Ni mísero ni misero

En el aniversario sesenta y siete de su ordenación sacerdotal, fray Manuel Uña, OP, comparte con los lectores de Palabra Nueva algunas valoraciones sobre la liturgia y el amor a Dios en tiempos tan convulsos. Lo hace desde la vivencia y la entrega genuinas de un largo ministerio y con una sencillez que impresiona.

Nuestra revista se suma a la alegría por un hecho tan importante en la vida del respetado sacerdote.

 

Mientras celebrábamos en la Iglesia el Domingo Laetare, repetimos una antífona que rompe la austeridad de la cuaresma: Festejad a Jerusalén… gozad con ella… alegraos de su alegría…

Dentro del itinerario cuaresmal es una llamada de atención para contemplar el misterio del amor de Dios, que se derrama a sí mismo amando hasta el extremo. Es un amor divino, generoso e incondicional.

Nos alegramos de tener un Padre bueno que sabe mirar el corazón. Su bondad y su misericordia nos acompañan todos los días de nuestra vida. Él es nuestro Pastor, nada nos falta, como hemos rezado con el salmista.

En estos domingos de Cuaresma, a través de los pasajes del evangelio de san Juan, la liturgia nos hace recorrer un verdadero itinerario bautismal: el domingo pasado, Jesús prometió a la samaritana el don del «agua viva»; hoy, curando al ciego de nacimiento, se revela como «la luz del mundo»; este domingo, resucitando a su amigo Lázaro, se presentará como «la resurrección y la vida».

El agua, la luz y la vida son símbolos del bautismo, sacramento por el que Dios entra en nosotros, purifica, sana nuestro corazón, nos hace hijos suyos para siempre, su pueblo, su familia, herederos del Paraíso.

Detengámonos brevemente en el relato que hemos escuchado del ciego de nacimiento (cf. Jn 9, 1-41). Los discípulos, según la mentalidad común de aquel tiempo, dan por descontado que su ceguera es consecuencia de un pecado suyo o de sus padres.

Jesús, por el contrario, rechaza este prejuicio y afirma: «Ni este pecó ni sus padres; es para que se manifiesten en él las obras de Dios» (Jn 9, 3).

¡Qué consuelo nos proporcionan estas palabras! Ante el hombre marcado por su limitación y por el sufrimiento, Jesús no piensa en posibles culpas, sino en la voluntad de Dios que ha creado al hombre para la vida. Y por eso declara solemnemente: «Tengo que hacer las obras del que me ha enviado. (…) Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo» (Jn 9, 4-5).

Al final del relato, Jesús y el ciego son «expulsados» por los fariseos: uno por haber violado la ley del sábado; el otro, porque, a pesar de la curación, sigue siendo considerado pecador desde su nacimiento.

Aflora a mi memoria la pregunta de uno de los personajes del Ensayo sobre la ceguera de José Saramago: ¿Por qué nos hemos quedado ciegos? Y la respuesta que recibe: «Creo que no nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos, ciegos que ven, ciegos que, viendo, no ven».

Es el drama de nuestro tiempo, cuando se nos ha dicho que el hombre de hoy ha creado un mundo de ciegos videntes. La psicología actual define a la persona como un individuo flotante, en una sociedad líquida. Los ciegos videntes saben que los ciegos no pueden verlos.

La Palabra que terminamos de escuchar espabila nuestro oído: Jesús es Luz del mundo y nos dice a los creyentes: «Vosotros sois luz» (Mt 5,14-16). Personas que iluminan, sin deslumbrar, que con sencillez irradian esperanza.

Y surge el interrogante: ¿cómo ser luz del mundo hoy, aquí y ahora? Implica vivir con amor, humildad, verdad… Un discípulo y una comunidad son luz en el mundo cuando encaminan a los demás hacia Dios, ayudando a cada uno a experimentar su bondad y misericordia.

Deberíamos desaprender que ya lo sabemos todo. Las cosas buenas que hacemos por amor y solidaridad, traen luz a otras vidas.

Antes de concluir, deseo compartiros que un día como el 15 de marzo, pero de 1959, con veintitrés años, me impusieron las manos y fui ordenado sacerdote. No tenía la edad requerida y buscaron a un obispo benévolo que me concediera la dispensa.

Hoy, sesenta y siete años después, le agradezco al Señor que me conserve la memoria, no para recordar añorando sino agradeciendo tanto bien recibido.

El lema de mi ordenación sacerdotal fue: «Para servir a todos». En esta hora, con noventa años cumplidos, reconozco las vueltas que he dado por el mundo y las oportunidades que Dios me ha dado para sumar, bendecir y tender puentes…

Recuerdo el consejo que me dio Mons. Rafael Álvarez Lara, obispo de Guadix, al terminar la ceremonia: «Manolo, no seas mísero ni misero». En este empeño sigo y seguimos caminando.

Queridos hermanos, dejémonos curar por Jesús, que puede y quiere darnos la luz de Dios. Él es la fuente de nuestra alegría. Que nos ayude María santísima, quien, al engendrar a Cristo en la carne, dio al mundo la verdadera luz.

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