
Me ha hecho pensar mucho aquel momento en el que el padre Ariel Suárez Jáuregui, durante la homilía de la misa de sus bodas de plata, aseguró a cientos de sus fieles congregados en la iglesia de la Virgen de la Caridad del Cobre, en La Habana, que ha querido ser un pastor que interpela y busca y quiere dar alegría a los demás.
¿Qué significa ser un buen sacerdote?, me pregunté durante semanas, tras escuchar al padre Ariel aquella mañana limpia y clara, en medio de una parroquia en la que no cabía otra persona, y a esa pregunta agregué otras, interesado en saber dónde radica el centro de la relación entre un pastor y un devoto de fe.
El segundo de tres hijos varones, de padre católico y madre bautista, Ariel Suárez ha ido de evolución en evolución dentro de la Iglesia católica cubana desde que terminó los estudios en el Seminario de San Carlos y San Ambrosio y fue ordenado sacerdote, en 1999.
Colaborador asiduo de la revista Palabra Nueva, de la Arquidiócesis de La Habana, de la cual fue asesor durante varios años, el padre Ariel —cincuenta y un años de edad— accedió a responder esta serie de preguntas que buscan ser puente entre los creyentes o no, y la Iglesia católica y la fe, y entrar, en la medida de lo posible, en el mundo del conocimiento de un sacerdote con una formación sólida y una hoja de servicios envidiable.
Mostrar la riqueza de la fe, por encima de lo imaginado, preguntarnos en qué creen los que no creen, es parte de un ejercicio periodístico que solo logra ser útil si indaga y revuelve, incluso presiona, como un médico ante una herida para que brote la sangre y curar.
Si la apuesta de una entrevista, como esta con el padre Ariel, contribuye a comprender procesos de fe en los que el ser humano participa de varias maneras, pues se llega a Dios por muchas vías, algunas mediante la tradición familiar y cultural, ningún tiempo y esfuerzo habrán sido en vano, aunque el lector, en verdad, es quien lo decide.
¿Por qué es usted sacerdote?
Supongo que, en última instancia, porque Dios lo quiso. Pero también es verdad que habitualmente, Dios actúa a través de mediaciones. Por eso, Dios me habló a través de buenos cristianos: mis padres, catequistas, las siervas de María, y buenos sacerdotes y obispos. Todos ellos me enseñaron lo importante que es Dios, cómo mejora la vida tener cerca a Dios. La fe y la vivencia de la fe en Jesucristo genera alegría, hace la vida sana y bella. Descubrir todo eso provocó en mí el deseo de vivir para el Señor, para que Él sea conocido, amado y seguido.
Durante la misa por sus veinticinco años como sacerdote, el pasado 7 de agosto, usted aseguró tener muchos motivos para dar gracias a Dios, entre ellos la posibilidad de intentar, al menos, ser un pastor que interpela y busca, establece con los demás un amor personal y reparte alegría. Será interesante que explique cómo logra todo eso.
Dije que así me gustaría vivir o incluso he intentado vivir mi sacerdocio. Si lo logro o no, habría que preguntar a otros, a los fieles, a los que me conocen. No hay una receta. Es un camino, pero para caminar, todos necesitamos señales, indicadores para no perdernos. Creo que esas tres a las que me refería en la homilía de mis bodas de plata, han sido buenas señales para mí.

¿Qué significa ser el párroco de la iglesia consagrada a la Virgen de la Caridad del Cobre?
Un gran privilegio y una responsabilidad. El privilegio de custodiar y promover algo que es palpable con gran intensidad: la relación, el cariño recíproco, el vínculo que tiene el pueblo cubano con su Madre y Patrona. Descubrir ese acontecimiento cotidianamente, es una auténtica gracia. Y una gran responsabilidad, porque se me pide no entorpecer ni dificultar esa relación, sino más bien favorecerla, promoverla, acrecentarla, para que más compatriotas míos, por medio de la Virgen de la Caridad, puedan encontrarse con Jesucristo, el único Salvador.
Se habla de una crisis de vocación sacerdotal dentro de la Iglesia cubana. ¿A qué la atribuye, y desde cuándo habría comenzado a incubarse?
