Perdón en tres actos

Por: Gustavo Borges (gusanapau@gmail.com)

  1. Un abrazo al piloto Plummer

Veinticuatro años después de que una bomba le quemara el sesenta y cinco por ciento del cuerpo en la guerra de Vietnam, Kim Phuc le cambió la vida al aviador estadounidense John Plummer, uno de sus victimarios, con una frase de amor: “Te perdono, por eso estoy aquí”.

La historia de la mujer llena de cicatrices con el militar, protagonizada en Washington DC en 1996, debe ser una de las demostraciones de perdón más genuinas del siglo xx, un acto alejado de los egos y de las actitudes de quienes claman venganza, en la política, la sociedad, las relaciones o en las redes sociales.

Kim era una niña de nueve años el 8 de junio de 1972. Jugaba en el patio de un templo en la aldea vietnamita de Trang Bang, cuando las llamas del ataque aéreo coordinado por Plummer fueron a dar a su brazo izquierdo y luego se extendieron por su delgado cuerpo.

El fotógrafo Nick Ut, corresponsal de la agencia AP, tomó la foto del momento cuando la pequeña, despojada de ropas, gritaba por el dolor. La imagen, ganadora del premio Pulitzer, se convirtió en un documento de denuncia, un antes y después de la guerra porque la imagen de la niña vulnerable hizo tomar conciencia a decenas de miles de estadounidenses, unidos para clamar por el cese de la guerra.

Kim fue sometida a numerosas cirugías. El napalm traspasa la piel y la muchacha debió soportar dolores imposibles de describir con palabras. Le cortaban los tejidos muertos y alguna vez se desmayó. Pensó en el suicidio, se lamentó de su mala suerte, hasta que dejó de asumirse como víctima. Recuperada, se fue a estudiar medicina a La Habana, donde conoció al joven Bui Huy Toan, a quien no le importó su cuerpo marcado y le pidió ser su novia.

En Vietnam insistieron en convertirla en símbolo. La joven deseaba ser doctora, curar a muchas personas, pero se sentía utilizada. Pudo sentir lástima de ella misma y lo hizo al principio, sin embargo, prefirió tomar la vida por los cuernos y en una escala en Gander, Canadá, de regreso de su luna de miel en Moscú, pidió asilo junto a Huy Toan.

La emigrada se acercó a Dios, más o menos por el mismo tiempo en que la culpa lanzó a Plummer por un precipicio. El soldado cayó en el alcohol, perdió su matrimonio y en los días peores sintió merecer la muerte por la imposibilidad de lavar sus manos manchadas de sangre.

En Canadá la pareja de vietnamitas procreó dos hijos. Según confesó a los medios, al cargarlos en brazos, la mujer vio diluirse el rencor y decidió dedicar su vida a ayudar a niños necesitados, lo cual realiza hace más de veinte años con su fundación.

No fue una decisión fácil. Kim se acercó a Jesús, pero al mirar su cuerpo roto se sintió incapaz de llevar a la práctica el mensaje “ama a tus enemigos”. Muchas oraciones después, conocedora del amor total que significa la maternidad, entendió que en 1972 no había tenido la oportunidad de elegir, pero esta vez sí. Entonces aceptó viajar en 1996 a Washington y encontrarse con Plummer, quien le pidió mirara a sus ojos, a ver si podía detectar el horror enquistado en su alma en los últimos veinticuatro años.

—¿Me perdonas? —preguntó el soldado.

—Por eso estoy aquí —respondió Kim.

  1. Óleo del perdón total

La parábola del hijo pródigo, que forma parte del Evangelio de san Lucas en el Nuevo Testamento, es una de las más conmovedoras de la Biblia, la más clara acerca del significado del perdón.

Un hombre le da la mitad de la herencia al menor de sus dos hijos, quien vende su parte y con el dinero emigra a otro país, donde tiene una vida loca con mujeres, fiestas y excesos, mientras su hermano permanece en casa, donde obedece al padre.

