
No hay dudas: son auténticas la vocación y la aptitud que se unen en el Centro Cultural Padre Félix Varela y otras instituciones de La Habana para abrazar a la música sacra, una modalidad surgida en el principio del cristianismo que conecta al ser humano con la fe.
Maestros extranjeros y nacionales imparten talleres para asesorar a jóvenes cubanos que cultivan esa música sagrada. El de canto sacro es en el antiguo Seminario San Carlos y San Ambrosio, cuyo ambiente levanta el vuelo con el batir de sus alas.
Al encanto natural de una edificación del siglo xviii, donde nació la cultura cubana de la mano de algunos de sus pensadores más ilustres, como el propio Varela, se suman voces líricas impresionantes y sonidos de instrumentos que transportan al pasado, todo envuelto en un lenguaje único, y con una sensibilidad fina que hace pensar en la que tuvo Handel para componer El Mesías, en 1741, Mozart para su Réquiem, en 1791, o Beethoven con su Missa Solemnis, en 1823.
En esos talleres de la Semana de Música Sacra de La Habana, los jóvenes fortalecen sus habilidades profesionales. Son momentos de crecimiento, en los que es probable hasta que alivien heridas de la soledad, el desamor o cualquier otra de las malas hierbas que perturban la felicidad. Maestros y alumnos se alimentan mutuamente.
Lo que hacen los profesores es comprobar las condiciones de los jóvenes y corregir con ellos alguna mala práctica, aconsejarlos y conducirlos por el mejor camino.
La profesora alemana de canto Ruth Toledo, que había participado en semanas de música antigua de La Habana como miembro del coro de cámara de la universidad de su país donde estudiaba, se muestra satisfecha de sus encuentros con los alumnos cubanos, en los que ha notado voces «muy bonitas y muy grandes, agudas, con mucho espacio, y llenas. Las cosas para trabajar son individuales, depende del alumno», dice.
«Tendría que trabajar con ellos lo mismo que con cantantes de cualquier país: la relajación, de la boca y de todo el aparato, y la articulación del lenguaje cuando se canta», advierte la maestra, casi tan joven como las alumnas cubanas, con quienes se divierte y ríe mientras les enseña los rigores de una vocación que también tiene de oficio.
Un taller de música sacra conlleva paciencia y concentración. Uno solo de sus ejercicios puede durar una hora, mientras los alumnos se alternan para mostrar, de pie o sentados, cualidades vocales, que el maestro escucha con su oído fino y entrenado.
Muchas s emociones se viven en la XI Semana de Música Sacra en iglesias y centros dedicados al cultivo del arte, cuando sesiones de teoría y práctica se unen a conciertos y celebraciones litúrgicas para mantener viva esa música en Cuba, una oportunidad que la arquidiócesis de La Habana, en especial el Centro Cultural Padre Félix Varela, fortalece cada año en colaboración con varias instituciones, tanto de la Isla como fuera del país.






Be the first to comment