
Cuando el papa Juan Pablo II lo nombró obispo auxiliar de Camagüey, el 15 de marzo de 1997, hace hoy veintinueve años, el sacerdote Juan de la Caridad García mostraba la prueba de que un ministerio humilde, basado en el acompañamiento humano y pastoral, es necesario y se hace sentir.
Luego, al recibir la ordenación episcopal, el 7 de junio de ese mismo año, con su lema Ve y anuncia el Evangelio, su entrega a la Iglesia y a Dios se sellaba más aún desde un ascenso eclesial que le planteaba retos profesionales, entre ellos el de acompañar al arzobispo al frente de la arquidiócesis de Camagüey.
Sin embargo, el rasgo tranquilo de su personalidad, el sosiego que lo distingue, lo acompañaron en su crecimiento pastoral, y cinco años después sustituyó al arzobispo, Adolfo Rodríguez Herrera, el mismo que lo había ordenado obispo, y antes sacerdote, en 1972. Se convirtió así en el arzobispo de Camagüey, el 10 de junio de 2002.
Desde entonces, hasta 2016, cuando el papa Francisco lo nombró arzobispo de La Habana, desempeñó varias responsabilidades, sin abandonar, según quienes lo conocen en la Iglesia, una vocación innata por acompañar a los demás.
Quizás, el sacerdote, el obispo camagüeyano, nunca imaginó, y tampoco lo deseó tal vez, verse como guía de la mayor arquidiócesis de Cuba, donde más sacerdotes hay, además de parroquias. Si a eso se suman las algarabías —las reales y las ficticias— y las resonancias de la vida un tanto frívola que generan las grandes urbes, incluso atrasadas como La Habana, la llegada de Juan de la Caridad a la capital debe haber significado para él, cuando menos, un choque emocional, y el arranque de la añoranza por los pueblos tranquilos y sencillos donde creció, como persona y clérigo.
Como si su destino fuera asumir, y volver a asumir, responsabilidades, tres años después de empezar a guiar la arquidiócesis de La Habana, es creado cardenal por el propio papa Francisco, quien no dejó de aquilatar virtudes en un hombre que tal vez nunca antes se las reconoció a sí mismo.
Sorteando dificultades, creciéndose en un universo eclesial que, en determinados momentos, seguramente le pesó demasiado, el cardenal cubano, Juan de la Caridad García, ha cumplido diez años como arzobispo de la comunidad de católicos más nutrida de Cuba.
Como es un suceso, Palabra Nueva, la revista de la arquidiócesis de La Habana, ha querido consultar a sacerdotes, religiosas, laicos, sobre las huellas que monseñor Juan de la Caridad ha dejado en ellos, en su relación personal durante esta década.
El primero en responder la consulta es Ariel Suárez Jáuregui, el pastor del Santuario Diocesano y Basílica Menor de Nuestra Señora de la Caridad del Cobre, en el céntrico barrio de Centro Habana. Por escrito, respondió solícito estas preguntas, elaboradas por Palabra Nueva para cumplir con un deber periodístico elemental de la revista: servir a la Iglesia, a su comunidad de fieles y a los lectores.
En estos días, monseñor Juan de la Caridad García ha cumplido diez años como arzobispo de La Habana, acontecimiento que la Iglesia celebra. ¿Qué opinión tiene usted de este hecho?
Estoy muy contento y agradecido al Señor de que el arzobispo de La Habana en estos últimos diez años haya sido el cardenal Juan de la Caridad García Rodríguez. Monseñor Juan es un hombre de Dios, anclado en Dios. Es un creyente, un cristiano antes de saberse sacerdote, obispo y cardenal. Y eso para mí es muy importante.
¿Cómo valora su labor al frente de la arquidiócesis de La Habana?
Hay varias cosas que a mí me impactan profundamente del arzobispo: su vida de oración, su humildad y sencillez sin fingimientos ni poses, su increíble disponibilidad para servir, su amor concreto a los más pobres, los enfermos, los necesitados. Y hay otra cosa imprescindible, creo yo, para ser un buen obispo: lo sabemos el pastor de todos los sacerdotes y de todos los fieles, no de un grupo o facción. Podrá tener como todos, su sensibilidad particular y la conocemos por sus obras, pero no impone su estilo ni sus opciones a nadie. Creo que él siente que tiene que ser muy santo, para que sus curas y fieles laicos anhelemos la santidad que vemos cotidianamente en él. Es muy discreto al hablar y emitir juicios; y esto también es bueno. Su boca no conoce la maledicencia, mucho menos el chisme o la murmuración. Esas cualidades lo convierten en un testigo eminente del Evangelio de Jesucristo. A mí me da mucha alegría y confianza tener un arzobispo tan de Dios y tan del pueblo, de los humildes y los pobres.
¿Es la de La Habana una arquidiócesis compleja para ser su pastor?
La Habana es una arquidiócesis compleja por ser la más grande de Cuba en cuanto a número de habitantes, sacerdotes, parroquias, obras pastorales. Por ser la capital del país, es la sede del Gobierno central, de la Nunciatura Apostólica y las representaciones diplomáticas. El mundo cultural, académico, científico tiene una irradiación mayor en La Habana que en el resto del país. Sabemos que monseñor Juan se siente más a gusto entre la gente de a pie, las comunidades sencillas donde se vive el Evangelio con pasión y amor. Pero no renuncia a sus responsabilidades, incluso en aquellos ámbitos que pueden serle más difíciles. Hay que destacar su defensa de la familia, del matrimonio, de la vida desde el seno materno. Creo que las grandes alegrías de su corazón pastoral tienen mucho que ver con la animación de las familias a vivir en concordia, armonía, fe y amor.
¿Cómo ha sido su relación personal con el arzobispo?
Mi relación con el arzobispo es muy buena. Él es muy asequible y todos los sacerdotes tenemos acceso muy fácil a él. Me he sentido siempre animado en mi trabajo pastoral por él. Conversar con él es muy agradable. Nunca hay tensión con él, ni en sus visitas a mi parroquia, ni en diálogos personales o en momentos en que he necesitado su consejo, su sugerencia o su permiso para alguna propuesta que le haya hecho. Siempre ha dicho sí, cuando le he pedido que venga a la Caridad o que me acompañe en alguna celebración ecuménica. Por no hablar de las tantas veces en que me ha hecho de chófer, para ir a alguna celebración o a las reuniones de la Asamblea plenaria de la Conferencia episcopal. Es increíble y «envidiable» su capacidad para servir, compartir con generosidad y hacer el bien. Tiene «debilidad» por las religiosas, pues sabe que están en la primera línea de combate de la caridad y el servicio a los pobres… y tiene razón en cuidarlas, sostenerlas y acompañarlas con tanto cariño.






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