Arruinado, el chico de mala cabeza regresa al hogar. Al verlo, el padre ordena a sus criados vestirlo con la mejor ropa, ponerle un anillo y sandalias en los pies. Al acercarse a su casa luego de una jornada en el campo, el mayor de los hermanos escucha música y averigua con un criado la causa de tanta algarabía. Al saber los detalles, enojado le reclama al padre: “¿Tú sabes cuántos años te he obedecido y no me has dado ni siquiera un cabrito para una fiesta con mis amigos? En cambio, ahora llega ese hijo tuyo que gastó el dinero en putas y cocinas para él un becerro”.

“Hijo mío, tú siempre estás conmigo y todo lo que tengo es tuyo. Pero ahora es justo hacer fiesta y alegrarnos porque tu hermano, que estaba muerto, ha vuelto a vivir, se había perdido y lo hemos encontrado”, respondió el hombre.

Si el perdón verdadero es algo similar a intentar recordar un sueño y no poder conseguirlo porque se diluyó en nuestra mente, la parábola del hijo pródigo es la madre de todas las imágenes acerca del arte de perdonar.

Rembrandt, uno de los maestros de la pintura barroca, pintó entre 1663 y 1665 un lienzo para recrear la historia de la Biblia. Siglos después, el sacerdote neerlandés Henri Josef Machiel Nouwen escribió el libro El regreso del hijo pródigo, meditaciones ante un cuadro de Rembrandt, acerca del óleo que está expuesto en el museo Hermitage, en Rusia.

El libro, que recorre los caminos del perdón a partir del óleo de Rembrandt, disecciona la parábola desde el punto de vista del hijo menor, descarriado, del mayor, obediente, y del padre. Si asume la joya literaria de Nouwen con una mentalidad abierta, un lector despierto estará en condiciones de llegar a una conclusión clara: el perdón es ver la luz en vez del cuerpo; perdonar es ver más allá del error. Si dices, te perdono eso que me hiciste, sigues viendo el error. Sólo perdonas si no ves el error, si asumes que no hay nada que perdonar.

III. Cultivo una rosa blanca

Lastimada por la pirotécnica verbal de las redes sociales y de los políticos que, sin importar qué ideas, apuestan al sentimiento de tribu, nuestra Cuba vive tiempos de división y falta de empatía por quien piensa diferente. Un cubano emigrado es para los radicales en favor de la revolución un gusano, un ser despreciable y el discurso oficial lo aborrece porque en su lenguaje sectario, el que se fue no está en contra del gobierno, está en contra de Cuba.

Del otro lado no es diferente. Un cubano de Miami que insista abrazar a su hermano residente en Cuba corre el riesgo de ser tachado de comunista, el calificativo más ofensivo por aquellos lares. Y en el medio de los extremismos la bandera es la figura del más universal de los cubanos: José Martí.

¿Y si mejor estudiamos la vida y obra del más grande de todos nosotros? ¿Y si en vez de usar a Martí en los discursos manipuladores, nos detenemos en ese verso sencillo suyo que conocemos desde primaria, en el que el ser de luz nacido en la calle Paula le ofrece una rosa blanca a quien le arranca el corazón?

No se puede hablar de Martí si no se le vincula con el amor, con la libertad, con la compasión, con la reconciliación. Y con el perdón.

Buen ejercicio sería en estos tiempos de exaltación de la tribu, en la que quien no piensa como uno es el enemigo, repetir una oración: “Cultivo una rosa blanca / En Julio como en Enero / Para el amigo sincero / Que me da su mano franca. / Y para el cruel que me arranca / El corazón con que vivo / Cardo ni oruga cultivo / Cultivo la rosa blanca”.1

Fue lo que hizo con el mensaje de Jesús la niña de la guerra de Vietnam. Tenía todas las razones para odiar, pero también el amor y la capacidad de perdón suficiente para entregarle una rosa blanca al piloto, al final otra víctima de la guerra, que le laceró el corazón con que vive. Ω

Nota

1 José Martí: Poesía completa, edición crítica en dos tomos, Ed. Letras Cubanas, La Habana, 1993, t. I, p. 276.

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