
En este mes de marzo la Iglesia Universal celebra la vida de San José, esposo de la Virgen María y padre adoptivo de Jesús. Aunque constituye una figura central en el cristianismo, poco se le menciona en el Nuevo Testamento, pues no fue un hombre de palabras sino de entrega y acción desde la voluntad de Dios.
San José nació en Belén y era descendiente de la casa de David, lo que cumplía la profecía de que el Mesías vendría de esta línea. Vivió en Nazareth, donde fue reconocido por su oficio de carpintero. Se comprometió con María, y cuando se enteró de su embarazo planeó separarse de ella en silencio para no avergonzarla; pero un ángel se le apareció en sueños y le dijo: “José, hijo de David, no temas recibir a María tu mujer, porque lo que en ella es engendrado, es del Espíritu Santo” (Mateo 1: 18-24). Al nacer Jesús escuchó la voz del Señor nuevamente en sueños, que lo mandaba a huir a Egipto para salvar al niño de Herodes y así partió para proteger a su familia.
Dios le dio la tarea de ser el protector de su más grande tesoro: Cristo, y los cristianos tienen la misión de compartir a ese Cristo y así salvaguardar el valor incalculable de la fe. La comunidad es la familia ampliada de los cristianos, y desde ella están llamados a vivir en fidelidad, confianza y escucha de Dios, como San José se debe pedir esa Gracia con fervor.
Su vida inspira a muchos padres de familia, a ser líderes amorosos, protectores y trabajadores incansables. He aquí la experiencia de Jorge Luis Pérez, de la parroquia del Sagrado Corazón de Jesús y San Ignacio de Loyola (Reina):
“(…) Mi relación con San José viene desde la niñez pues él es el patrón de mi pueblo, Güira de Melena. Cada fiesta patronal era para mí una ilusión, paseábamos la imagen hasta la glorieta, rezábamos juntos y cantábamos himnos. Estos recuerdos comenzaron a forjar mi relación estrecha con él. Durante mis estudios me encomendé a San José porque como decía Santa Teresa, nunca que me he encomendado a San José me ha negado una gracia.
Ya en mi vida familiar, él me ha acompañado en los buenos y malos momentos. Pues crear una familia con responsabilidad, compromiso y amor constituye un reto para cada padre y aún más si eres cristiano. Tengo dos hijas que he criado en épocas diferentes, le pedí a San José que tuvieran el don de la fe, esa fe inquebrantable que él tuvo para confiar y esperar en Dios. Que fueran afables, discretas y justas. En la partida física de mis seres queridos los he encomendado como abogado de la buena muerte. Siento que siempre que le he pedido su intercesión me ha puesto en contacto con Jesús y sus favores se han cumplido(…)”.
La capacidad de San José para aceptar la voluntad de Dios con fe y disponibilidad, incluso en las circunstancias más desafiantes, lo convierten en un ejemplo de fortaleza interior y resiliencia. Además, vivió en el anonimato y lejos de los reflectores, dedicándose por completo al bienestar de su familia. Su silencio no es un símbolo de pasividad, sino de reflexión y acción prudente. En un mundo donde a menudo se exalta lo ruidoso y ostentoso, la vida de San José reafirma el valor de la simplicidad, del trabajo honesto y el compromiso silencioso pero firme.
Que la vida de este santo nos inspire a caminar con humildad, a trabajar con dedicación y a confiar en los planes de Dios, aun cuando no los comprendamos del todo. Sigamos su ejemplo de amor incondicional y obediencia fiel, y recordemos que en las pequeñas acciones de cada día podemos reflejar la grandeza de su santidad.
Encomendémonos a él para construir familias y comunidades fuertes, unidas en el amor y dedicadas al servicio mutuo. ¡Como San José, hagamos de nuestra vida un regalo sincero para los demás y una alabanza constante a Dios!


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