
«El Señor es mi pastor, nada me falta». Salmo 23
Con su mensaje de acompañamiento y protección, la parábola de la oveja perdida marcó el ambiente en la basílica menor y santuario diocesano de Nuestra Señora de la Caridad, en La Habana, durante las Bodas de Plata del padre Ariel Suárez Jáuregui, quien, de esa manera, envió a la comunidad la señal de asistencia que todo cristiano espera de su pastor.
En el mensaje que guarda esa parábola del Evangelio de San Lucas, está la importancia inigualable de la compañía, no importa la tristeza o condición social de la persona, y para ello solo basta recordar la preocupación de Jesús por los marginados y pecadores, y su decisión de salir en su búsqueda para acompañarlos.
Las emociones que un sacerdote puede experimentar mientras celebra sus veinticinco años de ejercicio pastoral frente a cientos de feligreses en el templo donde suelen encontrarse, solo las siente él. Sin embargo, es posible asomarse a su mundo interior a través de las expresiones que su rostro va exhibiendo a medida que transcurre la misa.
El padre Ariel, con cincuenta y un años de edad, tuvo esa experiencia en uno de los templos más simbólicos de La Habana, el de la Patrona de Cuba, desde donde sirve a su comunidad religiosa enseñando la fe y donde recibió con entusiasmo la gratitud de quienes enriquecen la vida en el contacto con su pastor.
Es probable que durante el resto de su carrera sacerdotal tenga otros instantes tan intensos como ese, pero esta es una marca espiritual irrepetible: celebrar veinticinco años de comunión con Dios y con los hombres y mujeres que confían en él, porque lo sienten como guía.
El efecto benefactor de la alegría y la esperanza de los mensajes durante la misa, a la que asistió el nuevo nuncio apostólico en Cuba, monseñor Antoine Camilleri, se sintió en una multitud que empezó a llegar desde temprano a la parroquia. Muchos feligreses, antes de sentarse, se acercaban a una imagen de la Virgen de la Caridad del Cobre a la entrada de la iglesia para pedirle su intercesión en alguno de sus apremios personales o familiares, algo que los cubanos hacen todo el año.
Santo, santo, santo, santo es el Señor,
Dios del Universo, Santo es el Señor
En su contacto con los feligreses, durante la misa, el padre Ariel confesó tener muchos motivos para dar gracias a Dios, entre ellos la posibilidad de intentar, al menos, ser un pastor que interpela y busca, establece con los demás un amor personal y reparte alegría.
Casi al final de la misa, el nuncio, Camilleri, se mostró complacido al participar, como representante de la Santa Sede, en la alegría por el cuarto de siglo de sacerdocio de Ariel Suárez, a quien trasmitió la bendición del Santo Padre.
En una misa larga que mantuvo todo el tiempo la atención de los feligreses, no faltó la oración por los cubanos, como pueblo que merece vivir unido, en la paz y la prosperidad, sin necesidad de emigrar.
En ese momento, implícito un mensaje de apoyo y compañía de la Iglesia católica a los cubanos, pareció regresar el espíritu de la parábola de la oveja perdida y las palabras de Jesús a los fariseos y escribas que se quejaban de que se relacionara con publicanos y pecadores: «¿Qué hombre de vosotros, teniendo cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto, y va tras la que se perdió, hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, la pone gozoso sobre sus hombros; y al llegar a casa, reúne a sus amigos y vecinos, diciéndoles: “Gozaos conmigo, porque he encontrado mi oveja que se había perdido”. Os digo que así habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos que no necesitan de arrepentimiento» (Lc 15,4-7).
Una celebración similar a la de la basílica menor de Nuestra Señora de la Caridad tuvo lugar este jueves en la capilla de las Siervas de María, en El Vedado habanero.












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