Aludes a un fenómeno presente en muchos lugares, aunque ciertamente, nos afecta de modo muy singular. Nosotros en Cuba tenemos pocos sacerdotes y pocos catequistas. Tampoco son numerosas las familias, la natalidad es baja y la emigración de jóvenes bastante alta y creciendo. Los valores evangélicos de renuncia, ofrenda de la vida y la castidad en el celibato, no gozan de buena propaganda. Habitualmente, las vocaciones al sacerdocio surgen en ambientes donde los niños, adolescentes y jóvenes, descubren una figura atractiva y coherente en el sacerdote, que entusiasma por su alegría, su espíritu misionero, su entrega servicial y humilde a su pueblo. Es importante tener comunidades cristianas donde se vive la fe, se reza por las vocaciones sacerdotales y religiosas, se acompaña y cuida a los eventuales candidatos. La crisis de vocaciones sacerdotales está asociada a un debilitamiento de la fe, de la oración y de la evangelización. Dios sigue llamando. Nosotros seguimos pidiendo generosidad en la respuesta de los jóvenes.
El padre Ariel Suárez es bachiller en Filosofía por la Universidad Pontificia de México, en Teología por la Pontificia Universidad Gregoriana, por la que también es licenciado en Filosofía. Fue vicario cooperador de la parroquia de San Julián, en el pueblo de Güines, y párroco de San Nicolás de Bari, también responsable de Propedéutico del Seminario San Carlos y asesor diocesano de la Pastoral Juvenil. Como párroco de la iglesia del Santo Ángel Custodio y de la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús en Los Pinos, atendió a varias comunidades. En 2011 fue nombrado vicerrector del Seminario San Carlos y San Ambrosio y prefecto de Estudios.
¿Hay algo que fortalezca más la relación entre un sacerdote y sus feligreses que el secreto de la confesión? ¿Cómo le gusta que ellos lo vean y lo consideren?
Lo que más fortalece el vínculo entre un sacerdote y sus fieles es la caridad pastoral, esto es, el amor al estilo de Jesús Buen Pastor. Esa caridad pastoral se expresa de muchas maneras: con la celebración de los sacramentos, la predicación de la Palabra de Dios, el servicio caritativo hacia todos, especialmente los más pobres, la cercanía y la compasión, el crear comunidad. Me gustaría que mis fieles me sintieran y supieran pastor, en el sentido de que descubran que mi vida los conecta, los acerca a Dios como Padre, y por eso mismo, a buscarse y vivenciarse todos como hermanos.

¿Cuáles son las cualidades de la Iglesia cubana que usted mencionaría?
Iglesia pobre, vulnerable, familiar, sencilla, digna. Iglesia servidora de todos, portadora de Buenas Noticias, que se reinventa continuamente desde Su Señor, que permanece junto a su pueblo y lo acompaña en penas y alegrías. Una Iglesia que llora con cada lágrima de los cubanos. Una Iglesia que se goza con cada sonrisa de los cubanos. Iglesia de puertas abiertas, que no excluye a nadie, que invita a todos, sin excepciones, a la alegría del Evangelio, a la fiesta del perdón y la reconciliación. Una Iglesia que cree en la fuerza de lo pequeño, que se sabe sostenida por la Gracia de Dios y la santidad de tantos de sus hijos. Iglesia también de los pecadores, de los que necesitamos la misericordia de Dios.
El Plan Pastoral de la Iglesia hasta 2030 parece un reto enorme en su propósito de lograr que cada vez más cubanos tengamos fe, creamos en la palabra de Dios y nos comportemos entre todos como el buen samaritano del Evangelio. En casi dos años de elaborado el Plan, ¿cómo se va comportando?
No me atrevería a dar una opinión general, porque los procesos en cada diócesis y hasta en cada parroquia o comunidad, se viven de manera diferente. Tengo la impresión, no obstante, de que hay algunas diócesis donde la acogida e implementación general ha sido más evidente. Ciego de Ávila y Holguín se han organizado muy bien en torno al Plan Pastoral. Santiago de Cuba y Cienfuegos acaban de realizar una Asamblea Diocesana de Pastoral y están trabajando en la elaboración de un plan pastoral diocesano. Matanzas tuvo unos encuentros por vicarías con gran provecho. En Pinar del Río hay experiencias también muy positivas. Se va caminando, a ritmos diferentes, pero se camina. Es la sensación que tenemos en el secretariado de la Conferencia Episcopal.
