
El sistema sanitario en Cuba atraviesa uno de sus períodos más críticos, con una escasez aguda de medicamentos e insumos y una sostenida migración de personal calificado. Sin embargo, para comprender su profundidad es necesario ir más allá del inventario de carencias materiales.
Ante una situacion de «sindemia» —la concentración de dos o más epidemias o brotes de enfermedades en una población, como ocurre en la Isla—, la Doctrina Social de la Iglesia (DSI) emerge no como un recetario, sino como un marco ético y antropológico para pensar en caminos de solución allí donde la medicina no llega, pues el núcleo de esta doctrina es una concepción de la persona que trasciende cualquier reduccionismo estadístico o ideológico.
El principio base es la dignidad inalienable de la persona humana, creada a imagen de Dios, y no como concesión del Estado o la sociedad. De ella se deriva el derecho fundamental a la salud, como subrayó el Concilio Vaticano II (Gaudium et Spes, 26).
La imposibilidad de acceder a un tratamiento, la degradación de las condiciones hospitalarias o la angustia familiar ante una enfermedad no atendida, son vulneraciones directas a esta dignidad. La DSI obliga a ver, detrás de cada cifra, el rostro concreto del enfermo, cuyo valor absoluto está por encima de cálculos utilitarios.
Desde esta premisa, el principio del bien común adquiere relevancia crucial. Definido como el conjunto de condiciones sociales que permiten a las personas y grupos alcanzar su plenitud, tiene en la salud pública un componente insustituible. La crisis actual evidencia una grave fractura en este bien común.
Un sistema sanitario debilitado mina la productividad, ahonda las desigualdades, erosiona la confianza y la convivencia, y pone en riesgo la voluntad popular, el contrato social.
La escasez extrema ubica bajo lupa los mecanismos de distribución. A nivel interno, plantea interrogantes éticos insoslayables sobre la equidad y prioridad en la asignación de los escasos recursos. La disparidad entre las inversiones en sectores como el turismo y la salud pública cuestiona las verdaderas prioridades nacionales.
Historias cotidianas de personas cuya salud se deteriora por la falta de un medicamento o un procedimiento postergado indefinidamente son la prueba más elocuente de esta fractura entre contrato social y visión económica.
A nivel global, el principio del bien común confronta la inhumanidad de cualquier política, como el embargo económico, que obstruya deliberadamente el flujo de medicamentos e insumos médicos esenciales. Convertir la salud en un instrumento de presión política es una afrenta a la dignidad humana colectiva.
Sin embargo, los principios de solidaridad y subsidiariedad ofrecen un marco para la acción concreta. La solidaridad, entendida como la «determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común» (Papa Juan Pablo II, Sollicitudo Rei Socialis, 38), exige una respuesta colectiva ante el sufrimiento. No es compasión pasiva, sino compromiso activo.
La subsidiariedad complementaria postula que las instancias superiores (el Estado, la comunidad internacional) no deben absorber o anular la iniciativa de las instancias inferiores (la familia, la comunidad local, la sociedad civil). Su máxima es: «Estado hasta donde deba, sociedad hasta donde pueda».
En el contexto cubano, donde la iniciativa estatal ha sido tradicionalmente omnipresente, este principio sugiere la urgente necesidad de abrir espacios legítimos para que la sociedad civil organizada participe de manera activa y sin obstáculos en la respuesta a la crisis sanitaria, apoyando, suplementando y proponiendo soluciones.
Esta crisis es un recordatorio de que la salud es bienestar integral, físico, psíquico y social. La Doctrina Social de la Iglesia ilumina este drama, y propone un camino ético que comienza por reconocer el rostro del prójimo en cada persona que sufre.
La salud es un derecho, no un privilegio, lo advirtió el Papa Francisco. Garantizarlo para todos en Cuba es una tarea ética ineludible y un paso necesario hacia una auténtica civilización del amor, en la que nadie sea abandonado en el camino del dolor.

Faccia il primo comento