
Casi al finalizar la cuaresma, que nos prepara para vivir una extraordinaria pascua, la misa crismal es una de las liturgias más solemnes del calendario cristiano. La antigua Tradición Apostólica Cristiana (c. 200 d. C.) describía una «ceremonia que tenía lugar durante la Vigilia Pascual en la que se bendecían dos santos óleos y se consagraba uno».
En esto y mucho más pensaba mientras contemplaba, este jueves 26 de marzo, a las 5:00 pm, la que se celebraba en la Santa Metropolitana Iglesia Catedral de la Habana, dedicada a la Inmaculada Concepción.
Durante este rito, dos óleos eran «bendecidos por el obispo: el óleo de los enfermos y el óleo del exorcismo». Este, no solo es un servicio religioso para nuestra Iglesia católica, sino también para el luteranismo y el anglicanismo. Se celebra cada año el Jueves Santo en la mañana u otro día de la Semana Santa, pero para facilitar la participación del clero, en ocasiones se elige otro día.
En la celebración se consagra el santo crisma y se bendicen los óleos de los enfermos y de los catecúmenos. El santo crisma es una mezcla de aceite y bálsamo, una resina aromática, que representa el Espíritu Santo, y es la materia sacramental que se utiliza para ungir a los recién bautizados, sellar a los candidatos en la confirmación y ungir a los presbíteros en su ordenación sacerdotal. También se emplea en los ritos de unción para consagrar iglesias y altares.
La palabra crisma proviene del latín chrisma, que significa «unción». El óleo que se bendice es el óleo de los catecúmenos que se usa para fortalecer a los que se preparan para el bautismo, y el óleo de los enfermos que se utiliza en el sacramento de la unción de los enfermos.
Al final de la misa crismal, los santos óleos se distribuyen a cada parroquia de la diócesis. Se recomienda que los santos óleos estén en un gabinete de vidrio transparente llamado ambón de los óleos, para que sean vistos por los fieles y recuerden la unción que nos une y nos fortalece para vivir como un solo cuerpo en Cristo.
La misa crismal en la catedral fue presidida por el cardenal Juan de la Caridad García Rodríguez, arzobispo de La Habana. Su presencia, la consagración del crisma y la bendición de los óleos se consideran una de las principales manifestaciones de la plenitud sacerdotal del obispo y de la comunión con sus sacerdotes, como la de todos los sacerdotes presentes simbolizan la unidad diocesana. Es, además, un momento en el que cada sacerdote renueva sus promesas sacerdotales, vuelve a decir «Sí» ante su obispo y, de este modo, reafirma su compromiso de servicio. La liturgia del día se relaciona con la unción y la misión, como Isaías 61, el Apocalipsis y Lucas 4.
Fue conmovedora la procesión de estos hombres consagrados pasando silenciosos, recogidos, en medio de la comunidad, como describió el cardenal en su homilía, al agradecer sus esfuerzos de todos los días.
Son hombres que, sin hacer alardes, realizan una variedad de acciones en sus jornadas: estos sacerdotes que caminaban hacia el altar a veces manejan, hacen carpintería, cocinan, son profesores, cuidadores de enfermos, barberos y un sin límite de oficios que se ven conminados a hacer durante su servicio. Estos son los hombres que con sus manos nos administran el cuerpo de Cristo.
El arzobispo de La Habana no dejó pasar otros detalles de las luces sacerdotales, al mencionar a otros que, en el tiempo que les tocó vivir, se mantuvieron centrados en su misión, al lado de los pobres: desde el maestro indio padre Miguel de Velázquez, hasta el padre Teodoro Becerrill OCD, quien llegó a Cuba y estuvo cincuenta y tres años sirviendo a la parroquia del Carmen, al barrio de Cayo Hueso y a su diócesis.


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