La Virgen de la Caridad del Cobre: vuelos, caminos y migraciones

Por: Yunier Riquenes García

Hay muchas personas que van a los pies de la Virgen a pedir por salud, dinero, terminación profesional satisfactoria, ganar un campeonato deportivo o por la salida del país. Solo la Virgencita sabrá cuántas personas van a pedirle abandonar Cuba, unos con documentos oficiales y otros que se van cruzando a cuenta y riesgo.

A ella le toca ver la desesperación del hijo que se va en silencio y lleva a su madre a verla, y no le ha dicho que se va, que no regresa de ese viaje; o a la madre y la hija que sí saben que cruzarán las nubes sin tener fecha de regreso, pero madre e hija saben que es lo mejor para la familia. A ella le tocará ver a personas que se irán cruzando fronteras y atravesarán selvas y ríos, y cruzarán a nado, o esperarán la lancha al lado de la costa. Ella solo mira en silencio, y bendice.

Ella los ve llegar de amarillo y con ramos de girasoles. Cabellos cortados, muletas, fotografías, trofeos. Las promesas son diversas. Uno se la ha tatuado en la espalda a gran tamaño y otro la lleva en el brazo. Hay quien dice regresar y subir la escalinata de rodillas, y hay quien ofrece hacerle una escultura a cuerpo entero en algún lugar de su nueva casa. Están los que la llevan en estampas por todas partes. Ha visto a médicos, deportistas, científicos, estudiantes, ingenieros pidiendo por esa beca para irse a cualquier parte del mundo y los ha visto regresar antes del viaje y al regreso de las vacaciones. De cualquier color de la piel y de todos los oficios.

Ella sabe del dolor de los hijos, la falta de alimentos y medicinas, la falta de esperanza en un proyecto político. Sabe que la partida es a veces una aparente solución, la solución económica pero muchas veces el adiós definitivo a los seres queridos, a la familia. Ella conoce el dolor de los que se van y el de los que se quedan. Lo que piden los que se van y lo que piden los que se quedan.

Hace unos meses, en la Universidad Iberoamericana de México, el artista de la plástica venezolano Alexander Apóstol, otro emigrante, puso en galería Ser Latino es estar lejos. De eso escribí un texto del que retomo unos fragmentos. A Alexander le interesa interpelar la identidad latinoamericana, pasar por parte de la geografía migratoria de los que abandonan su hogar, de los que intentan tener una vida mejor y huyen a otros sitios. A veces no saben qué pueden encontrar, pero sí saben lo que hay en la posición de la que parten, saben lo que tienen que abandonar, de lo que tienen que despojarse, incluso en el recuerdo.

Cada coordenada desata emociones, cada historia en colectivo o en solitario, aquello que vieron los ojos, o lo que sufrió el territorio del cuerpo en cada travesía. Avión, bus, camión, tren, lancha, balsa, barco, canoa. A nado, caminando, corriendo, arrastrándose. Caminos, montañas, senderos. Lluvia, sequía, noches. Sed y hambre. Vida y muerte al paso.

En la exposición, un coro interpreta una plegaria, a modo de ruego, de búsqueda de perdón. Muchas personas que nunca creyeron, antes de partir fueron a los pies de la virgen, y aun allá en sus hogares madres y familiares prenden una luz y rezan una oración para que el viaje sea leve, para tener noticias. Un día sin tener noticias, allá de donde partieron es un milenio de tristeza. Mirando esa muestra de Alexander Apóstol fue inevitable no recordar las caravanas, los desplazamientos. Y pensé que cada uno de ellos recoge también la advocación mariana, la fe y la presencia de María en las Américas.

Hay personas que antes y durante el viaje buscan su manto protector: México, Nuestra Señora de Guadalupe; Argentina, La Virgen del Lujan; Bolivia, Nuestra Señora de Copacabana; Chile, La Virgen del Carmen de Maipú; Colombia, Nuestra Señora de Chiquinquirá; Costa Rica, Nuestra Señora de los Ángeles; Ecuador, Nuestra Señora del Quinche; Guatemala, Santa María del Rosario; Haití, Nuestra Señora del Perpetuo Socorro; Honduras, Nuestra Señora de Suyapa; Nicaragua, La Inmaculada Concepción de El Viejo (La Purísima); República Dominicana, Nuestra Señora de la Altagracia; El Salvador, Nuestra Señora de la Paz; Venezuela, Nuestra Señora de Coromoto, y Cuba, la Virgen de la Caridad del Cobre. Esta historia de la presencia de María en los migrantes latinoamericanos no está en la narrativa directa que propone Alexander. Lo encuentro yo escuchando el coro, la plegaria.

Tampoco olvido el documental Balseros y la banda sonora donde Lucrecia interpreta varios temas. En Ampárame, Lucrecia canta: «Caridad del Cobre, venme a socorrer, ampárame, mamá». Ese ruego se extiende entre cubanos que salen de la Isla. Muchos de los que emigran sobreviven a las ausencias y las distancias con la fe y la oración a la Virgen de la Caridad del Cobre. La llevan en estampas, tatuajes, llaveros. Le componen canciones o escriben diarios. Cuando les llega la nostalgia, la tristeza, una noticia de un familiar enfermo, se ponen de rodillas ante el altar o la imagen que veneran en la esquina de la habitación donde le mantienen un vaso con agua, una vela amarilla y tres girasoles.

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