Domingo XVI del Tiempo Ordinario

Por: padre José Miguel González Martín

Palabra de Hoy
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Palabra de Hoy

17 de julio de 2022

“Sólo una cosa es necesaria”, le dice Jesús a Marta en la Palabra de Dios de hoy. Y Jesús no lo especifica, quizás porque era evidente. Marta estaba muy ocupada en tener todo a punto para que nada fallase ni faltase a tan ilustre Huésped. María, sin aparentemente hacer nada, se había ocupado de escuchar y quizás también dar conversación a Jesús. La escena, el diálogo y el contexto provocan varias reflexiones.

La primera de ella es aprender a distinguir lo necesario de lo superfluo. No es nada fácil, sobre todo en la sociedad actual en la que las necesidades se crean a partir de una falsa idea del bienestar. Recuerdo la frase de aquel santo que decía: “Para vivir, necesito poco, y lo poco que necesito, lo necesito poco”. El apego a las cosas, a las realidades pasajeras y efímeras, nos esclaviza y nos despersonaliza. Cuánto tiempo perdido y esfuerzo en vano empleamos en ellas. Lo verdaderamente necesario para cada ser humano es querer y sentirse querido, amar y sentirse amado. Los cristianos sabemos que, en Cristo, Dios Padre nos ha dado amado primero; y, en Cristo, nos ha invitado a que nos amemos como Él nos ama. ¿Habrá algo más necesario?

La segunda es aprender a distinguir entre las cosas y las personas. Hay muchas cosas buenas e importantes que nos ocupan tiempo y esfuerzo, pero más importante es atender bien a las personas, a quienes el Señor, o la vida, o las circunstancias, nos ponen delante. Es bueno que nos esforcemos para que todo salga bien, pero tal empeño no puede sustituir o suplantar la centralidad de la atención y el cuidado de los hermanos. Las cosas se pueden reponer, arreglar, repetir, posponer… pero el encuentro con las personas no. A veces las ideologías, los estilos, las espiritualidades nos separan y distancian de aquellos a quienes Dios ha puesto en nuestro camino. Y preferimos anteponer estas cosas a la persona que las profesa. Cada persona es valiosa es sí misma, en cuanto que cada uno hemos sido creado a imagen de Dios; su valor está por encima de cualquier otra creatura por muy buena que sea. Decirle a quien tenemos delante, “eres tan importante para mí como lo eres para Dios, independientemente de tu raza, credo, procedencia, o forma de pensar” libera el alma, humaniza las relaciones, elimina controversias, da sensatez y cordura a nuestras conversaciones y ocupaciones.

La tercera es valorar la hospitalidad no sólo como ejercicio de solidaridad o caridad con el hermano que necesita techo o comida, sino sobre todo como oportunidad de encuentro con el Señor que se nos manifiesta en el hermano pobre y necesitado. Abrahán le abrió las puertas de su tienda al Señor que pasaba y Dios le cambió la vida prometiéndole un hijo. El paso de Dios siempre fecunda nuestras vidas cuando nos abrimos a Él. Jesús cambió para siempre las vidas de aquellos amigos, Lázaro, Marta y María, que lo acogían como huésped en su casa cada vez que Él lo necesitaba.

Pidámosle al Señor estas tres cosas: saber distinguir lo necesario de lo superfluo, poner antes a las personas que las cosas, ser hospitalarios siempre porque en el huésped está el Señor.

Génesis 18,1-10
Colosenses 1,24-28
Lucas 10,38-42

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