Con una dedicación y un anhelo de superación fácil de constatar, el padre Ariel ha sido, además, párroco de la Inmaculada Concepción de Tapaste, de El Salvador del Mundo, en el habanero municipio de El Cerro, y ha logrado combinar sus deberes pastorales con asesoramientos y colaboraciones en los que, a menudo, se ve involucrado.
Designado en 2015 rector de la Basílica Menor y Santuario Diocesano de Nuestra Señora de la Caridad, la patrona de Cuba, desde 2019 representa a la Iglesia católica en las relaciones ecuménicas y es también secretario adjunto de la Conferencia de Obispos Católicos de Cuba.
En una entrevista con Religión digital, usted aseguró que bautiza cada mes a unos trescientos niños. En el caso de los padres creyentes es entendible y natural, pero los ateos, ¿por qué bautizan a sus hijos?
No creo que nos lleguen ateos a bautizar a sus hijos. Nos llegan y mucho, católicos no practicantes, es decir, personas que creen en Dios, pero no frecuentan la iglesia de modo habitual. Estos expresan el deseo de que sus hijos reciban la bendición de Dios. Vienen con gusto, con alegría y hasta con sincera emoción. Viven el momento con la seriedad que su conciencia y formación les permiten. El gran desafío es hacerles comprender que el Bautismo inaugura un camino, que culmina en el Cielo, pero para continuar ese camino intervienen dos realidades misteriosas: la Gracia de Dios y la libertad humana. Nosotros confiamos en la primera y rezamos para que la segunda se abra al Señor y su acción en nosotros.
Pero si en Cuba es posible encontrar matrimonios en los que la esposa cree en Dios y el hombre no, o al revés, ¿le parece improbable que padres ateos lleven a sus hijos a que sean bautizados?
Yo no he encontrado muchos ateos, la verdad. Ya desde mis tiempos de estudiantes en Roma, la palabra ateo no se usaba mucho en ámbitos académicos. Se hablaba de no creyentes o agnósticos. Los que llegan al Santuario de la Caridad en La Habana, vienen con fe. Quizá una fe no muy formada o que incluye elementos referidos a otras experiencias religiosas, pero siempre hay fe. Los que tú llamas ateos, no vienen a bautizar a sus hijos. Al mismo tiempo, me hace bien pensar que Jesús nos aseguró que basta la fe del tamaño de un grano de mostaza para que sucedan milagros. Y en el Bautismo, el mayor milagro lo pone el Señor, porque los sacramentos son primariamente, actos de Dios y en segundo lugar, actos del hombre que, en la fe, se abre al don del Señor.

Su padre era católico y su madre es bautista. Durante los años que vivió con ellos, ¿cómo recuerda la relación familiar con Dios?
Tengo que decir que mis padres nos ofrecieron un testimonio de ecumenismo muy hermoso y al mismo tiempo, con una enorme naturalidad.
