pestillos ante algo mal hecho, exigente en los defectos. (Que lo digan algunos de sus feligreses, que lo extrañan como párroco del Carmen).

El hermanito Andrés era súbdito del padre Clemente, quien fue su Superior durante casi todo el tiempo que ambos estuvieron en Cuba. La suerte es que no hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo resista…

El hermanito Andrés salió definitivamente de Cuba a finales de los años noventa para morir en España el 4 de noviembre del 2009 y el padre Clemente, dos años más tarde, el 25 de febrero del 2011. Cuando su féretro salía por la puerta central de la iglesia del Carmen, una voz de la muchedumbre exclamó: ¡Viva el padre Clemente! Una ovación que duró algo más de cinco minutos ininterrumpidos se oyó a todo lo largo de la calle Infanta entre San Miguel y Neptuno. Así despedían los feligreses y varios vecinos del barrio de Cayo Hueso a quien por casi cincuenta años había sido su párroco: El León de Castilla, como algunos llamaban al padre Clemente, en alusión a la región de España donde está situada la provincia de Palencia, de donde era natural fray Clemente del Sagrado Corazón.

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