Ecos sin fin de la música sacra

Texto y fotos de Mario Vizcaíno Serrat

El estudiante de piano Mauricio Núñez conversa con Palabra Nueva en el Centro Cultural Padre Félix Varela
El estudiante de piano Mauricio Núñez conversa con Palabra Nueva en el Centro Cultural Padre Félix Varela

Hace poco tiempo, Mauricio Núñez Cabrera se sentó por primera vez frente a un clavicémbalo a interpretar piezas que conocía de las clases en el Instituto Superior de Arte, donde las había tocado en el piano.

Hacerlo ahora en el instrumento para el que compositores de siglos anteriores las compusieron es algo que un músico en formación agradece como un regalo de Dios, que pudo disfrutar durante la reciente XI Semana de Música Sacra en La Habana.

En el Centro Cultural Padre Félix Varela, y en algunas iglesias de La Habana Vieja, todavía resuenan, un mes después de la última nota del último concierto, instrumentos y voces que dulcificaron oídos y apetencias artísticas.

En el segundo año de piano, Núñez Cabrera, de veintiún años de edad, aprovechó todo lo que pudo durante un taller de clavecín con la estadounidense Kathleen McIntosh, pues aunque no es su instrumento, nunca se sabe si en algún momento de su vida profesional tendrá que tocarlo, además de que es una oportunidad para su evolución musical.

Durante la semana de música religiosa, que el Centro Cultural impulsa cada año, apoyado en el Instituto de Música Sacra y Pedagogía Musical de Ratisbona, en Alemania, los jóvenes cubanos que acuden a los talleres de canto, composición y diversos instrumentos, son mejores músicos cuando termina el programa de clases y conciertos.

Profesores de Alemania, México y otros países vienen a La Habana a poner su grano de arena en un empeño por mantener viva la música sacra, y junto con maestros y músicos de Cuba, protagonizan unas jornadas que elevan el espíritu creativo a lo más alto. Sea cual sea la situación económica de la isla, o el ambiente social en La Habana, la Jornada de Música Sacra es un hecho año tras año.

En general, los estudiantes consideraban interesantes y útiles todos los talleres del programa, y algunos lamentaban no poder repartirse entre varios. Se les veía alegres, activos, con deseos de devorarlo todo. Para quienes estuvieron en el taller de Kathleen McIntosh, fue muy importante enfrentarse a un instrumento cuyas obras del repertorio barroco se tocan igualmente en el piano.

Por eso, para ellos resultó emocionante sentarse en el clavicémbalo a tocar piezas que ya habían ejecutado en clases, pero que originalmente fueron compuestas para el instrumento que ahora tenían delante, y con una gran instrumentista a su lado.

La única relación anterior de Mauricio Núñez con la música antigua ha sido en sus clases, cuando le ha tocado escuchar algunas misas de autores antiguos.

   ¿Disfrutas escuchar esta música?

—Independientemente de que nos toca hacerlo, se escucha de manera grandiosa.

Es ese –grandioso- el adjetivo que anima la actitud de estudiantes y profesores ante un arte en el que los propios músicos y estudiosos tienen diferencias de criterio sobre lo sacro. Para Kathleen McIntosh, por ejemplo, la música que escribió Joan Sebastian Bach es sacra, aunque por lo común no se mencione como tal. Lo importante, por supuesto, no es ese detalle: lo que hace únicas las Semanas de Música Sacra, bajo el amparo de la Iglesia católica, es el espíritu excepcional con que las acogen los músicos, sean estudiantes o profesionales.

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