Yo nunca vi a mis padres discutir por temas de religión. Papi, antes de casarse, le pidió a mi madre lo que exige el Derecho Canónico para los matrimonios mixtos, así se llama técnicamente, diríamos, el matrimonio entre un católico y un no católico, pero cristiano. Le pidió que los hijos frutos de esa unión, fueran bautizados y educados en la fe católica. Mami accedió y tengo que decir, que estimuló la vivencia de nuestra fe. En mi casa, cada noche se leía un pasaje de la Sagrada Escritura y se oraba, todos juntos, antes de ir a dormir. También se oraba cada día cuando íbamos a comer, siempre juntos, todos a la mesa. Algunas experiencias, por decirlo de algún modo, típicamente católicas, no las teníamos en casa… supongo que por respeto a mi madre, por ejemplo, el rezar a la Virgen o los Santos. Sin embargo, tuvimos siempre imágenes, poníamos el Nacimiento y el arbolito en Navidad. Y la devoción a María se cultivaba en la catequesis. Por mi casa pasaban sacerdotes, religiosas y pastores. A mi madre le gustaba que el padre Peláez y monseñor Juan de Dios Hernández, jesuitas, y también luego, cuando conocieron a los padres Salvador Riverón, Mario Delgado y Félix Hernández, fueran a comer a mi casa. Eso era todo un acontecimiento, no solo porque ese día la comida era mejor, sino porque se ponían manteles, platos y cubiertos más bonitos… y estaba garantizada una sobremesa estupenda. Con muchos de esos sacerdotes, fuimos a menudo al teatro. Hubo un tiempo que en casa funcionó un grupo de oración de la iglesia bautista William Carey, que era donde mi madre se congregaba. Desde niño iba los días especiales, después de la misa, al culto o la cantata en la iglesia de mi mamá. Participé desde pequeño también en las celebraciones por la semana de oración por la unidad de los cristianos. Aprendí y no teóricamente, que Cristo quiere la unidad de todos sus seguidores y que todos somos hermanos. Mis padres mostraron que era posible vivir y amarse en el Señor, si verdaderamente Él está en el centro de nuestros corazones. Las divisiones, siempre dolorosas, se relativizan, cuando el acento se pone en lo que nos une.
¿Qué opinión le merece el proceso sinodal que acaba de concluir? ¿Está optimista con el progreso que el Papa Francisco espera que genere el Sínodo?
Concluyó el Sínodo, pero el proceso sinodal sigue abierto. Creo que lo más importante del mismo ha sido, justamente, el poder iniciar un proceso, cuyas coordenadas más significativas tienen que ver con el redescubrimiento de la belleza y grandeza de la vocación bautismal. El Bautismo nos ha hecho a todos, miembros de un pueblo santo, hijos de Dios, partícipes de la vida inmortal. Este pueblo está llamado a dar testimonio en el mundo de comunión y a anunciar a todos el gozo del Evangelio. Se nos invita a caminar juntos, al discernimiento comunitario, a la conversión espiritual, a la implicación y participación responsable en la toma de decisiones y en la actuación de lo que se ha decidido. No es fácil esta propuesta cuando la mentalidad común favorece el triunfo del individuo, la competencia o rivalidad. No se asumirá lo que el Espíritu pide a la Iglesia si no hay conversión. Y la conversión siempre encuentra resistencia en nosotros. Me gusta pensar que, cuando la Iglesia católica en Cuba se puso a la escucha del Espíritu para elaborar un plan pastoral, descubrió tres llamadas… y las formuló anteponiendo conversión a las tres inspiraciones: a la comunión-fraternidad, a la participación y a la misión. Nos hará bien retomar el documento del Plan Pastoral y rezarlo en la perspectiva del último Sínodo.

¿Qué sacerdotes y obispos en la historia de la Iglesia cubana usted tiene como paradigmas?
En mi infancia fueron, sobre todo, los sacerdotes jesuitas que atendían la comunidad de las Siervas de María, especialmente el padre Luis Peláez, el padre Juan de Dios, actual obispo de Pinar del Río. Luego, en el proceso de discernimiento vocacional tuve el influjo benéfico del padre Salvador Riverón, posteriormente mi vicerrector en el Seminario y más tarde, obispo auxiliar de La Habana. A ellos se suman los padres René Ruiz, Javier Bris, René David, Bruno Rocaro y monseñor Pepe Félix. Figura imprescindible en mi vida sacerdotal fue el cardenal Jaime Ortega, de quien sigo aprendiendo. Además, un cura escolapio catalán, que fue profesor de mi difunto papá: el padre Genís Samper. En mis años de ministerio, otros sacerdotes han seguido influyendo en mi vida: los padres Mario Delgado, Félix Hernández, Manuel Uña y Simón Azpiroz. Mis hermanos del presbiterio y los amigos sacerdotes de otras diócesis de Cuba y de otras naciones me hacen mucho bien. Me edifican tanto los misioneros de otras tierras que han querido venir a trabajar al servicio del pueblo cubano. Y en mis últimos años como secretario adjunto de la Conferencia de Obispos Católicos de Cuba, tengo que decir que mucho aprendo y agradezco el testimonio y la generosidad de los buenos pastores que esta Iglesia tiene como obispos.



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