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Desde sus orígenes, la Iglesia ha sido misionera por naturaleza. El gran encargo de Jesucristo a sus discípulos quedó registrado en Mateo 28,19-20, cuando les dijo: «vayan y hagan discípulos de todas las naciones». Esta misión ha sido llevada a cabo principalmente a través de la comunidad eclesial, que desempeña un papel protagónico en la difusión del Evangelio. La misión está en el corazón de la Iglesia y cada cristiano está llamado a anunciar el Amor del Padre.
Para que esta tarea se cumpla requiere de una pastoral misionera, es decir, que todas las pastorales estén impregnadas de la lógica misionera, donde haya actividades que destaquen de modo directo esta dimensión de la Iglesia.
Ser misionero no es privilegio de unos cuantos, sino deber y derecho de todos los bautizados. San Juan Crisóstomo, a finales del siglo iv d.C, dijo: «Cristo nos ha dejado sobre la tierra a fin de que seamos faros que iluminan, doctores que enseñan; para que cumplamos el papel de fermento, que nos comportemos como anunciadores entre los hombres…», ya que la misión no es solo una actividad sino una razón de ser.
Al considerar todo este contenido, el párroco de la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús y San Ignacio de Loyola, Eduardo García, en el 2019 convocó a la Comunidad para crear casas de misión en su entorno. ¡Qué difícil, en el centro de la capital con cuatro parroquias alrededor, en un barrio con muchas carencias, con un tejido social muy vulnerable y de fe sincrética!
Comenzaron nueve casas haciendo la novena de La Caridad. En las tres primeras se mantuvieron aproximadamente quince personas, más bien el núcleo comunitario, donde pedían insistentemente a la Madre que «los pusiera con Jesús» para que otros hermanos pudieran conocer el rostro misericordioso de Dios. A medida que pasaron los días, la afluencia aumentó: veinticinco, cuarenta y cinco, setenta y cinco, y ciento veinte personas que compartían con alegría su fe. Algunas anécdotas provocaban risa, y otras, llanto; pero siempre contenían un buen mensaje como certeza de la visita de Nuestra Madre.
Un hombre adicto al alcohol (algunos no querían que hablara) compartió sobre su madre enferma y pidió oración por ella y que la visitaran. Las embarazadas querían la bendición de sus vientres y luego trajeron a los recién nacidos para mostrarlos a la Madre en la parroquia. Otros visitaron la comunidad a menudo y con entusiasmo fueron acogidos. La víspera del 8 de septiembre fue una fiesta, la calle se cerró para orar y compartir vivencias, dulces y vino.
En el año 2020 llegó la pandemia y la experiencia se pasó para orar desde sus casas y balcones con el Padre Nuestro a las 9:00 pm (junto al aplauso en reconocimiento a la intensa labor del personal sanitario), de 150-170 personas se mantuvieron en este barrio de la ciudad, elevando su mirada, pidiendo, dando gracias y ofreciendo al Señor de la Misericordia para que otros lleguen a conocerlo. Los chats de WhatsApp se convirtieron en un espacio de encuentro, de impulso rejuvenecedor, de instrumento para orar, desear el bien, alegrarse con los que se iban recuperando… de búsqueda de la verdad, de caminos más justos y solidarios.
Cuando se permitió volver a reunirse, después de la Covid-19, estas casas se revitalizaron y actualmente en los tiempos de Navidad, Cuaresma, Resurrección y Pentecostés, cobran una vida especial donde se respira el aire de las comunidades primitivas y permiten a la parroquia una renovación cristiana y una intimidad ferviente con el Señor que da la vida para compartirla en fraternidad.
Para que una pastoral misionera sea atrayente, debe pasar de una experiencia que solo da o recibe a una misión compartida; de una misión asistencialista a otra promotora de la justicia y de la liberación integral; de una para compartir individuos a otra que también transforma la cultura; de una misión en superioridad de los que saben a una en la que la sencillez evangélica sea el centro; de una misión en conservación a una que fomente la creatividad; de una misión de seguridad a una de cruz y martirio; de una misión de ideologías a otra de testimonio; de alguna misión fundada en la actividad a una en la que cuentan más la oración y la contemplación activa.
Para este grupo misionero, los frutos han sido palpables por dentro y por fuera, el gran núcleo comunitario ha fortalecido su fe al irradiarla desde la alegría y el encuentro. ¡Así de grande es el Señor, que los ha sorprendido desde lo que creían que era imposible en Centro Habana!
Proclamar el Evangelio de Cristo y su amor es el sentido de toda dinámica misionera. Salir del entorno parroquial y adentrarse en los barrios, como Iglesia en salida, ser puente de luz desde las circunstancias que se viven, es un maravilloso reto y una gracia que solo Dios puede regalar a cada bautizado que experimenta los caminos de la fe.




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